Literatura y estilo

Falcó, el héroe más cipotudo de Pérez-Reverte

La nueva novela del autor -ambientada en la guerra civil- rebosa mujeres, alcohol, armas, testiculario y equidistancia ideológica. 

El autor de Falcó, Arturo Pérez-Reverte.

El autor de Falcó, Arturo Pérez-Reverte. EFE

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La prosa cipotuda es el rayo que no cesa y ha dejado su inconfundible estela en Falcó, la nueva novela de Arturo-Pérez Reverte, que arranca en el otoño español de 1936 pero bien podía haber comenzado en cualquier otro lugar y otro tiempo, porque, como dice el autor, no es una historia sobre la guerra civil, sino “un libro de personajes”. Su protagonista es un ex contrabandista de armas y mercenario reconvertido en espía al servicio del Movimiento Nacional, un canallita burgués expulsado de la Armada por “líos de faldas e indisciplina”. Ha sido contratado por los servicios de inteligencia franquistas para liberar al líder falangista José Antonio Primo de Rivera, prisionero de la República en la cárcel de Alicante.

A sus órdenes están los hermanos Montero y la fascinante e inasible Eva Rengel, que, a diferencia de Lorenzo Falcó -asalariado del proyecto que toque-, son personas con credos, con ideales, vástagos de una causa. Aquí la primera característica cipotuda y estructural de la novela: el extremocentrismo al que se refería Iñigo Lomana, la equidistancia como herramienta de insubordinación.

-¿En qué habría de creer? -Falcó emitió una risa desagradable-. ¿En unos generales llamados por Dios a salvar España de la horda marxista? ¿En una República proletaria, bondadosa y honrada que defiende su libertad? Eso os lo dejo a vosotros. A los muchachos con fe. 

Pérez-Reverte ha preferido no posicionar a su protagonista en ningún bando: Falcó es el fin de las ideologías hecho carne, un tipo que, bajo la pátina de la amoralidad, lo mismo se hace compadre de los franquistas que se deja envolver por una espía rusa. Hoy está aquí y mañana allí. Su sistema de lealtades nada tiene que ver con la esfera política, sino con eso tan cipotudo del orgullo y la honra personal, la hombría, la caballerosidad, y -siempre-, “el instinto de protección de la hembra”. La fidelidad es, en realidad, un asunto de coraje. De pelotas

El placer de las armas

El mercenario es un zorro viejo, endurecido y cínico, permeable sólo a los breves placeres de la violencia y el sexo. Por eso ya en las primeras páginas hay apasionadas descripciones armamentísticas, teniendo en cuenta que las pipas pueden ser “siniestramente bellas”: “Era su favorita, y desde julio de aquel año no solía alejarse de ella. Se trataba de una semiautomática Browning FN modelo 1910, fabricada en Bélgica, de triple seguro, acción simple y recarga activada por retroceso, con un cargador de seis cartuchos: un arma muy plana, manejable y ligera, capaz de enviar una bala de calibre 9 mm a la velocidad de 299 metros por segundo (…) Había dedicado un buen rato de la tarde a desmontarla, limpiar y aceitar cuidadosamente sus piezas principales”.

Y, por qué no -se repetirán constantemente a lo largo de la novela-, superficiales referencias femeninas: “La última ojeada la dedicó Falcó a sus piernas: eran bonitas, concluyó ecuánime (…) El rostro no era gran cosa y debía mucho al maquillaje”. No obstante, el primer gran diálogo cipotudo del libro -dentro de esa “semántica de la masculinidad”que requiere de “novias, bares y trincheras”- llega en la página 20, una hazaña precoz teniendo en cuenta que la novela se inaugura en la 9. 

-Me acuerdo, claro -la mueca del otro se convirtió en risa despectiva-. Una rubia grandota, con un escote en la espalda que le descubría hasta el culo. Tan puta como todas las alemanasconociéndote, me extraña que no toreases en esa plaza. 

Falcó sonrió evasivo, como si se disculpara. 

-Triscaba en otros pastos, Almirante. 

Un poco más adelante, la descripción de Falcó lo encuadra como un gran crápula sofisticado y cargadito de testosterona: “Olía a loción Varón Dandy y estaba peinado hacia atrás, con fijador y raya muy alta, mientras se colocaba pausadamente, ante el espejo de la habitación de hotel, el cuello y los puños postizos de la camisa de smoking. La pechera era inmaculada, y los tirantes negros sostenían los pantalones que caían con raya perfecta sobre los relucientes zapatos de charol”.

El cipotudo sabe que lo es y se vanagloria de ello. No hay vergüenza ni humildades aquí

El cipotudo sabe que lo es y se vanagloria de ello. No hay vergüenza ni humildades aquí: “Falcó permaneció inmóvil estudiando el reflejo, satisfecho con su aspecto: rasurado impecable a navaja, patillas recortadas en el punto exacto, los ojos grises que se contemplaban a símismos, como al resto del mundo, con tranquila e irónica melancolía”. Cipotudo desencantado, arrastrando su saco árido de aventuras. Y, cómo no, dejándose redondear por el comentario tierno de alguna fémina. “Una mujer los había definido [sus ojos] en cierta ocasión -siempre correspondía a las mujeres definir esa clase de detalles- como ojos de buen chico al que le fueron mal las cosas en el colegio”.

El canalla, de caza

La vida era, para Falcó, “un coto de caza cuyo derecho a transitarlo estaba reservado a unos pocos audaces: a los dispuestos a correr el riesgo y pagar el precio, cuando tocara, sin rechistar. Dígame cuándo le debo, camarero. Y quédese con el cambio”. Ahí “un lobo en la sombra, ávido y peligroso”, pero, a la vez, “de sonrisa irresistible”.

Decía Pérez-Reverte que su intención era que las lectoras quisieran meterlo en su cama y los lectores quisieran irse de copas con él. Deseo y alcohol: otros dos grandes requisitos de la prosa cipotuda. Empecemos por el primero. Falcó nos hace ver constantemente que entiende de hembras. No por casualidad era un picaflor de aúpa. “Siempre resultaba instructivo, y útil, observar las reacciones de una mujer casada cuando se mencionaba al marido ausente”, reflexiona.

Ellas son un gran trofeo, especímenes hermosos y susceptibles a la lubricación que capturar con audacia, por eso se refiere a algunas como “de caza mayor”. Otras están “por encima de la media”. También es cierto que“desde muy joven había aprendido, a costa de algunas rápidas desilusiones, una lección crucial: las mujeres se sentían atraídas por los caballeros, pero preferían irse a la cama con los canallas. Era matemático”.

Ellas son un gran trofeo, especímenes hermosos y susceptibles a la lubricación que capturar con audacia, por eso se refiere a algunas como “de caza mayor”

El protagonista lleva impreso en el cuerpo su decálogo de la seducción y lo aplica con solvencia. Conoce lo que rezan las cartas volcadas del adversario. “Una táctica muy femenina era la suave agresión defensiva: tanteo del enemigo y estudio de reacciones; nada nuevo en el añejo manual de la vida”. Es consciente de que “una mujer como es debido sabe cruzar las piernas, fumar y tener amantes con la elegancia adecuada: sin darle importancia” y de que “casi todas toman la precaución de enamorarse” antes de tener sexo. “¿Para protegernos?”, le pregunta una de ellas. “Para justificaros”, responde él, con descaro. 

-¿No le da un poco de fatiga ejercer siempre de seductor?

-¿No le duele a usted la cara de ser tan guapa?

()

-Esto se parece mucho al acoso y derribo, señor Falcó

-El acoso acabo de hacerloahora me falta el derribo.

Piensa que ser guapa e inteligente es compatible, pero, de no ser cierto esto último, reconoce que se queda con las guapas. Acostumbra a ir de crack, a olvidar pronto por no sé qué vieja rencilla amorosa que lo hizo espabilar. 

-Así es -Falcó hizo una pausa breve, muy calculada, para mirarle el escote con insolencia.- Y lo lamenté mucho. 

-Creo recordar que la mujer que lo acompañaba era muy guapaGriega o italiana, ¿no?

Sostuvo Falcó su mirada, impasible. 

-No recuerdo a ninguna mujer. 

-¿En Zagreb?

-En ninguna parte.

Eso sí: en las escenas de sexo esporádico se crece y saca la bestia que lleva dentro. “Le acarició los senos mientras ella deglutía cuanto era posible deglutir en una anatomía masculina”. Dice que una de las chicas tenía “los senos germánicos” y que “colgaban grandes y pesados”:“Sólo faltaba música de Wagner”.

Asume, no sin gallardía, que el miembro no siempre retiene sus dulces líquidos fácilmente. Y menos ante una felación estratosférica.“Manejaba la lengua con una soltura sorprendente, disfrutando realmente de la tarea, y él se vio en apuros para conseguir que la cosa no acabara allí mismo, con una explosión de afecto prematura (…) Pensó con urgencia en el general Franco, en la misión que le esperaba, en los tres falangistas de hacía rato, y eso le enfrió algo el ánimo, devolviéndole el control de las circunstancias”. La tarea no era fácil, dado que su amante tenía un “cuerpazo colosal” con la carne “muy en su punto” -“libre, trémula y generosa, con pezones oscuros, enhiestos y de un tamaño notable (…) una valkiria con las uñas de los pies y de las manos pintadas”.

Falcó le levantó la falda hasta las caderas, le arrancó las bragas, se despojó de la ropa y se clavó una y otra vez en aquel cuerpo espléndido, con urgencia y desesperación

En otro affaire, Falcó se sobrepasa y la chica le pega un puñetazo que le hace sangrar. Pero todo queda envuelto en sábanas. Del golpe de la ofensa a la penetración en dos cómodos pasos. Ella le “besaba la sangre” mientras “respiraba ronca, entregada”, y, “de repente, pasiva”. “Entonces, Falcó le levantó la falda hasta las caderas, le arrancó las bragas, se despojó de la ropa y se clavó una y otra vez en aquel cuerpo espléndido, con urgencia y desesperación, tan hondo como si le fuera la vida en ello”. Prosa cipotuda con alcance de esófago. 

La taberna particular de Falcó

Tras el deseo, el alcohol. Falcó goza de un garito americano, un templo estupefaciente en condiciones. Es el bar americano del Gran Hotel, donde nuestro protagonista “apoyaba el codo en el mostrador y un pie en la barra, y de vez en cuando cogía la copa que estaba junto al codo para beber un sorbo corto”. Un ecosistema mágico con fotos de artistas de cine enmarcadas en las paredes, “cómodos taburetes altos de cuero, decoración de madera y metal cromado”, una mezquita de silencios y conversaciones a donde ir a parar entre polvo y reyerta y conocer de buena mano el nombre del camarero -ese cómplice-, así como tomar sus recomendaciones en cuenta. 

-Creo que voy a pedirte otro hupa-hupa, Leandro. 

-Yo esperaría un poco, Don Lorenzolleva usted dos y tarda en hacer efecto.

-No se hable más. Tú mandas. 

¿Hupa-hupa? “Yo no bebo esas mariconadas”, gruñía el Almirante. “¿Bebe usted coñac?”, le preguntan a Falcó otro día. “Bebo lo que se tercie”. Así es él: un pozo resistente a todos los mohos. Si la cosa se pone chunga, saca la petaca y ofrece cigarrillos. No hay tutía. “Era bueno estar vivo, se dijo, fumando un habano y bebiendo coñac francés, y no tumbado sobre el mármol blanco del depósito con una ficha de cartón anudada al dedo gordo de pie”.

La novela pone en relieve la agotadora competición de la masculinidad bélica: 

-Y yo a ti te creía en el frente -respondió

-De ahí vengo -el militar se indicó una sien, donde bajo el cabello alisado con brillantina se advertía el hematoma de una contusión-. Conmición cerebral, dijeron. 

-Vaya… ¿algo serio?

-No. Un rebote de metralla, que por suerte amortiguó la gorra. En Somosierra. Me dieron una semana para reponerme. Me reincorporo pasado mañana.

También Falcó era un superviviente a base de testiculario. Para definir al personaje de Fabián Estévez, Pérez-Reverte señala que “es joven y tiene fama de tenerlos bien puestos, no es de esos emboscados de retaguardia que acuden en socorro del vencedor”. “¿Te encuentras bien?”, preguntan en otra ocasión. “Me encuentro hasta los cojones”, y así. Los globos seminales como vara de medir el coraje, pero también como umbral del hastío.

Los globos seminales, en 'Falcó', son una vara de medir el coraje, pero también sirven como umbral del hastío

Es complicado elegir un solo diálogo en Falcó que abrace toda la idiosincrasia de la prosa cipotuda, su rico mosaico de centrismo, heroicidad, canallismo, fervor por las mujeres, los socios y las tabernas; su colocar la mano derecha en el paquete y apretar bien fuerte. Tal vez el apropiado sea ese que se desarrolla en mitad de una tortura, cuando toman preso a Lorenzo y le apalean para que confiese. 

-Cuando empecéis -respondió Falcó tras toser y respirar muy hondo- puedes hacerlo chupándome la verga.