Copa América de fútbol

Una paliza titánica de Chile borra del mapa a México

Cuatro goles en 14 minutos desencadenan un 0-7 que entra en los libros de historia. Vargas (4 goles), Alexis y Vidal lideran al campeón en un partido épico.

Chile celebra el pase.

Chile celebra el pase.

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No se recuerdan muchas tragedias parecidas en un gran torneo de selecciones. Sobre todo para una selección que estaba entre las favoritas, y que parecía que llegaba en mejor momento que su rival. Cuatro goles chilenos en 14 minutos resumen una paliza histórica, en la que además pudieron llegar diez, once, quince goles. Los que Chile hubiera querido, los que hubiera necesitado, los que el reglamento le hubiera permitido antes de poner un tope.

México nunca pudo alcanzar a Chile, en ningún momento. A pesar del comienzo igualado, los chilenos siempre caminaron un paso por delante, entrando por ambas bandas y con una presión que quitaba el aire en todos los rincones del campo a los pupilos de Juan Carlos Osorio.

En mitad del intercambio de golpes inicial, Arturo Vidal lanzó una contra para que corriera Edson Puch e intentara el mano a mano con el Memo Ochoa. Araujo, en el instante del remate, llegó a alcanzar al extremo chileno y a rozar la pelota por detrás provocando el corner y el suspiro mexicano. Solo era el preludio.

Al llegar al primer cuarto de hora, y tras varios minutos ya de control total, Puch –ex de Huracán y Liga de Quito, que precisamente jugará en México desde el mes que viene, en Nexaca– dio al partido lo que el partido necesitaba: el primer volantazo. No desperdició un despeje de Ochoa que le cayó en las botas, tras un fuerte disparo de Marcelo Díaz desde la frontal del área. Se abrió la caja de los truenos.

Lo intentaban con todas sus fuerzas el Chucky Lozano, Tecatito Lozano y Miguel Layún. Sin suerte, y acumulando cansancio porque la presión y el orden de Chile, que ahora sí recordaba a la campeona de la Copa América 2015, les afixiaba. Además, la mínima grieta mexicana era aprovechada por los chilenos para meter más miedo en el cuerpo si cabe. Alexis y Puch estaban enchufados, y Vidal y Marcelo Díaz, hiperactivos.

Tecatito Corona remontó la línea de fondo, ya dentro de los últimos diez minutos del primer tiempo, aunque luego la puso donde no estaban sus compañeros. Fue un espejismo mexicano. Acto seguido, en el otro área, Jean Beausejour conectó con Vargas en el segundo palo y el delantero envió la pelota al fondo de las mallas. Mientras celebraba, se dio cuenta de que el banderín del juez de línea anulaba lo hecho y dicho. Lo anulaban pero era el presagio de una tormenta que sonaba cada vez más cerca.

Ante la parsimonia de la defensa mexicana, muy huérfana de Rafa Márquez –veía el naufragio desde el banquillo, tras perderse varios entrenamientos por un viaje a casa para ver nacer a su tercer hijo–, Alexis y Vargas planificaron casi de puntillas el segundo gol. Y, a partir de ahí: la nada. O el todo. Un burbujeante agujero negro.

La hecatombe se certificó a base de más robos de balón con intimidación in crescendo, de conexiones gloriosas entre Vidal y Alexis, de constantes internadas de Beausejour por la banda izquierda, de los remates de un Vargas poseído, goleando en formato de escritura automática, y de la incapacidad de Osorio, que ni recordaba qué había ido a hacer a aquel estadio, ni quién era toda esa gente que estaba a su alrededor.

El único punto negro para Chile, en mitad del guateque y ya pensando en el futuro próximo –incluso después de un partido así, la vida sigue–, es que Arturo Vidal no podrá jugar la semifinal contra Colombia por acumulación de tarjetas, y Marcelo Díaz dejó el campo renqueante, y tendrán que hacerle pruebas médicas.

Andrés Guardado, sobre el césped, en caliente, daba la cara y pedía disculpas a toda su afición y a todo el país. A la hora de cierre de esta edición, no estaba confirmado aún que las disculpas vayan a ser aceptadas. No se descarta que un partido de estas características sea imperdonable.