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Del indie al hip-hop: el FIB cambia de música sin evitar la caída

El festival arrasa en entradas vendidas y da un giro menos comercial a su cartel. Aunque haya mejoras la organización sigue siendo un caos.

Asistentes al concierto de Muse en el FIB.

Asistentes al concierto de Muse en el FIB. EFE

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Los mejores tiempos sólo son producto de la nostalgia y los recuerdos de un pasado ideal. El último espejismo español se celebró el pasado fin de semana al cierre de la edición número 22 del Festival Internacional de Benicàssim (FIB). La organización del evento y los medios brindaron por la “resurrección del festival” o “la vuelta de los mejores tiempos”. Aseguran que este año se ha cerrado con más de 170.000 almas en el recinto, un extraño sold out en sábado y la vuelta de la presencia española casi reñida con la inglesa.

Sin embargo, la única razón para subrayar una mejora en la deriva de este producto -con un impacto económico de más de 50 millones de euros- ha sido, paradójicamente, su paso atrás en la cuota musical de brit-pop e indie. En el declive del FIB, que data de tiempos inmemoriales, podemos localizar un posible punto de inflexión en su cartel de 2011, con un elenco a modo de recopilatorio de grandes éxitos de la NME donde era casi imposible situar cabezas de cartel. The Strokes, Brandon Flowers, Arcade Fire, Beirut, Portishead o Artic Monkeys conformaron algo que sonaba a despedida del género.

Muse en el concierto de este año en el FIB.

Muse en el concierto de este año en el FIB. EFE

Los reunidos en aquel festival, vástagos tardíos o fans incondicionales de la escena, acudían en esencia a un punto y aparte. Pero el FIB, ajeno a aquel hito, continuaría repitiendo la fórmula otro lustro. Aunque tarde, han conseguido dar con la tecla oportuna: recuperar a los nietos del brit-pop programando más hip-hop y más electrónica. En esta edición se han desterrado parte de las guitarras como objeto de escenario.

Y pese a esto, con la presencia y ánimos renovados impuestos por Skepta, Jamie XX, Kendrick Lamar, Major Lazer, Little Simz, Ryan Hemsworth o Disclousure, el festival sigue siendo la experiencia más cercana a la romería del Rocío que el público joven anglosajón puede llevarse a casa. La devoción alcohólica, la Guardia Civil a caballo en paseos estrambóticos por el parking y el polvo incrustado en los pulmones condicionan un recinto hostil, mal distribuido, en el que apenas existen espacios para sentarse o apoyar la cerveza si no es en un suelo yermo o un césped desastroso.

El FIB tiene un recinto hostil, mal distribuido, en el que apenas existen espacios para sentarse o apoyar la cerveza si no es en un suelo yermo o un césped desastroso

Los puestos de comida descuidados se mezclan entre los escenarios. Aquí, una mención de honor para el J&B South Beach Pool Party, un delirio estético terrorífico semejante a un plató televisivo de programa busco pareja ochentero y con piscina de plástico minúscula. Se convierte el deambular, acción protagonista de toda organización semejante, en un tránsito irracional y desapacible, un evento que sigue sin invitar al habitar o experimentar ningún tipo de intercambio cultural. Podemos hablar de una feria o un espectáculo efímero, no de un festival.

La identidad del FIB, cualquiera que esta fuera, ha sido sepultada por un product placement agresivo de J&B o Visa. Sorprendentemente, aún quedan fibers amabilísimos en una organización perfectamente engrasada. A nivel logístico no tiene tacha. Son los jóvenes de las taquillas, info, camareros, baños o asistentes en colas, que tal y como me informó uno de ellos, “hacemos turnos de 12 horas y luego el festival nos devuelve el precio de la entrada”. Hagan cuentas, la hora de curro a estos chavales les sale a dos o tres euros y todavía tienen una sonrisa para ustedes.

Aficionados a la música pasean por el FIB.

Aficionados a la música pasean por el FIB. EFE

Volviendo a las propuestas en directo, como pinchazos destacamos la terrible actuación que ofreció Major Lazer: la pirotecnia visual y el acompañamiento de bailarinas no redimieron al dj set músicas del mundo, en el que los temas mal mezclados de Justin Bieber, Daddy Yankee o El Taxi no lograron convivir entre sí. La apropiación cultural y la globalización mal entendida era esto: “Alzad las banderas de todos los países”, gritaría el grupo.

Las dos horas de Muse, el concierto de Mac de Marco o el live belicoso de Mr Oizo fueron por repetitivos y previsibles los momentos más tediosos del festival. El toque agridulce lo protagonizó el Guincho, en un directo que, pese a fluir y escucharse mucho mejor que alguna de sus actuaciones pasadas como la del Sónar, no logra encontrar el horario ni el escenario adecuado.

La novedad más agradable, ajena a la masificación y con un público algo más entregado, fué el J&B South Beach Dance Stage, en el que agradecimos propuestas menos convencionales como el trap feminista cercano a la performance de las 15 componentes del grupo Reykjavikurdaetur o el kawaii-pop de Kero Kero Bonito. Hubo sesiones más accesibles y bailables como las de Snakehips, Young Fathers o Ryan Hemsworth, enfrentadas al house y minimal de Marc Piñol.

La novedad más agradable, ajena a la masificación y con un público algo más entregado, fué el J&B South Beach Dance Stage, en el que agradecimos propuestas menos convencionales

Un escenario para todos los gustos donde se libró una de las cuestiones básicas de la escena musical actual: ¿es el hip-hop el nuevo pop?¿Existe un consumo desclasado y hedonista de un género marcado socialmente? ¿Estamos ante un nuevo target generalizado más sensible al discurso político? Rejjie Snow y Little Simz, raperos de 23 y 22 años respectivamente, se midieron y enfrentaron a una corriente del mainstream que confluía a pocos metros en el escenario las Palmas con Skepta y Kendrick Lamar.

Mientras Rejjie entonaba los primeros versos de Keep your Head Up, se producía la sensación de plenitud y colectividad que no conseguiría el Allright de Lamar. Kendrick dio las gracias por “abrazar la cultura negra” antes de comenzar su himno, como advertencia, mientras Rejjie daba por hecho que aquella canción hablaba de una opresión compartida, sin necesidad de ser introducida ni contextualizada. Parecía que unos chavales irlandeses sonreían y recalcaban que “ellos no eran ingleses”, eran una cosa distinta y que se sentían mucho más cerca de nosotros españoles.

La inglesa Little Simz pese al cambio de horario, pérdida de avión y actuación de 25 minutos transmitió más violencia y necesidad mesiánica en las barras de su tema Wings, que en las visuales coreadas y leídas una y otra vez en el Shutdown de Skepta. Y es que ambos raperos, tanto Lamar como Joseph, no dieron lugar al espacio entre temas, la recreación o a la interacción con un público que mostraba un desarraigo y una necesidad de pertenencia extrema.

Quizá sea en parte esta la sensación generalizada de la última edición del Festival Internacional de Benicàssim: la existencia por fin de un público joven necesitado de música, que no se arremolina bajo el paraguas o el apellido de los festivales, que ha comenzado a viajar según carteles y nombres propios, curiosamente contemporáneos a los suyos.