Símbolos y merchandising

The Beatles, la marca que se olvida de su talento

Sacar hasta la extenuación material inédito de los mitos hace que el público se olvide de lo previo y crucial: la excelencia.

Taza de desayuno de The Beatles.

Taza de desayuno de The Beatles.

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Es como una detonación. Como un estallido a lo lejos que estremece el aire durante unos instantes y después, poco a poco, se desvanece. Cada vez que se publica material inédito de un artista ya fallecido se produce una pequeña revolución en su universo que lo agita durante unos días hasta que sus ramas se vacían de nuevo y el mundo lo vuelve a dejar en paz. En ocasiones es comprensible. Se trata de un hallazgo único que justifica el asedio y lo prolonga inevitablemente en el tiempo. Pero otras veces el revuelo sólo sirve para levantar una nube de polvo que al cabo de unas horas se disipa, dejando a su paso apenas un puñado de titulares y un par de anécdotas sin importancia.

Estos días el olvido ha decretado varios indultos. Un artículo de Harper Lee sobre el asesinato de la familia Clutter, crimen en el que se basa la novela de Truman Capote A sangre fría; un diario de Salvador Dalí con treinta y tres dibujos originales subastado por 91.800 euros en Sotheby’s; y un vinilo original del Hunky Dory de David Bowie que incluye los créditos escritos a mano por el músico y una canción inédita. Tres ejemplos de talento y creatividad que no merecían ser ignorados. Tres ejercicios de gran valor artístico que no nos merecíamos ignorar y que, por su relevancia, disculpan la profanación del descanso de sus autores.

Sin embargo, el descubrimiento que tal vez haya llamado más la atención de público y prensa es la aparición de un vídeo de 49 segundos de los Beatles maquillándose en un camerino allá por 1965. Una cinta muda grabada en 8 milímetros donde observamos a McCartney, Lennon, Starr y Harrison poniendo muecas frente a un tocador. Ya ves tú.

El corpus

Cuando The Beatles se separaron, en el año 1970, fueron muy escrupulosos con el material inédito que se pudiese publicar. Tanto es así que no fue hasta 1977 cuando se editó The Beatles at the Hollywood Bowl, una selección de canciones interpretadas en directo en dos conciertos en Estados Unidos en los años 1964 y 1965 que ni los propios Beatles querían que se publicase. Ese mismo año, y con la expresa oposición del grupo, se lanzó el disco Live! at the Star-Club in Hamburg, Germany; 1962, con algunas de las actuaciones de la banda durante su estancia en Hamburgo.

Y así, salvo por el lanzamiento en 1994 del álbum en vivo Live at the BBC, pasaron más de dos décadas. Diecisiete años desde la última vez que salían a la luz interpretaciones inéditas de The Beatles y veinticinco desde que el mundo no escuchaba una canción nueva. Una tendencia que se rompía en 1995 con Free as a Bird y Real Love, dos temas no incluidos en sus discos, compuestos por John Lennon, que había fallecido en 1980, y publicados un cuarto de siglo después de su disolución. Dos nuevos singles de los Fab Four que, a modo de milagro, acompañaban al estreno de la serie documental Anthology, repleta de vídeos, fotografías, declaraciones e incluso tomas no utilizadas de las grabaciones de la banda en el estudio. Un corpus completo de la obra de los Beatles.

Reconocer que no hay más material inédito que publicar supondría cargarse a la gallina de los huevos de oro. Raquítica y extenuada, pero gallina al fin y al cabo.

Y cuando no hubo más material inédito que publicar, se siguió publicando. A veces, para mantener vivo el fuego, es mejor echar pequeñas ramas sin importancia sobre la hoguera en lugar de un tronco gigantesco. Sobre todo cuando ya no hay tronco alguno que quemar. Y pocas cosas arden tan bien como las fotos insustanciales de algún rodaje, fragmentos triviales de una conversación en el estudio de grabación o cintas mudas de 49 segundos filmadas durante una sesión de maquillaje en la televisión. La otra opción, que consiste en no publicar más material inédito porque ya no queda más material inédito que publicar, supondría cargarse a la gallina de los huevos de oro. Raquítica y extenuada, pero gallina al fin y al cabo. Una posibilidad que pocos se atreverían a contemplar.

Pasear el cadáver

Los Beatles todavía generan alrededor de cien millones de euros anuales sólo en la ciudad de Liverpool, donde su legado se traduce en cerca de tres mil puestos de trabajo directos. Durante los dos primeros días de acceso libre a su música en la plataforma Spotify, superaron los 250 millones de reproducciones. La compañía Apple Corps Ltd., controlada por Paul McCartney, Ringo Starr y los herederos de Lennon y Harrison, tiene una facturación anual millonaria -para muestra, un botón: los productores de la serie Mad Men pagaron aproximadamente 250.000 dólares solo para poder utilizar la canción Tomorrow Never Knows en uno de sus episodios-. Habría que estar loco para no seguir paseando el cadáver, por mucho que huela a muerto.

Y es que todo lo que tenga alguna relación con la banda de Liverpool nos sigue fascinando, por intrascendente que sea. Carlos Rego (Ourense, 1965), escritor y experto en historia de la música, me explicaba que el motivo de esa atracción casi hipnótica se debe a que The Beatles constituyen hoy en día una auténtica unidad de medida en sí mismos. “Se han convertido en la cima del canon por el que se mide la música pop. En general, los medios de comunicación son muy vagos y perezosos a la hora de estudiar y analizar el rock y la música pop en general, y entre los pocos referentes que manejan, los Beatles ocupan un lugar preeminente. Y además les gustan a todo el mundo. Es difícil fallar con algo referido a ellos cuando incluso hay quien atesora calcetines usados por John Lennon”. Sobre el asunto del vídeo que ha visto la luz estos días, su opinión es tajante: “Noticias de este tipo continúan alimentando el mito hasta convertirlo en una monstruosa espiral sin fin”.

Los medios de comunicación son muy vagos y perezosos a la hora de estudiar y analizar el rock y la música pop en general, y entre los pocos referentes que manejan, los Beatles ocupan un lugar preeminente

Una monstruosa espiral que encierra el riesgo de transformarse en su propia trampa, por cuanto el crecimiento descontrolado y deforme del culto a su imagen, del culto a The Beatles como icono, puede derivar en su desnaturalización como banda de pop y rock y en su conversión en una simple marca, en un producto más de la sociedad de consumo, relegando su genialidad y su talento a un segundo plano. “Es que de su música o su influencia en la sociedad de su tiempo se habla poco -me comenta Rego mientras dialogamos sobre el tema-.

Parece que eso queda para las revistas especializadas, y minoritarias, que todavía siguen analizando y contextualizando una obra que increíblemente aún admite esa revisión constante. En el momento en el que todo se convierte en mercancía, los Beatles tienen que estar en primera fila de la mercantilización. Con la ventaja de que todo el mundo puede tararear una alguna de sus canciones”. Por fortuna para los demás, Carlos es uno de esos románticos que, como él mismo dice, pierden el tiempo tratando de comprender cómo los Beatles hicieron lo que hicieron en menos de diez años. Y explicándonoslo al resto.

La postura de la industria, en cualquier caso, es comprensible. Mantener a The Beatles vivos, aunque sea conectados a una máquina de respiración artificial, es la opción lógica, habida cuenta del interés que despierta en buena parte de la sociedad todo lo que tenga que ver con ellos.

Quico Vidal, el creativo responsable de la consultora Nadie, me explicaba el interés del mundo del marketing y la publicidad en el personaje histórico: “El público se fija en cosas interesantes, atractivas, relevantes. Que le transmiten valores o emociones con los que se identifica. Que muy a menudo, son encarnados, condensados, simbolizados, por personas. El marketing, la publicidad, saben crear esos símbolos. Pero eso exige talento, esfuerzo, inversión y confianza en un resultado no siempre seguro. Y hoy, en un contexto de cambios radicales, crisis económica, incertidumbre, esos factores que exige la creación son un bien escaso. Por eso se apuesta por esas personalidades, por figuras ya hechas. Son pasado, pero son reconocidas. Son caras, pero se sabe con certeza qué se compra, qué se obtiene. Son una inversión sin riesgo. Tan segura que es carísima, que está reservada a muy pocos”.

Más símbolo que marca

El análisis de Quico es claro. El público conecta con aquello con lo que se identifica. Y la industria, que atraviesa un momento incierto donde, además, la creatividad escasea, se aprovecha de los símbolos con los que la gente conecta. Aunque esa conexión se produzca en un plano superficial, circunscrito a conceptos que esos personajes históricos representan de forma inmediata como la paz, la libertad o la revolución, en términos genéricos, abstractos y fáciles de digerir.

Estos personajes hablan de cosas importantes sin hablar, en silencio, en imagen, en una pura evocación. Perfecto para estrategias de marketing en las que no cabe la creatividad

“Estos personajes pueden ser marcas -continúa Quico-, pero es más preciso llamarlos símbolos: son representaciones masivamente compartidas y reconocidas de una época, un género artístico, una actitud o un movimiento. Hablan de cosas importantes sin hablar, en silencio, en imagen, en una pura evocación. Perfecto para estrategias de marketing en las que no cabe la creatividad. Viéndolas, compartiéndolas, comprándolas, los consumidores se sienten partícipes de lo que simbolizan, aunque en realidad solo hayan conectado con su representación, con una imagen hueca y desactivada. Esta es la ceremonia perversa del consumo: estas son sus estatuas de bronce. Funcionan, adornan, pero no son nada. Apenas cadáveres en una sociedad sumida en la nostalgia, casi sin héroes, ávida de ellos, como todas, que compra lo que le evocan esos hermosos cadáveres”.

Ha sucedido con otros. Figuras como Bob Marley, el Che Guevara, Malcolm X o incluso Bruce Lee han terminado convirtiéndose en marcas. En productos cuya sola imagen es vendible más allá de su talento, su carrera o sus logros. En iconos de algo que nos basta con intuir. “Lo vemos todos los días en grupos mucho menos conocidos como Ramones, Motörhead o Joy Division -añadía Carlos Rego a nuestra conversación-. Sus camisetas son vestidas por niños y mayores que no tienen ni idea de quiénes son esos grupos”.

Calcetines usados de Lennon

Los Beatles ya poco más pueden añadir a su formidable catálogo. Todo lo nuevo que se nos ofrece son refritos, versiones y, en el mejor de los casos, extractos de una entrevista olvidada, imágenes de unas vacaciones o un vídeo de ellos maquillándose en un camerino. Y es normal. Es un material que no debe dejar de publicarse sólo por el mero hecho de no tratarse de contenido creativo, como ocurría con Harper Lee, David Bowie o Salvador Dalí. Sobre todo teniendo en cuenta que incluso hay quien atesora calcetines usados por John Lennon.

Sin embargo, y por muy hermoso que sea el cadáver, el asunto empieza a oler. Cuanto más aumenta la insistencia en The Beatles como icono, como anzuelo comercial, como logotipo en una camiseta, más nos alejamos de la realidad previa, la que derivó en ésta, aquella en la que The Beatles son, sin más, una de las mejores bandas de pop y rock de toda la historia. Y en esa monstruosa espiral, corremos el riesgo de que la marca termine solapando a la banda.

Hace poco escuché a una niña que creía que Ramones era una marca de ropa. Que nuestros hijos y nietos no piensen que The Beatles es eso que pone en las tazas del desayuno.

No podemos pedirle a la industria ni al mundo del marketing o la publicidad que no aprovechen el viento a favor. Tampoco podemos pedir a los medios que no publiquen material inédito, por anodino que sea. Y, por supuesto, no podemos pedir al público que deje de alimentar al monstruo. Pero sí podemos desear que pronto dejen de aparecer pequeñas ramas que echar a la hoguera para mantener vivo un fuego frío y artificial, que se agoten de una vez todas la naderías que todavía haya que publicar, y que alguien entierre de una vez a los Beatles. Hace poco escuché a una niña que creía que Ramones era una marca de ropa. Que nuestros hijos y nietos no piensen que The Beatles es eso que pone en las tazas del desayuno. Tampoco es tanto pedir.