Rafael Chirbes

Chirbes sale del armario

En unos días llega “París-Austerlitz”, la novela póstuma del autor que dibujó España y se olvidó del amor. Ahora sabemos por qué.

Rafael Chirbes, autor de París- Austerlitz.

Rafael Chirbes, autor de París- Austerlitz.

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“Te he capturado”, le decía Michel cuando apretaba su polla con fuerza una vez la tenía dentro. Y él, el narrador, el protagonista de París-Austerlitz (Anagrama), se revolvía al recordar aquellas palabras dichas entre juegos, transformadas en siniestro aire premonitorio del sida. No quiere morir, no quiere entregarse, ni dejarse capturar, no quiere convertirse en víctima, como ha hecho su amante francés, que le echa en cara no haberse entregado nunca al amor por andarse con prevenciones y condones. “El amor como una trampa mortal”, cuenta la primera persona que teje un amargo tratado sobre el amor y que Rafael Chirbes tuvo guardado en el cajón durante casi veinte años hasta que lo dio por terminado, tres meses antes de su fallecimiento, el pasado agosto.

Chirbes abandona en su despedida los lodos de los poceros de este país de sombras, con su obra más cruda y personal. La que, posiblemente, nunca se hubiese atrevido a defender, conociendo la reserva con la que conducía su vida privada. En poco más de un centenar de páginas aparta los deslices del país para centrarse en las obsesiones que se filtran a lo largo de su carrera -sin tanta evidencia-, como la soledad, el amor, el egoísmo, el aislamiento, el sexo, la traición, la vergüenza, los impostores, la corrección, las aspiraciones, las ambiciones, la represión, el resentimiento, la familia y, claro está, la culpa.

Es el alcohol el que habla en nombre del amor, son las horas enteras follando las que declaran fidelidad y vejez. Y qué bien las cuenta Chirbes

Cambia de tercio para volver a la casilla de salida: todo eso estaba ya en Mimoun (1988), novela surgida de sus experiencias en Marruecos como profesor de español, en la que Manuel, el protagonista, termina regresando a España para reconstruir su vida, harto de ver cómo las personas se usan recíprocamente para no quedarse a oscuras, a solas. Chirbes vivió antes un año en París, en 1969, cuando tenía 20 y unas ganas locas de leer a Marx, Lenin, Sartre y ver El acorazado Potemkin y escapar de la opresión franquista.

En París-Austerlitz el protagonista huye a la capital francesa para zafarse de la incomprensión, de la incapacidad de su familia para aceptar su orientación sexual. Allí hallará lo mismo que el primer personaje de Chirbes: el amor como un pacto contra el abandono, el amor útil. Ruin, escéptico y destructivo, como esta novela en la que el autor de Crematorio logra que uno aborrezca a todos los personajes, incluido el amor.

No te confundas

De esto estamos hablando cuando decimos amor: exaltación, ebriedad, sexo, deseo y una forma perversa de intercambio. “Sospechaba que todo lo que Michel me ofrecía tendría que devolvérselo algún día, y empecé a mirar su afán por gastar conmigo hasta el último céntimo como el deudor mirar el libro de operaciones del prestamista que acabará por cobrarle un interés desorbitado”. No hay esperanza, todo son condiciones. El joven español lo necesita para salir a flote en su llegada a París, para prosperar como diseñador de una empresa de muebles y convertirse en artista. El maduro francés lo necesita para no caer en el vacío. El amor es poco más que apego reemplazable.

“Durante meses he llegado a creerme que mi ideal de vida coincidía con el suyo: envejecer juntos chapoteando en el pequeño estanque de los hábitos”. Y al cabo de los meses, termina por volver a saltar del barco. Las visitas al hospital de su examante postrado, convertido en una madeja de huesos, forman parte de esa obligación adquirida al pronunciar las grandes palabras. Aunque no signifiquen nada, aunque no sienta nada. Es el alcohol el que habla en nombre del amor, son las horas enteras follando las que declaran fidelidad y vejez. Y qué bien las cuenta Chirbes.

Chirbes pletórico en la prosa de sus imágenes, certeras y dañinas. Es posible que sea ésta su pieza más directa y descarnada, la que más profundiza en el paisaje interior de los personajes

Más leña, por si no había quedado claro: el amor es como el ruido de la carcoma. “La presencia de una piedrecita o de un clavo en el zapato: uno se empeña en seguir caminando con la esperanza de que la costumbre disimule la molestia que produce, pero ocurre al revés: la molestia se convierte en dolor y el dolor se vuelve insoportable”.

Chirbes pletórico en la prosa de sus imágenes, certeras y dañinas. Es posible que sea ésta su pieza más directa y descarnada, menos subordinada, la que más profundiza en el paisaje interior de los personajes y poco en lo que los envuelve. “Me veía a mí mismo como el calefactor que climatizaba la casa después de que se le ha estropeado al inquilino el aparato que le funcionó durante algún tiempo. Un bien útil”. Pues eso, no se puede vivir sin agua o sin luz o sin aire, pero se puede vivir sin compañía. Este es el testamento de Rafael Chirbes.

Inacabada, ¿y qué?

El próximo 13 de enero, cuando aparezca en las librerías París-Austerlitz, leeremos la novela menos preservativa de Chirbes. Un libro sin grasa ni desarrollo, pura fibra amorosa inacabada. Escribió su final, pero es una novela a la que le dedicó toda una vida -iba y venía sobre ella- y se le terminó echando la enfermedad encima. Dudaba, la temía. Es una cuenta pendiente con sus fantasmas (familiares). Chirbes se ventila en las últimas cinco páginas el asunto como puede, dejando en el aire el desarrollo del protagonista. Debió entregar apenas un centenar de folios, que la editorial ha estirado ampliando márgenes, hasta las 150.

Solía decir que sólo escribía con un motivo y cada vez que se le presentaba todo quedaba paralizado. El milagro español le tuvo ocupado desde 2007 (Crematorio y En la orilla), antes se había preocupado de la posguerra y Transición (La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos) y antes de todo los despojos de la Guerra Civil (En la lucha final, La buena letra, Los disparos del cazador).

Será la Fundación Rafael Chirbes, con su sobrina María José en la dirección, la encargada de gestionar su legado literario y ayudar al patrimonio cultural de su tierra valenciana, tal y como dejó dicho antes de su muerte. La primera responsabilidad de la misma serán los derechos de autor de la obra póstuma.

Es en este texto cuando saca a relucir sin miedo su buen ojo para el arte, con especial interés por Bacon y Matisse

Nos tendremos que conformar con los cimientos de un novelón, en el que, por supuesto, aparece la fuga hacia arriba en la escala social. Por si hubiera poca tensión entre los amantes, no comparten clase social. El madrileño tiene el futuro garantizado con antiguas rentas, el parisino es un obrero. Comían cerca de la fábrica. Michel no se quitaba el mono, veía sus dedos manchados de grasa al partir el pan. Era un local sombrío, “con largas mesas de madera sobre las que tendían manteles de papel que compartíamos con otros obreros de las industrias cercanas”.

El texto guarda otro secreto alucinante, que se había deslizado en otros capítulos de su trayectoria, pero que no es hasta éste cuando saca a relucir sin miedo su buen ojo para el arte, con especial interés por Bacon y Matisse y desidia por las instalaciones contemporáneas. “Parece que no se le pide habilidad de artesano a un artista contemporáneo, más bien se le aplaude el ingenio”. El amor también requiere de ilusionistas que le engañen a uno y le hagan creer en algo, alguien con quien creer en el trampantojo (barroco, siempre), reino de la arbitrariedad, “fuego que se enciende porque sí y se extingue no se sabe por qué”.