Música y conversión

De fan de Sabina a heavy: mi primera vez con Iron Maiden

Antitaurinos, guiños al Brexit y niñas que nunca quisieron ser Hannah Montana en el concierto de la banda británica en Madrid. No es música, es un estado de conciencia. 

Los padres del heavy metal mundial, Iron Maiden.

Los padres del heavy metal mundial, Iron Maiden. EFE

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Ayer me contaba una amiga que empezó a escuchar Iron Maiden en cuarto de la ESO, cuando alguien le dejó el recopilatorio Somewhere back in time. Su novio -ya ex, afortunadamente- le había regalado una cartera de Hannah Montana que ella ignoró a lo ancho y largo. Esas eran las dos Españas del instituto: las niñas que querían ser poperas de Disney Channel y las que se forjaban tempranas en el heavy metal.

Otras -que nos movíamos en un charco turbio de Sabina a Extremoduro-, perdonen la ignorancia, no conocíamos a la banda británica más allá de la iconografía. Y de esa fe extraña que destilaban nuestros colegas metaleros con Fear of the Dark, con sus barbas chivas de corte medieval -como caballeros fuera de época-, sus melenas largas de adolescentes libres y esa actitud insobornable entre la épica, la depresión y la poética. Yo entendía que Iron Maiden -padres de la movida- es de esos grupos que no eliges, que están ligados, simplemente, a lo que uno es, a un instinto lóbrego y poderoso, a una rebelión personal, hasta a cierta marginalidad convencida en edades púberes.

16.000 personas en ese viejo Palacio de los Deportes que hace dos veranos Miley Cyrus sólo consiguió llenar hasta la mitad: parece que el tiempo ha dado la razón a los niños raros

Bruce Dickinson y su séquito se plantaron ayer en el Barclaycard Center de Madrid: era el momento de salir del cascarón. Aforo completo. 16.000 personas en ese viejo Palacio de los Deportes que hace dos veranos Miley Cyrus sólo consiguió llenar hasta la mitad. Parece que el tiempo ha dado la razón a los niños raros, a los que crecieron esquivando las carpetas de moda y los amores locos de temporada. Lo primero que me fascinó de la atmósfera al llegar fue el puestecillo de la consigna, donde los adeptos dejaron esa parte de ellos con la que no les dejaban entrar al recinto: manojos de cadenas, cinturones y pulseras de pinchos, artefactos de cuero y zinc. Pasaron los controles y llegaron a pie de escenario como desarmados, medio desnudos y expectantes, tirando de la procesión heavy que va por dentro.

Tauromaquia en Iron Maiden

En la zona del merchandising -en el caso de la efigie Iron, bastardeado hasta el infinito- se daban las reyertas afables propias de este país partido en dos. "Me llevo esa", dice un chaval con flequillo largo y acné, señalando una camiseta que presentaba a Eddie -célebre mascota antropomórfica de la banda- blandiendo una espada y acompañado de un toro que sangraba por la nariz. "Molaría si no fuese por el toro", le reprende su amigo animalista. "Pero qué dices, tío, si el toro es lo mejor. Joder los antitaurinos, hasta con Iron Maiden...".

Dan las nueve y Bruce Dickinson, el vocalista, surge en el escenario -blop- de un salto demencial: lleva unos pantalones beige caídos y una sudadera negra con capucha: parece un niño skater o un surfero en invierno. Hay quien lo comenta: "Pero, ¿de qué va disfrazado, de rapero?". Es una criatura incansable custodiada por cuatro enormes antorchas que brinca sobre el fondo de un templo maya -guiño a la estética de su último trabajo, The books of souls-. Unas lianas cuelgan de los focos del escenario. Hablan de la ferocidad, del salvajismo artístico que no se les agota. 

El guitarrista Janick Gers acapara toda mi atención: es un tipo flaco y fibroso, de axilas hundidas y cabello larguísimo y pajizo. Cuando las luces vienen azules, parece una virgen en ascensión

El guitarrista Janick Gers acapara toda mi atención: es un tipo flaco y fibroso, de axilas hundidas y cabello larguísimo y pajizo. Cuando las luces vienen azules, parece una virgen en ascensión. Mantiene una relación extrema con el enorme altavoz de su derecha: le mete patadas, se tumba sobre él, gesticula con sacrificio. A ratos pienso que la guitarra le va a salir volando. Juega con ella, la mueve en círculos altos, como esas guitas gordas del Oeste. Después cierra los ojos, levanta la cabeza y se deja a ir, siempre un escalón por debajo de la eyaculación. Casi pero no, un poco más. Creo que considera la posibilidad de arrodillarse. Speed of Light, Children of de Damned. El hombre que está sentado delante de mí -sospechosamente parecido a Santiago Segura- lleva unas gafas de vista en los ojos y las de sol negras sustentas en la frente. "¡Es la hostia!", exclama a ratos. "¡La hostia!".

Brexit, sudor y despiporre

La gente se descamisa y suda instantáneamente la cerveza. Levantan las manos y hacen el gesto de los cuernos. Tocan baterías, guitarras imaginarias, con pasión restaurada canción a canción. Tears of a clown la dedicaron al actor Robin Williams. Con The Trooper dejé de ser espectadora del despiporre ajeno para ponerme de pie y empezar a menear el cuello como si no hubiese un mañana.

Al principio tímidamente: luego ya dejé el bolso en el suelo para establecerme a mis anchas y no desmerecer el temazo. You'll take my life but I'll take yours too; you'll fire your musket but I'll run you through. Ahí Dickinson vestido de soldado rojo de caballería y ondeando su bandera de Reino Unido. Del 'brexit' ni mu, aunque en su momento se posicionaron a favor de la salide de la UE. "Las civilizaciones nacen y mueren, como nosotros", se limitó a señalar. "No sabemos por qué desapareció la maya, pero esta es la historia del libro de las almas".

El vocalista siguió amasando el aire como quien soba pan: en Powerslave se colocó una máscara y recitó sin identidad esas canciones que eran poemas heroicos

El vocalista siguió amasando el aire como quien soba pan: en Powerslave se colocó una máscara y recitó sin identidad esas canciones que eran poemas heroicos. Al final era un Cristo ante el público, abierto de brazos y piernas, entregado y jadeante. En Death of Glory fue el simio rey de la selva; en The books of souls, un hechicero humeante; en Hallowed be thy name, un suicida morboso de soga en mano. Llega el gigante Eddie con su hueso en la mano, monstruoso y humano, rascándose el trasero y frotándose el taparrabos. Bruce le arranca el corazón y lo lanza a la marea.

Son tan potentes las llamaradas de fuego que llega el calor hasta la grada; te golpean en la cara como la respiración de una bestia mitológica. "No nos importa de dónde vengas... tu religión, si eres hombre, mujer o algo intermedio. Esto va de vida, amor, música y un poco de cerveza", gritó el cantante. Blood Brothers y Wasted Years e Iron Maiden ya era un estado de la conciencia. Fui levitando hasta el metro; me dormí con los oídos de otra, escuchando un pitido gutural. Me he puesto a escribir esto con The number of the beast de fondo, sin mucha nostalgia de 19 días y 500 noches. Mi madre dice que estoy jevi perdía.