Una Mirada

De estas lecturas no puedes pasar

  1. Opinión
  2. Lectura
  3. Literatura
  4. Novela

Pese a que estoy por principio a favor de las tentativas jerárquicas, los gestos de audacia y los golpes críticos de autoridad (qué fatiga supondría tener que leerlo todo por uno mismo) me resisto por estas fechas a soltarle a la prensa la lista de los libros de año. El motivo no es tanto la pereza de recapitular como un intento, bastante comodón, de resistirse a interpretar el “grotesco papelón del literato”. Al fin y al cabo, las listas tienen sentido si quien las hilvana es un crítico con un conocimiento extenso de su área, que se ha pasado el año leyendo con la vista puesta en retirar la maleza y los hierbajos. ¿Qué interés puede tener la lista de un lector irregular, que acude a las novedades por coacción expresa de algún amigo de fiar o de un editor entusiasta (e insistente)? Pues poco más que agitar el espantajo de la vanidad, y ayudar a la publicación interesada a rellenar unos centímetros de scroll.

Si estoy aquí escribiendo mi “lista” se debe a una idea que lanzó en Twitter Claudio Ortega (@clorgu) cuando pidió que le hablasen de los libros buenos del año (aunque fuesen tres) y no tanto de los diez o de los 15 o de los 20 supuestos mejores, una demanda que sí me veo capaz de satisfacer. Como a menudo aprecio cierto contorsionismo del esfuerzo por parte de quien hace la lista para llegar a diez libros y como la petición expresa es que sean “buenos” con independencia del número reduzco mi lista a cuatro, para respirar holgados. Allí van.

Andreu Jaume, Camp de mar (Barral)

A Jaume se le conoce hasta hoy por su tarea como editor, tan amplia como exquisita. Es cuestión de tiempo que se le estime, como ya hacemos unos cuantos afortunados, por la excelencia de este poema, tan bueno que da un poco igual si tiene continuidad (ojalá sí) o no. El tema es el tiempo que como una intangible atmósfera amniótica nos contiene y nos consume. Jaume trata el tiempo previo a la humanidad (“nadie lo vio y para que exista / tenemos que pensarlo”), el tiempo del mito, el de la historia (“el camino moral de los ancestros”) y finalmente el de la propia experiencia personal cuyo acabamiento (“el campo de dolor que nos aguarda”) renueva el ciclo de las generaciones. Una lectura respetuosa con cuanto se dirime en este poema requeriría una considerable cantidad de espacio, me limito pues a señalar la inventiva y el rigor métrico que recorre y recubre el poema (tanto las vivísimas descripciones como sus precisas reflexiones) de una tenue música, apenas audible, y de efectos hipnóticos.

Sara Mesa, Cicatriz (Anagrama)

Esta novela está muy bien hecha. Y como el genio no abunda encontrarse con un autor que tiene un plan (complejo) y mano y mente firmes para llevarlo a cabo me provoca una emoción admirativa, que es un estado (para un lector) muy agradable. El tema del libro es la sumisión (o la subordinación) voluntaria, a un estado de cosas que quizás no sea el más envidiable del mundo, pero es notablemente mejor y más audaz que el punto de partida donde encontramos al personaje. También se juega una especie de pulso entre la intensidad y el desgaste, entre una vida deseable y una vida “sostenible”. El asunto es inquietante y el estilo, preciso y desapasionado, contribuye al malestar. “¿Qué le pasa a esta chica?” “¿Pero qué quiere la autora que pensemos de esta situación?”, son las dos preguntas más repetidas, lo que dice mucho del inteligente montaje.

Gabriela Wiener, Llamadas perdidas (Malpaso)

A Gabriela Wiener se la suele asociar con el escándalo y el desvelamiento de la intimidad. Bueno, al menos entre los lectores fáciles de impresionar. Lo cierto es que si todo lo que aquí se cuenta fuese inventado el libro seguiría siendo excelente. Se trata de una serie de crónicas, de vuelo casi doméstico, cuyo tema a mi juicio es “cómo asumir los costes”: de la edad, del amor, de la maternidad, de la mortalidad... Wiener es muy inteligente y muchos de estos textos invitan a una fiesta del matiz, al abordaje extravagante y la auto-parodia. No suele decirse pero también es una gran estilista, de esas que van engarzando un Mot Juste con otro, con un precisión casi absurda. Como la crónica es un género que me aburre bastante invito a leerlo como si la Wiener narradora-protagonista fuera un personaje de ficción.

Cynthia Ozick, Cuentos (Lumen)

Ozick ha recibido mucha atención en los medios, pero no estoy seguro de que los medios y yo hayamos leído el mismo libro. No veo a la feminista ni a la mujer preocupada por el Holocausto por ninguna parte. Recomiendo el lector que vaya directo al corazón del libro: la desbordante nouvelle “Envidia o el Yiddish en América”. Son unas páginas violentísimas, por el estilo nervioso, casi histérico, de su narrador (con qué frialdad debió escribirlas) y por su brutal y negra, negrísima, comicidad sin redención. Entre otras muchas cosas la novelita trata de cómo pude convivir una comunidad articulada por un lengua menor invadida por otro idioma: omnívoro, imponente. Veloz, inteligentísima y cruel, Ozick es una de las pocas escritores que justifican que sigua circulando la voz “genio”.

No sé si son los “mejores” del año, pero por Edmund Wilson que me han parecido libros indiscutiblemente buenos. A ver si les convenzo, y coincidimos.

*Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) es escritor, autor de novelas como 'Hilos de sangre' y 'Divorcio en el aire'. En 2015 publicó su primera novela negra, 'Nadie debería irse a dormir', bajo el seudónimo de Álvaro Abad.