Mike Tyson

Mike Tyson también tiene miedo

Sus memorias retratan una vida marcada por adicciones que le llevaron al borde del abismo económico, físico y mental.

Un retrato del boxeador.

Un retrato del boxeador. Getty Images

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Mike Tyson comenzó el año 2001 con unas deudas de 3,3 millones de dólares. Durante todo el año anterior había ganado 65,7 millones. El boxeador estaba a punto de cumplir 35 años y su vida había sido un desastre financiero desde que en 1986, con tan sólo 20 años, se había convertido en el campeón del mundo de los pesos pesados más joven de la historia. En 2003, tras haber disputado ya su último combate de relevancia contra el inglés Lennox Lewis, Tyson se vio obligado a declararse en bancarrota. A lo largo de su carrera había ganado entre 300 y 400 millones de dólares y ahora no tenía nada. Sólo deudas millonarias que no dejaban de acumularse.

En sus memorias, Toda la verdad (Duomo Ediciones, 2015), Tyson ofrece el relato de una vida marcada por una infancia muy dura en el gueto de Brownsville, Nueva York, y por una serie de adicciones –alcohol, cocaína y marihuana, mujeres, gastos compulsivos- que condujeron su vida hasta el borde del abismo económico, físico y mental.

El niño asustado del gueto

“El miedo es el principal obstáculo para el aprendizaje. Pero el miedo es tu mejor amigo. El miedo es como el fuego. Si aprendes a controlarlo, consigues que trabaje para ti. Si no aprendes a controlarlo, te destruirá a ti y a cuanto te rodea”, le dijo el legendario entrenador de boxeadores Cus D’Amato a un joven Myke Tyson, de tan sólo 13 años de edad. También le advirtió que el boxeo no era un juego. Se juega al baloncesto o al béisbol. En boxeo se combate.

Una de las palabras que más se repiten en las memorias de Tyson es miedo. A los 7 años, cansado de sufrir las humillaciones de los matones del barrio durante sus trayectos entre su casa y la escuela, Tyson decidió que no volvería a pisar las aulas. En casa, la situación era bastante deprimente. Su madre, alcohólica, mantenía violentas discusiones con sus sucesivos novios. Vivían de la beneficencia. El padre biológico, proxeneta y predicador, les había abandonado. Ya en la edad adulta, Tyson recibiría tratamiento farmacológico para sus problemas con la depresión y los desórdenes de personalidad. Sus miedos nunca le abandonaron.

Tras dejar la escuela, Tyson comenzó a relacionarse con muchachos algo mayores que él que le enseñaron a robar y le introdujeron en el consumo de drogas. No tardaría mucho en ser detenido, comenzando a entrar y salir de reformatorios. Fue entonces, cuando Cus D’Amato y su esposa le acogieron ofreciéndole lo más parecido a un hogar que había conocido. Entre los 13 y los 20 años –tal vez la mejor época de su vida-, Tyson sólo vivió para el boxeo. Se entrenaba con una disciplina compulsiva y, cuando no estaba entrenando, se dedicaba a leer todos los libros sobre boxeo que tenía D’Amato en su biblioteca.

La gloria

Con el título de campeón llegaron unos ingresos multimillonarios y, tal y como le había advertido D’Amato –fallecido unos meses antes de su victoria-, comenzó a verse rodeado toda una corte de seguidores interesados en su dinero, que incluían representantes habilidosos a la hora de lograr que Tyson firmase contratos contrarios a sus intereses. Tyson reconoce que firmaba aquellos contratos sin leerlos. Sólo le interesaban las drogas, el alcohol y las mujeres (cientos de mujeres). Además, despilfarraba millones en coches, ropa, mansiones y joyas. Tyson se dedica a sí mismo en sus memorias una amplia colección de insultos por todo aquello.

Si en los contestatarios años 60, Muhammad Alí se había convertido en el boxeador más destacado de su época, en la segunda mitad de la década de los 80 los modelos de la sociedad eran otros. Estados Unidos hipertrofiaba su economía gracias a la especulación de Wall Street. Unos años antes, la Administración Reagan había abierto las compuertas de la economía especulativa en detrimento de la economía productiva. Tyson no hacía nada distinto de lo que hacían los brokers más exitosos de Wall Street a los que tantos jóvenes querían imitar. Conseguía millones tan rápido como los dilapidaba. Las noches de los millonarios vibraban con la cocaína. Los guettos, mientras tanto, quedaban devastados por el crack, un derivado barato del polvo andino. Muchos amigos de infancia de Tyson fueron asesinados en las guerras que se libraron en los guetos para hacerse con el control del nuevo mercado del crack. La mayoría de las fueron varones africanos pobres que vivían en guetos como Brownsville. El boxeador podría haber sido uno de ellos de no haber salido del gueto..

La caída

Tyson perdió su título de campeón en 1990. Reconoce que el boxeo dejó de interesarle poco tiempo después de proclamarse campeón. Siguió subiendo al ring por dinero. Sus problemas más serios, sin embargo, comenzarían unos meses después, cuando fue acusado de violación por Desiree Washington, de 18 años de edad. Tyson resultó condenado a diez años de prisión, de los que cumplió tres entre rejas. En Toda la verdad dedica varias páginas a tratar de demostrar su inocencia.

Su temporada en la cárcel, sus problemas con las drogas, su estupidez a la hora de gastar compulsivamente y dejarse engañar por sus representantes, los divorcios, las pensiones alimenticias para sus hijos, su vergonzoso mordisco en la oreja a Evander Holyfield durante un combate, la muerte accidental de una de sus hijas: Tyson no evita hablar de nada en sus memorias. Gracias a la labor de Larry Sloman, el escritor que le ayudó a componerlas, y a la cruda sinceridad de Tyson para exponer sus taras con sentido del humor, Toda la verdad evita convertirse en una historia más de caída y redención con moraleja.

Tyson afirma que lleva sin tomar drogas y alcohol desde 2010. Salvo alguna recaída, se ha mantenido limpio. A nivel personal, parece haber encontrado la estabilidad junto a su tercera mujer. Aunque dice que es raro el día en el que no se despierta con el temor a perder todo cuanto tiene. Las memorias, como sus monólogos teatrales contando su vida y las participaciones en series y películas –las más conocidas, las de la seria Resacón en Las Vegas-, son un intento más para recuperarse económicamente y seguir adelante. “La gente se refiere a mi como pobre tipo. Es un insulto. Desprecio la compasión. La jodí y cometí errores. Pobre tipo me hace parecer una víctima. No tengo nada de pobrecito”.