James Rhodes

James Rhodes: “Me paran en la calle llorando después de leerme”

Ha escrito a bocajarro. Fue violado a los seis años y no pararon. Si ha sobrevivido es gracias a la música.

No es fácil encontrarse un libro libre de hipocresía, Rhodes lo consigue.

No es fácil encontrarse un libro libre de hipocresía, Rhodes lo consigue.

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“Me utilizaron, me follaron, me destrozaron, me manipularon y me violaron desde los seis años. Una y otra vez durante años y años”. James Rhodes nació en Londres, en 1975, y aquello le convirtió en un instrumento desafinado, que sigue sin ajustar a sus cuarenta años más que para sobrevivir y contar lo que pasó. Instrumental (Blackie Books) es una putada: el mejor libro del año te destruirá.

Nada de analgésico, ni autoayuda, ni teologías de la superación. Por fin uno sin edulcorar que interrumpe la armonía del ruidoso silencio de las novedades. Estas memorias son un disparo en medio del concierto, que más allá de encararse al “Everest de los traumas” (la violación infantil), que más allá de ser uno de los mejores retratos de la monstruosidad, es la prueba de nuestra miserable animalidad y sus consecuencias.

Son memorias de un pasado que está presente y tienen un futuro indeciso. No son los recuerdos de un salvado, sino de un superviviente. James Rhodes es un náufrago

H. P. Lovecraft tuvo que disfrazarla con coros de blasfemias híbridas nacidas en pesadillas, como la que describe el relato Encerrado con los faraones (escrito junto con Harry Houdini). El narrador cuenta que sus ojos “contemplan por un instante una visión que ninguna criatura humana sería capaz de imaginar siquiera sin estremecerse de pánico y perder el conocimiento”. Rhodes muestra esa visión insoportable y estremecedora sin moverse de nuestro lado y a plena luz del día, desde sus pensamientos y anécdotas cotidianas.

Con una de las lecciones antiliterarias más rotundas, es un libro a bocajarro. Ya hemos dicho que su autor es un instrumento desafinado para sí mismo y para los demás, porque su mayor virtud -además de tener algo que contar- es presentarse como un elemento ajeno a las retóricas del escritor profesional. James Rhodes, que fue hombre de negocios en la City londinense y ahora es uno de los intérpretes menos clásicos de la música clásica, aterriza sin equipaje entre las lecturas y arrasa con un estilo llano y directo, irónico, vulgar y honesto. Un guantazo, vamos.

De tú a tú

Esto tampoco ayuda a rebajar la turbación de los acontecimientos, claro: “Y, joder, qué bien estuvo lo de lanzarse sin freno al consumo de drogas. Me refiero a que fue algo inconcebiblemente estupendo de la forma más sádica y autodestructiva que cabe imaginarse. Me utilicé como si fuera mi muñeco de vudú particular”, escribe el autor, que se dirige al lector constantemente, increpándolo a veces, arrinconándose siempre, siempre. “Me gusta la idea de hacer de este libro una conversación con el lector. Escribo de la misma manera en la que hablo en la vida real”, cuenta Rhodes a EL ESPAÑOL.

Estaría en serios problemas si llegase a pensar que cualquier cosa ajena a mí, como el éxito, fuese a ayudarme en mi recuperación emocional. Si fuera así, me compraría un Aston Martin

Son memorias de un pasado que está presente y tienen un futuro indeciso. No son los recuerdos de un salvado, sino de un superviviente. James Rhodes es un náufrago que todavía se agarra como puede a las cuatro tablas que han quedado de aquel niño. El libro es un éxito total, pero ¿y qué?

“Estoy tan contento que podrías pensar que fue un éxito. Pero no. Estaría en serios problemas si llegase a pensar que cualquier cosa ajena a mí, como el éxito, fuese a ayudarme en mi recuperación emocional. Si fuera así, me compraría un Aston Martin y me curaría”, dice.

Entonces, ¿por qué escribir sobre algo tan hiriente? “Porque me lo pidieron”, responde refiriéndose a la editorial Canongate Books. “También quería tener la oportunidad de poner en contexto mis propias palabras, mis pensamientos y sentimientos acerca de la industria de la música y la educación musical”.

El autor ha sido crítico musical, ha escrito en The Telegraph y The Guardian, pero quería ofrecer algo más que eso. A las pruebas nos remitimos: “La música clásica me la pone dura”, frase con la que echa a andar el libro. Y no es el único.

Rhodes, de la violencia a la música.

Rhodes, de la violencia a la música.

Cada capítulo se abre con un tema musical. Bach abre y cierra las 20 piezas, desde el aria de Variaciones Goldberg al aria da capo de la misma, con Glenn Gould al piano en ambas. Prokófiev, Schubert, Mozart, Ravel, Chopin, Rajmáninov... Wagner no está entre los elegidos del escritor judío. La selección es abrumadora, ha montado una lista que se puede escuchar en Spotify y le habría gustado añadir Marcha fúnebre de Sigfrido de Gotterdammerung: “¡Vaya cacho pieza!”.

La humanidad sobrevive a casi todo, pero ¿y un hombre? Cómo es capaz esa humanidad de ser tan atroz, de ser tan creativa. James experimenta ambas cosas y se refugia en la música (y nosotros con él). Rhodes es el equilibrista pendiente del alambre sobre el vacío, que pasa de un edificio a otro intentando escapar de la muerte. A un lado, la violación; al otro, la música. Paso a paso, atrás y adelante, trata de no caerse, mientras huye de su infancia. Él tampoco está a salvo, pero se aferra a la música.

Dice que quería escribir una carta de amor a la música, reconoce, y a su esposa Hattie y a su “brillante” hijo. “Pero creo que lo más importante es porque hay cosas de las que no se habla a menudo. Cosas difíciles como la violación, las enfermedades mentales, autolesiones y el suicidio, asuntos de los que necesitamos hablar más. Mi esperanza es que si más gente empieza a hablar más sobre ello, el estigma y la vergüenza se reducirán con el tiempo”, nos cuenta. La vergüenza. “La vergüenza es un asesino”, dice rotundo. Porque este libro es una batalla contra el pudor, contra los límites de lo correcto, contra la maldita hipocresía.

La vergüenza es la única cosa que me va a poner de nuevo en el hospital… o peor

Al autor no le paró el pudor durante el proceso de escritura. “¿Censurarme? La vida es demasiado corta como para censurarme”. Pero una vez terminó el libro y lo publicó, llegaron los problemas.

“Ha sido más difícil de lo que había imaginado. Este libro es realmente exhibicionista. Puede parecer obvio, pero no pensaba en llegar tan lejos mientras lo escribía. La vergüenza es la única cosa que me va a poner de nuevo en el hospital… o peor. Ha habido gente que me ha parado por la calle llorando, después de haber leído el libro. Pero, sinceramente, sentir cierta vergüenza es un precio que vale la pena pagar por ayudar a tantas personas a obtener ayuda y sentirse menos solo. Sería más fácil para mí dejar de hablar de todas estas cosas. Pero, a veces, lo fácil de hacer no es lo que hay que hacer”, añade a este periódico. Al reconocer su intención salvadora señala la parte más débil de un libro casi perfecto.

Vivimos en un mundo de negación, de abstracción y, en cierta medida, de ensimismamiento. Soy culpable de todas esas cosas

No es fácil encontrarse con la derrota tan a la cara en un mundo de azúcar, tan metidos en pompas de alegría que no vemos ni los dolores de nuestros hijos. El consenso antes que la verdad. Este libro pregunta con insistencia: ¿cuánta verdad eres capaz de soportar? ¿Vas a soportar pasar a la siguiente página? La verdad escuece, es políticamente incorrecta. La mentira es fácil. “Creo que vivimos en un mundo de negación, de abstracción y, en cierta medida, de ensimismamiento. Sé que soy culpable de todas esas cosas”, reconoce. Entonces, ¿es un libro de autodestrucción o autoayuda? “No lo sé. Te lo haré saber en unos años. Si todavía estoy aquí sabrás la respuesta a eso”.