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Les Revenants o los muertos bellos de la Europa del malestar

Tras dos temporadas, la serie francesa se ha convertido en una de las sensaciones del género fantástico en televisión.

Foto: Canal +

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Hasta los muertos vivientes son guapos en Francia. En Francia o, más bien, en el audiovisual francés, unao de los pilares sobre los que ha construido sus señas de identidad el país vecino. El realizador Robin Campillo arrancó en 2005 su largometraje Les Revenants con una imagen escalofriante: docenas de moradores de un cementerio salían por la puerta del camposanto para recuperar sus vidas. La apariencia de aquellos zombis era completamente normal, profundamente humana, hasta un punto pudiente. Ese aire lo adoptarían también los protagonistas de la serie que Canal+ Francia empezó a emitir bajo el mismo título a finales de 2012 y que se inspiró en el filme de Campillo.

Creado por Fabrice Gobert, el producto televisivo superó al cinematográfico en reconocimiento, adquirió prestigio crítico y se coló en las pantallas de medio mundo. Canal+ Series Xtra emite en España tanto aquella temporada inicial como la que vería la luz tres años después, en octubre de este 2015. La espera entre tandas fue larga pero la continuación acabó por sumar otros ocho capítulos de intrigante belleza a un universo que brilla por mucho más por su tono que por la lógica causal de las tramas.

A riesgo de simplificar, puede entenderse que Les Revenants está emparentada con obras como Perdidos o The Leftovers, artefactos que se construyen sobre un denso despliegue de misterios que siempre corren más deprisa que los datos resolutivos. De hecho, en este tipo de propuestas no suele haber términos medios: se entra o no se entra. Y si es lo primero, los creadores aprovechan la baza de la adhesión del espectador para presentarle cada pequeño detalle con una intensidad que genera cualquier reacción menos indiferencia. La cuestión de que posea verdadero peso dramático importa mucho menos.

DE 'CAMILLE' A 'LOS RESUCITADOS'

Camille, el episodio de arranque, subrayaba en sus preliminares el cambio de localización respecto a la película que sirve de inspiración. De la ciudad luminosa y primaveral de aquella se pasa en la serie a una localidad de los Alpes franceses. La calidez es sustituida por un ambiente frío, si bien el pueblo donde transcurren los hechos tiene un aspecto idílico, reforzado por el aire confortable de muchas de sus viviendas y por un paisaje arrebatador.

La desgracia se ceba, sin embargo, con los habitantes del lugar cuando un autobús escolar cargado de jóvenes se despeña por un puerto de montaña. Camille, una de las chavalas fallecidas en el siniestro, se presenta pocos años después en su casa como si tal cosa. No es la única, pues otros muertos van regresando a la villa para afrontar el descubrimiento de su nueva identidad e imponerle a sus seres queridos un trauma inverso, pues ahora toca asimilar el hecho de la resurrección.

Swann Nambotin (Victor) en la segunda temporada de la serie.

Swann Nambotin (Victor) en la segunda temporada de la serie.

Cuando llega el último episodio de la segunda temporada, Los resucitados, el drama ya ha derivado hacia otro tipo de conflictos como la imposibilidad de la convivencia entre vivos y muertos vivientes. Muchos personajes se afanan en mantener unidas sus familias, si bien el objetivo se revela utópico. Por ahí se decanta una de las muchas aristas temáticas de Les Revenants, que en sus dieciséis unidades también diserta sobre la soledad, la incomunicación, la fe, el azar, el pensamiento sectario, los celos y la culpa.

VACÍO EN EL MUNDO DESARROLLADO

Los revivivos son gente guapa, ya se ha dicho. Pero están tristes. La melancolía también bloquea a familiares y amigos, asolados por el desconcierto. Todos conviven en un espacio en el que no hay necesidades mundanas, pues apenas trabajan allí un par de camareros, el cura y las fuerzas del orden. Y tampoco es que carguen con un tajo exigente, pues la iglesia siempre está vacía y los militares que se incorporan en la segunda temporada forman una especie de figuración pasiva, al menos hasta las últimas entregas, justo cuando los guionistas los necesitan para dinamizar el desenlace.

A falta de ellos, un ramillete de personajes –el profético Victor, el implacable Milan, el iluminado Pierre– se dedica a sembrar ambigüedades en un laberinto novedoso. La propuesta es sugerente porque, en oposición a la iconografía habitual del zombi como ser monstruoso, hambriento de carne y carente de dotes intelectuales, aquí brota una comunidad endogámica de europeos de raza blanca que no paran de sufrir psicológicamente. La belleza del entorno es tan lánguida como los habitantes de la ficción, que parecen apagarse a falta de un destino claro o de un sentido existencial que no parece llegar nunca. Hombres, mujeres y niños parecen tenerlo todo, pero la armonía resulta imposible por el peso de la historia –el reventón de una antigua presa que causó una masacre hace décadas– y la constatación de que la convivencia entre unos y otros es inviable.

El ambiente va oscureciéndose a medida que pasan los capítulos, tejiendo eficazmente una sensación de penuria gracias a los tonos grises y a una retórica mínima aunque potente. La suavidad de la cámara, los silencios pletóricos de matices y la música de la banda escocesa Mogwai –ejemplar en su uso narrativo– ejercen una atracción hipnótica para que el espectador pase por alto los agujeros de un guión ventajista, pues el galimatías del desenlace de la segunda temporada ya sería disculpar demasiado.

Poco importa, en cualquier caso. Les Revenants apuesta por bazas emocionales directas y por el discurso fabulado más que por la causalidad del argumento. Desde muy pronto, el interés no gravita sobre lo que pueda ocurrirle a los protagonistas, muchos de los cuales no pueden volver a morir. Desactivada esa opción, sólo queda acomodarse a la llovizna de tristeza que cae sobre un lugar que parece la vieja Europa consumiéndose en su desarrollada miseria, por mucho que Gobert invite en sus últimos planos a la esperanza con un optimismo algo ingenuo.