El blog de Kubelick

'Braindead': a los políticos se les va la olla

  1. Estados Unidos
  2. Casa Blanca
  3. Comunicación política

Seguro que se han sorprendido en mitad de una cena familiar observando a sus seres queridos (o no) debatir con los ojos desorbitados, gritando consignas aprendidas de cualquier politicucho y repitiendo las mismas chorradas que un periodista ha soltado por la mañana como si por la noche ya fueran de su cosecha. Es probable que en una situación parecida, a Robert y Michelle King se les ocurriera Braindead, una sátira política en la que un calentón por opiniones enfrentadas puede terminar con la cabeza del más radical del grupo estallando en mil pedazos.

Los republicanos son unos egoístas y los demócratas unos cínicos, arrellanados en sus respectivos rincones

Ni un guionista de Veep borracho habría sido capaz de idear unas presidenciales como las de noviembre, con un cara a cara entre Hillary y Trump, dos iconos mediáticos que parecen estar haciendo un crossover con chistes del siglo pasado (vamos a obviar por un momento el pedazo de currículum político de la ex secretaria de Estado). Las parodias del Saturday Night Live de hoy pueden ser la realidad de mañana.

Los King acordaron escribir Braindead mucho antes de que se supiera quiénes iban a encabezar las listas. La suya, sin embargo, es una serie que sólo tiene sentido este verano (a ver si alguien se anima a estrenarla pronto en España), como reflexión y terapia previa a unas elecciones tan polarizadas como éstas. Braindead se ríe con ganas de ese “cómo hemos llegado hasta aquí”.

Cartel de la serie.

Cartel de la serie.

La explicación marciana que propone la serie es mucho más esperanzadora que la realidad. Una plaga de insectos del espacio se ha instalado en Washington y está poco a poco infectando a todo el mundo. Igual que en La invasión de los ultracuerpos de Kaufman, la amenaza habita en unas florecillas rosas, pero en lugar de convertir a las víctimas en autómatas sin sentimientos, los vuelve interlocutores radicales, potenciales tertulianos de televisión.

Comedia delirante

Los republicanos son unos egoístas y los demócratas unos cínicos, arrellanados en sus respectivos rincones, recibiendo arengas de su cuadrilla y vituperios del lado contrario. Cuando las hormiguitas del espacio penetran en su organismo, se quedan simbólicamente sordos de un oído y pierden medio cerebro.

Braindead saca lo mejor de las discusiones estériles entre ambos grupos (es descacharrante un momento en el que se debate concederle honores de veterano de guerra a Ronald Reagan por su participación en Abismo de pasión, “¡Es una película estupenda y perdió las dos piernas en ella!”), enfrentamientos sin posibilidad de acuerdo, situaciones de comedia delirante basadas en una amarga realidad.

Para estos descerebrados, lo más importante es dejar (alto y) claro que son los adversarios los que están equivocados

Lo cierto es que si encerráramos en un cuarto a un tipo de Shanghái y un albaceteño que no hablaran más idiomas que el propio encontrarían la manera de entenderse mucho antes que un republicano y un demócrata. O que dos demócratas. Que cualquier político.

Una escena de la serie.

Una escena de la serie.

El Washington de Braindead arranca con un bloqueo del Gobierno porque el Congreso no se pone de acuerdo con el presupuesto. Para estos descerebrados, lo más importante es dejar (alto y) claro que son los adversarios los que están equivocados. Para estos, los de la serie, los enajenados por los extraterrestres.

Braindead mola porque se da muy poca importancia. Evita caer en la estridencia que critica, es una reflexión tranquila, socarrona, pero amable. Es una tira cómica que se beneficia de la pluma extraordinaria de los King, que han reciclado todos los chistes macarras sobre política que se les fueron ocurriendo mientras hacían The good wife los últimos siete años, justo los que nos han traído hasta este momento.

En la serie hay un resquicio de salvación, un grupo de disidentes empeñados en parar la plaga

En Todos dicen I love you, el hijo de Alan Alda era un republicano intolerante porque tenía un tumor y no le llegaba la sangre al cerebro (qué tiempos aquellos, cuando lo peor que podía pasarle a Estados Unidos era Bob Dole…). El mal de Braindead no discrimina por afiliación, no se cura con cirugía y se extiende de la élite del Capitolio a los activistas y a cualquier fulano.

En la serie hay un resquicio de salvación, un grupo de disidentes empeñados en parar la plaga, una directora de documentales, un friki obsesionado con las conspiraciones y una científica. Pero hemos visto suficientes versiones de los “body snatchers” (y demasiadas discusiones parlamentarias y demasiados programas de televisión) como para saber que son los típicos pringados que terminarán palmando igual. Al menos, nos echaremos unas risas.