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La sangre vuelve a teñir de rojo la nieve de Fargo

La segunda temporada de la serie es un thriller que viaja hasta los años setenta con el 'reaganismo' como fondo. 

Una de las escenas de la nueva temporada de la serie.

Una de las escenas de la nueva temporada de la serie.

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Luverne (Minnesota), 1979. El invierno deja caer fríos copos de monotonía sobre un paisaje mancillado, sin que nadie lo espere, por la sangre. El mal se desata, ambicioso y caótico, mientras unos hombres corrientes se oponen al caos. Violencia y humor se desposan con la alianza del azar. El paisaje resulta familiar pero el universo se ha renovado. El guionista y productor Noah Hawley ha vuelto a hacerlo.

La segunda temporada de Fargo, franquicia de la cadena por cable FX que actualiza con molde seriado la legendaria película de los hermanos Coen (1996), ha arrancado con un brío irresistible. C+ Series Xtra emite la miniserie en el mercado español casi a la par que en Estados Unidos y cada entrega es, de momento, motivo para la fiesta íntima y semanal del espectador más exigente.

El tono, ya se ha dicho, es el mismo. La estética, similar. Pero si la anterior temporada situaba en 2006 un relato que tomaba del original cinematográfico algunas claves argumentales, la obra presente realiza una maniobra que retrocede –en compañía de personajes completamente inéditos– a un momento crucial: el decisivo fin de la década de los setenta.

Ronald Reagan "está al salir"

Hawley inventa un prólogo malévolamente desdoblado para fijar el subtexto de la narración. El capítulo inicial, Esperando a Holanda, se presenta en blanco y negro y con la parodia del rodaje de Masacre en Sioux Falls, una película inventada y de aspecto clásico protagonizada por el actor Ronald Reagan, quien se retrasa unos minutos de la convocatoria aunque "está al salir".

A continuación, una vibrante secuencia de montaje construida con fragmentos documentales de 1979 sintetiza el discurso que el presidente Jimmy Carter dirigió a la nación sólo un par de años antes de que Reagan le sucediera en el cargo: "Vivimos una crisis de confianza", reconoce con firmeza Carter mientras desfilan por la pantalla imágenes de una severa crisis del petróleo, apariciones del colaboracionista Noriega con las tensiones del Canal de Panamá al fondo y manifestaciones de activistas negros que suben la temperatura de los conflictos raciales.

La supuesta verdad es mentira, si bien la mentira, convenientemente observada, no puede antojarse más verdadera.

La ficción irrumpe a continuación en medio del desconcierto político, apoyada en la carta de presentación de un rótulo que dice basar el invento en una "historia real". Esa sigue siendo la principal seña de identidad de Fargo, cuya semilla fue concebida en su día por los Coen para experimentar con la verosimilitud de las acciones y la inocencia del espectador cuando le anuncias que lo que va a contemplar son hechos auténticos. El mecanismo, sin embargo, consiste en que la supuesta verdad es mentira, si bien la mentira, convenientemente observada, no puede antojarse más verdadera.

La realidad y la ficción se cruzan en la serie.

La realidad y la ficción se cruzan en la serie.

En ese cruce de intenciones tan meditadas se ubica un argumento lleno de intriga, fluidez y personajes memorables: unos, los Gerhardt, forman una organización criminal de origen alemán, a la que pertenecen tres hijos dispuestos a heredar la jefatura de la banda; otros, la competencia – pues la tienen– maneja una idea menos familiar de la industria del delito y hace una oferta de absorción bajo la premisa de que "el mundo se está volviendo más corporativo". Y en mitad de la tensión, hija de un cambio de época en toda regla, brota la sangre por la herida de los asesinatos cutres y el capricho del azar.

Festival narrativo y formal

Esta especie de crónica del advenimiento del "reaganismo" juguetea disfrazada con un irresistible aparato narrativo y formal. Tal y como sucedía tanto en el filme de los Coen como en la temporada inicial de la serie, la investigación policial de un crimen hace las típicas labores de mediocentro bragado que equilibra a un equipo plagado de artistas improvisadores. Los agentes del orden responden de nuevo al perfil de tipos ordinarios y sobrados de sabiduría popular. Sobre todo uno, que es suegro del otro.

El guionista sortea hábilmente la caricatura y les da a todas sus criaturas un baño de verdad dramática.

Los dos forman en los capítulos iniciales una pareja llena de matices dramáticos, incorporados por un veterano Ted Danson –soberbio en el papel de sheriff que ironiza sobre la gente que huye de la rutina– y por Patrick Wilson, quien hace un alarde de contención interpretativa para dotar de humanidad a un tipo soso que ve amenazada su estabilidad familiar.

La nueva temporada tira de historia estadounidense.

La nueva temporada tira de historia estadounidense.

Ellos ponen el contrapunto de tono bajo a una galería imponente de personajes memorables y con tendencias más bien excéntricas. El guionista sortea hábilmente la caricatura y les da a todas sus criaturas un baño de verdad dramática. Algunas poseen un carisma especial, como el gánster de raza negra que presiona a los Gerhardt. Otras habitan el territorio del patetismo, como el pequeño de la familia germana, ninguneado por la cámara con frecuentes desenfoques hasta su encontronazo con una peluquera manipuladora encarnada por Kirsten Dunst con un crudeza brillante.

Todo encaja en un ejercicio de prestidigitación que mira bajo la alfombra de la historia estadounidense.

El sutil toque de realización es solo uno entre el vendaval de recursos visuales y sonoros desplegados en los episodios iniciales de la segunda temporada de Fargo. El metraje pasa de las pantallas partidas y los montajes sincopados y alternos a las largas escenas de personajes que cuentan fábulas para dar sentido a lo que piensan. Del rock setentero a la sinfonía serena. Del exabrupto al silencio. De la retórica seductora del delincuente profesional a las frases vacías del carnicero de pueblo que tira de hacha por pura fatalidad. Casi todo vale. Y todo encaja en un ejercicio de prestidigitación que mira bajo la alfombra de la historia estadounidense para encontrar allí el combustible político y social de un relato tan divertido como sublime.