Teatro Real

De melenudos a calvos: 30 años de Bunbury

Cientos de fieles abarrotaron el Teatro Real y se rindieron al conjuro del chamán del rock español.

Enrieque Bunbury en el Teatro Real.

Enrieque Bunbury en el Teatro Real. Efe

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Bunbury no es un señor mayor. Su público tampoco. Por eso el cantante dio ayer un concierto en el Teatro Real donde celebró "30 años de mutaciones", como si los años no pasasen por él. Un concierto que podía haber dado perfectamente hace dos, cinco o diez años, porque su música no cambia, ni cambia él. Y no es una crítica, los melenudos -que ahora ya son calvos- que le siguen no quieren que cambie.

El concierto se celebró en el Teatro Real, pero el Real con sus sillones rojos, sus dorados... No es sitio para Bunbury. Y mucho menos para su público. Daba penita ver a los melenudos impávidos, quietísimos, sin poder moverse a penas, ni tocar la guitarra imaginaria que se compraron en la época de los Héroes. Los rockeros, de la vieja guardia y los nuevos, parecían preguntarse: ¿dónde está la cerveza? El Real con su serenidad palaciega se quedaba pequeña para un público deseoso de saltar y un cantante que sólo quería que lo hicieran. 

Pero Bunbury supo conjurar con acordes y dragones brillantes a un público lejanísimo. La llamada comenzó con Ahora, "todo lo que he amado es una canción en un teatro y a ti", cantaba el Teatro a una sola voz. Las 22 canciones del concierto repasaban una vida. Cinco canciones de Héroes que los asistentes al concierto no pudo sino devorar. "De todo comienza a hacer mucho tiempo", recordaba al micrófono. Enrique, como gritaba su público, tiene algo sacerdotal, que hipnotiza a los que van vestidos de negro y a los que no. Como si de alguna manera en su caldero cupiese todo: canciones históricas, temas repelentes y, sobre todo, él. Bunbury habla como si fuese tonto, pero un tonto listo que es capaz de cantar embutido en unos pantaloncitos que le cortan la circulación con tal de marcar paquete. Y ese es su encanto.

Bunbury, durante el concierto en el Teatro Real de Madrid, incluido en su gira

Bunbury, durante el concierto en el Teatro Real de Madrid, incluido en su gira Efe

Llegó Avalancha, el disco que Héroes del Silencio publicó en 1995 y con el tema que nombra al álbum, Bunbury demostró que al Real había ido a jugar. Entonces sabiéndose él, el Héroe, deshizo el concierto y congregó a varias generaciones en una sola impresión. Que tengas suertecita se deslizó entre el público con la ironía del zaragozano, que además de su presencia en el escenario descubre al público un letrista inigualable.

Como Bunbury iba a darlo todo, desde el minuto uno, regaló al público un tema viejo que sólo recupera para "ocasiones espaciales", Una canción triste regaló una escena inigualable. Los mejores asientos del Teatro Real se volvían los enemigos del público, los palcos eran pequeñas cajas que enclaustraban, los asientos de las gradas fueron inútiles prácticamente toda la noche. La demostración de que ni a Bunbury ni a su público se les puede domar, y ni mucho menos enumerar.

Ni a Bunbury ni a su público se les puede domar, y mucho menos enumerar

Bunbury acabó de cantar Héroes y comenzó su época en solitario con El extranjero, quizá una referencia a Camus, quizá un estado que como otros cantaba a la razón de la no patria, de la no bandera. Bunbury tiene tantas caras y versiones como uno quiera, pero una sola voz. El gitano del rock, con su melena, su creerse guapo, sus bailes y sus pantalones ajustados hace y deshace sabiendo que su público se lo va a aguantar todo. Y que lo van a aguantar a él.

Bunbury domina el escenario, por eso El hombre delgado es consciente de que no flaqueará jamás, porque como un ritual cuasi cotidiano levanta a los mismos que lo acompañaban hace 30 años y es capaz de reunir a nuevos rockeros, los que añoran el rock de verdad. "Lucharé con todos los que digan lo mismo que yo", Bunbury no canta, proclama. Como la novela de Dashiell Hammett, Bunbury pretende embrutecerse pero, de algún modo, hay algo que se lo impide. Enrique no llega a ser un cantante desalmado, egocéntrico (aunque tenga todas las papeletas), porque su posturita de quinceañero flipado se contrapone con su mirada, con la emoción y un cuidado de la voz que sólo el mejor de los públicos se merece.

Bunbury durante el concierto en Madrid.

Bunbury durante el concierto en Madrid. Efe

Él, que es un poco folcrórica, cambió varias veces de modelito, como las viejas estrellas. En una época donde la opulencia estética deja paso al minimalismo, Bunbury es el recuerdo de lo que fuimos. Por ello, el cantante nos dice Despierta, la psicodelia -ausente en el siglo XXI- renueva el sonido oxidado de los ovnis de los 80 en nuestras cabezas. Sin embargo, Bunbury nunca ha sido mejor que con Héroes y el momento cumbre de la noche se lo llevó Mar adentro, el sencillo de El mar no cesa(1989). Y el público salió de la prisión del deseo.

El personal de seguridad se puso a temblar cuando el cantante comenzó a bajar del escenario y, no contento con eso, se fue hasta el público, deshaciéndose más que de las manos de los fans de las garras de los seguratas. Pero venció y se subió a los hombres de algún afortunado y cantó entre un mar de manos, mientras todos intentaban tocarle como invocando una emoción, como un sacerdote del rock.

Bunbury no llega a ser un cantante desalmado, egocéntrico (aunque tenga todas las papeletas), porque su posturita de quinceañero flipado se contrapone con su mirada y emoción

La banda Los Santos Inocentes, que fielmente acompañan al cantante durante los últimos años, son una pieza clave en el conjuro. Es majestuoso que un tío como Bunbury deje -aunque sea unos segundos- el protagonismo a sus músicos y, especialmente, a la guitarra de Álvaro Suite que está a la altura de las excentricidades del cantante. Y el público lo sabe porque lo corean y aplauden casi al mismo nivel que al cantante. Bunbury aseguró que "esta gira está siendo muy emotiva porque nunca habíamos mezclado canciones tan distintas", mientras bromeaba sobre la cantidad de kilómetros que habían recorrido para cantar, desde Malasaña.

El final se tiñó de rojo, a juego con la camisa del cantante, y fue simplemente apoteósico. Como buen conocedor de la liturgia, reservó dos de sus mejores temas para los segundos bises cuando el público estaba a punto. De todo el mundo y ...Al final acabaron con un concierto que homenajeaba más que a un recorrido musical, a un viaje que los melenudos ochenteros han hecho juntos.