El blog de Kubelick

'Orange is the new black' se endulza y aburre

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Seguro que habéis escuchado un montón de veces eso de que algunas series tienen secundarios tan buenos que si quitaras a los protagonistas daría lo mismo, pues casi siempre es mentira. No da lo mismo. Un buen ejemplo es Orange is the new black, que desde que decidió repartir equitativamente la tensión dramática entre todas las reclusas de Litchfield y quedarse sin un personaje principal claro ha perdido en intensidad y emoción. La cuarta entrega ya está disponible y me he hartado de dar cabezadas durante sus dos primeros episodios.

Claro que lo que más llamaba la atención desde la primera temporada era la fauna que arropaba el proceso de integración de Piper Chapman en la cárcel y su historia de amor apasionada (y condenada) con Alex Vause. Básicamente era una comedia romántica, una muy buena, en un entorno atípico, hostil y estimulante, apuntalada de forma eficaz por ese gineceo chungo. Pero Orange is the new black ha ido progresivamente convirtiéndose en una comedia de situación, una con capítulos de cincuenta minutos. Ése es el formato con el que pretende llegar lozana a las siete temporadas a las que se ha comprometido.

Piper y Alex, fotograma de Orange is the new black.

Piper y Alex, fotograma de Orange is the new black.

Equilibrar los excesos de la cárcel con sentido del humor, unos navajazos por aquí, unas representaciones teatrales por allá, el tono amable hace a la serie lo que es. Litchfield es la versión light de los penales tradicionales y siempre ha estado más cercana a un internado que a una cárcel (y más próxima a Cómo conocí a vuestra madre que a Oz), pero es que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un prodigio de reinserción. No es sólo que todos los personajes me tengan que interesar por igual, es que, encima, me tienen que caer bien.

La perfección mata

Grandes creaciones se han diluido para extender la vida de los personajes y que las actrices tengan curro a fin de mes. Pennsatucky era una pirada fundamentalista cristiana con los dientes negros por la metanfetamina y ahora se pasea con un encanto lánguido propio de la Winona Ryder de 1995; convertir a Suzanne “Crazy Eyes” en la E. L. James de la cárcel también fue un error, funcionaba de maravilla como obsesiva medio oligofrénica, con sus crisis y sus salidas de tono. ¿Dónde está Red, la cruel matrona rusa? Anulada. Nada de lo que las hacía especiales ha sobrevivido a estos cuatro años. Eran desagradables, incómodas, despiadadas, feas. Ellas añadían la dosis necesaria de desasosiego y alivio cómico. Echo de menos el ambiente de circo del principio. Lejos de evolucionar, han mutado en coprotagonistas anodinas, han abandonado su naturaleza extravagante.

Nada de lo que las hacía especiales ha sobrevivido a estos cuatro años. Eran desagradables, incómodas, despiadadas, feas. Ellas añadían la dosis necesaria de desasosiego y alivio cómico

Entre la masa, aparece de vez en cuando Piper como una más, desnortada, sin un objetivo claro, como Quique San Francisco en Amanece que no es poco, pidiendo por lo bajini que alguien le cambie el personaje. No importa quién ocupe la foto central del cartel, la serie es una sucesión de cortometrajes dispersos.

Orange is the new black ha terminado por adoptar una de las señas de identidad de la tele de toda la vida, de aquellas series antiguas a las que no les importaba reconfigurar sus personajes ignorando su pasado, que se agarraban como una lapa a las parrillas con tal de seguir vivas. O sea, que la tele sigue manteniendo los vicios de siempre al fin y al cabo, aunque renuncie a la cita en antena y te ofrezcan todos los capítulos de golpe para que te los metas entre pecho y espalda cuando gustes.

Fotograma de Orange is the new black.

Fotograma de Orange is the new black.

Comodona y conformista, veo Orange is the new black por inercia y con la sensación de que no la echaría de menos si la abandonara. La suelo dejar de fondo mientras hago otras cosas y tropiezo con momentos brillantes de vez en cuando, como casi todo lo que tiene que ver con la privatización de la gestión de Litchfield, donde la serie afina su ironía y se vuelve mucho más macarra. En los nuevos capítulos, la cárcel recibe a un trasunto de Martha Stuart y una avalancha de nuevas reclusas, la mayoría latinas, que se hacinan con las antiguas y luchan por encontrar un hueco. No sólo en las literas y en las duchas, también en la trama. Cualquiera de ellas puede ser la nueva protagonista.