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Así se fabrica un asesinato

'Making a Murderer' desata un fenómeno en la opinión pública gracias a su impactante 'docuserie'.

Steven Avery del banquillo de los acusados a la televisión.

Steven Avery del banquillo de los acusados a la televisión. Reuters

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Manitowoc es un frío y pequeño condado de Wisconsin. Situado en el norte de los Estados Unidos, cerca de los Grandes Lagos, su mera existencia se asemeja a la de un bloque de tiempo en estado de congelación. Allí, en medio de un paisaje tiránico y cincelado por la rutina, Steven Avery y Brendan Dassey protagonizaron algunos de los hechos más desasosegantes que pueden disfrutarse ahora mismo en una pantalla.

El convite lo sirve Netflix, si bien empezó a cocinarse tiempo antes de que la compañía cambiara su plan de negocio y se lanzara a producir contenidos. Corría el año 2005 cuando Moira Demos y Laura Ricciardi, dos alumnas de Estudios Fílmicos de la Universidad de Columbia en busca de tema para una tesis, tomaron prestada la cámara de un amigo y se plantaron en Manitowoc con el objeto de comprobar si Avery podía ser la semilla creativa de un documental.

Y vaya si lo era. El potencial del personaje de Avery alcanzaba tal calibre que Demos y Ricciardi invirtieron diez años de sus vidas –con ocasionales incursiones en otros derroteros profesionales por pura subsistencia– para completar Making a Murderer, sin duda una de las revelaciones audiovisuales más impactantes de los últimos meses por el maridaje entre realidad y ficción. 

Violencia y espectáculo

Como en esta ocasión el relato seriado vive más que nunca de los hechos no hay virguería de cronista que sortee el spoiler. Dado el aviso, aquí va un resumen: Steven Avery, un tipo de mediana edad, no muy listo y con algunos antecedentes escabrosos desde su adolescencia sale de la cárcel tras 18 años de condena por un crimen que no cometió. Después de tanto tiempo una prueba de ADN le exculpa del asalto sexual e intento de homicidio que se le atribuyó en su día tras varias manipulaciones perpetradas por policías y fiscales.

Así que Steven vuelve a su lugar en el mundo, un terreno gigantesco salteado de unas pocas y precarias viviendas e inundado de restos de automóviles que dan de comer a la familia, dedicada en cuerpo y alma a la industria del desguace. En lo que intenta recuperar la normalidad, Steve se erige en símbolo público de inocencia y, de paso, le demanda al condado de Manitowoc 36 millones de dólares en concepto de indemnización. El intento del tipo por restañar heridas parece ir bien hasta que Teresa Halbach, una joven veinteañera, muere en un escabroso crimen cuyos indicios vuelven a apuntar hacia él de forma ensordecedora.

Lo que la historia desarrolla a continuación acumula la fuerza de un vendaval: la invocación desesperada de su inocencia por parte del protagonista; las irregularidades de una investigación plagada de atajos; la autoinculpación como cómplice de un sobrino con fuertes limitaciones intelectuales; las elaboradas estrategias desarrolladas por defensa y acusación; el papel de unos medios de comunicación que hacen del lodo de los sucesos un espectáculo sensacionalista y rimbombante. La docuserie combina muchos y enérgicos ingredientes, vehiculados por personajes memorables que se mueven por un universo tan enfermizo y depresivo como hipnótico.

Intriga y aspereza

Making a Murderer se ha incorporado a un elenco de brillantes documentales adaptados como un guante a los mecanismos seriados. El realizador francés Jean-Xavier de Lestrade lanzó en el 2004 El caso de la escalera, una intriga en ocho capítulos del proceso al que fue sometido el escritor Michael Peterson por el asesinato de su esposa. The Jinx, del reputado documentalista Andrew Jarecki –Capturingthe Friedmans (2003)–, fue una de las apuestas más relevantes de la HBO durante el 2015. Y, por si fuera poco, Serial ha consolidado su fama mundial en el ámbito de los podcast, demostrando así el soberbio estado de forma de la exploración narrativa del crimen empaquetado por entregas en un entorno digital.

A las realizadoras les honra su negación de ciertos artificios como la voz de un narrador y la dramatización de escenas macabras

En cualquier caso, la fascinante propuesta de Moira Demos y Laura Ricciardi es perfecta para el consumo a modo de banquete que estimula Netflix. Resulta casi imposible detener el flujo de más de diez horas que el suscriptor tiene a su disposición, pues las directoras son muy hábiles en el diseño de escaletas y la ejecución del montaje, especialmente mediante la introducción de giros al final de los episodios.

De todos modos, a las realizadoras les honra su negación de ciertos artificios como la voz de un narrador y la dramatización de escenas macabras. Por lo general, su estética se decanta por un realismo descarnado y sobrio, con la excepción de los paréntesis abiertos por algunos encuadres bellos y bastante elaborados, especialmente los de los coches oxidados y devorados por la maleza que acumulan los Avery en una suerte de metáfora siniestra.

Además, las autoras demuestran una habilidad extraordinaria en el juego con los archivos de imágenes y sonidos. Pocas veces los encuadres estáticos obtenidos por unas videocámaras dieron para tanto como durante los interrogatorios que soporta Brendan, el sobrino de Steven que supuestamente participó junto a su tío en una bacanal de sexo y violencia. Los pasajes que protagoniza el chaval son de una contradicción atroz entre la forma –tan distante y neutra– y el fondo, que refiere presiones cercanas a la tortura psicológica.

La decena de capítulos conduce a éste del suspense a la ira y de ésta a la impotencia

Lo cierto es que Demos y Ricciardi sacan un partido enorme a recursos que, en teoría, se antojan poco estimulantes. Los pinitos en la abogacía de la segunda de ellas debieron de ser muy útiles para la conversión del peso de la burocracia leguleya en un carrusel emocional como en el que monta Making a Murderer a su espectador. La decena de capítulos conduce a éste del suspense a la ira y de ésta a la impotencia. El clasismo del sistema judicial estadounidense y la hipocresía de algunos servidores de la ley y el orden acaban contagiando una pegajosa sensación de desasosiego a modo de conclusión. Y la inquietud ha sido tal que la audiencia ha pasado a la acción.

Rebelión en la red

Prueba de que el mundo ha cambiado mucho en poco tiempo es que, de pronto, una serie documental de diez capítulos comercializados por Internet ha despertado un fenómeno ciudadano que sigue creciendo cual bola de nieve. En los últimos días se han multiplicado las adhesiones a dos campañas impulsadas por seguidores de Making a Murderer. Dirigidas a la presidencia de los Estados Unidos, las iniciativas persiguen nada menos que la liberación de Steven Avery y el procesamiento de varios profesionales implicados en su encarcelamiento. Una de ellas sigue activa en Change.org y supera ya las 200.000 firmas. 

Al interés público de un caso tan poco comercial –al menos a priori– han contribuido estrellas mediáticas como la multifacética Mandy Moore o el cómico Ricky Gervais, quien llegó a publicar en su perfil de Twitter que la serie “merece un Premio Nobel”. Por su parte, la organización Anonymous ha visto en la causa un motivo ideal para su sentido cibernético de la justicia y ha amenazado con desvelar pruebas de graves manipulaciones en el proceso contra los Avery. Así está el patio de una era definida culturalmente por los formatos híbridos y la hiperconexión de sus usuarios. Una era que ha encontrado un nuevo hito con el que se relamen de placer los ejecutivos de marketing de Netflix.