Rafael Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio: “El infinito es una palabra que no cabe en las manos”

El filósofo habla de su primer volumen de ensayos recopilados y reivindica una vida sin programa.

Rafael Sánchez Ferlosio durante el encuentro con los periodistas.

Rafael Sánchez Ferlosio durante el encuentro con los periodistas.

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Rafael Sánchez Ferlosio es la mejor reliquia de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927). Este hombre que vemos, enjuto y cascarrabias, de paso ágil y oído frágil, al que sus ojos desgastados después de tantas bibliotecas le obligan a leer con lupa, no es más que el despojo de su alma. En estos momentos él mismo la sostiene como puede entre sus manos. Pesa, son casi 800 páginas, y sólo es el primero de cuatro volúmenes donde quedará impresa su inmortalidad. Es parte de las obras completas de su pensamiento (completo).

El paso inicial de este esfuerzo titánico por no perder la referencia del gran pensador se titula Altos estudios eclesiásticos (Debate), editado por Ignacio Echevarría, y llega dispuesto a desnudar las trampas de los defensores del individualismo y de su defensa del individuo (más que de los individuos mismos). “El individuo no es distinto. Cada individuo es otro. Pero no es único ni irrepetible”, explica el autor de El Jarama, en el auditorio de la Fundación Telefónica, donde charla con Tomás Pollán, uno de los cómplices de confianza que tiene el último de los sabios. Juntos desgranan e ironizan el valor supremo del fetichismo individual, mientras atienden Arcadi Espada, Andrés Trapiello, Féliz de Azúa y Manuel Vicent, entre otros.

Los ensayos tienen trazas de los particulares estados de concentración, euforia y lucidez que procura el consumo continuado de anfetaminas

El individualismo por encima de todo. Los héroes sin actos. En la calle está la carne y la campaña electoral -marcada por el final del bipartidismo-, donde se han erigido líderes y debates, carteles y cartelones, propuestas con rostro y firma. La propaganda exhibe un cara a cara con el ciudadano. El votante tiene ante sí individuos consagrados en mesías. Las papeletas, las lonas que cubren edificios enteros, las banderolas que combinan líderes de un mismo partido, todo rebosa rostros.

Esta mañana ha llegado relajado, pero dispuesto a desenmascarar las leyes deterministas. “Recuerdo a uno de nuestros amigos de la tertulia. No daré el nombre. Dijo que empezó a leer sobre Cataluña, porque se encontró con las obras de… ¿cómo se llama el de la bonita? Pla, eso. Así es como me se interesó por la lectura en catalán. No había ninguna programación en su vida, todo es azaroso. Sólo el azar llevó un libro de Pla a sus manos”. La vida no tiene proyecto, ni estamos predestinados. No hay un ingeniero que señale el recorrido. Tampoco cree en la eternidad o el infinito. “Es una palabra que no me cabe en las manos”.

Asustar a los lectores

Ha sacado del zurrón el tocho, que según Echevarría son el compendio de esos 15 años de leyenda, por su adicción a las anfetaminas. En todos estos estudios y tanteos quedan “trazas de los particulares estados de concentración, euforia y lucidez que procura el consumo continuado de anfetaminas”. La edición incluye rescates e inéditos. “Es la prehistoria de Rafael como ensayista. No debería asustar a los lectores, porque su genio gramático es extraordinario”, añade. Son el semillero de lo que más tarde se destilará en su obra.

Junto a Tomás Pollán desmontaron el fetiche del individualismo.

Junto a Tomás Pollán desmontaron el fetiche del individualismo.

Rafael Sánchez Ferlosio sólo trabajó año y medio en su vida. Lo hizo para la compañía del excéntrico ingeniero de caminos don José Torán, a principios de los sesenta. Cuando vio cómo redactaban los ingenieros sus textos, “con la más pobre y perezosa sintaxis paratáctica”, preparó una circular en la que pedía más esfuerzo a la hora de redactar sus informes. “Dado que el castellano ofrecía en su sintaxis una riqueza, una finura y una complejidad extraordinarias en cuanto a posibilidades constructivas, era bien triste que se contentasen con navegar en barquitas de una sola vela, pudiendo armar galeones o navíos de línea de poderoso casco, múltiple arboladura y complicado aparato de velamen”.

Aquello que nos hace únicos en nuestra especie es el dolor. No la diferencia, sino lo común

A los 88 años bebe té. El rastro de las anfetas quizás sea el secreto de la longevidad. Masculla algo: “A ver qué pone aquí. Perdón que lea el libro... No puedo pasar ni las hojas”. Encuentra la cita y lee: “La tolerancia no es tolerancia al individuo, sino al grupo, a la especie”. La tolerancia es lo que ha llevado a enfatizar el fetichismo del individuo. El “recrudecimiento y la multiplicación de los rechazados y los conflictos entre grupos y personas de origen diferente” ha hecho, dice, de los diferentes víctimas a título de esa misma diferencia.

Entonces, ¿qué es el individuo? “No lo más diferente, sino lo más común”. Es decir, somos individuos por nuestro dolor. Aquello que nos hace únicos en nuestra especie es el dolor. No la diferencia, sino lo común, paradójicamente. Ferlosio no entiende cómo “ha quedado fuera la evidencia de que el dolor es absolutamente irreparable”. Ha quedado, también, fuera de juego en la representación de nuestros candidatos, nuestros líderes. Han borrado cualquier rastro común, para descartarse de los “reemplazos”.

El otro día escuché un anuncio de una fregona que decía: “Una revolución de 360 grados”. Es una revolución que acaba en el mismo sitio en el que empezó

Los individualistas están “henchidos de admiración por la riqueza insondable que el individuo humano encierra en sus entrañas”. Aunque no se sepa nada de los individuos. Están obsesionados por el individuo como una realidad única e irrepetible. Cuanto más parecidos son en “la mimética gregariedad de sus estereotipos”, más necesitan los individuos sus “aparatosas reverencias” ante el “fetiche ideológico del individuo”.

La publicidad unifica. La publicidad es gregaria. La publicidad… aparece para que Ferlosio llame la atención sobre lo ridículo. “El otro día escuché un anuncio de una fregona que decía: “Una revolución de 360 grados”. Es una revolución que acaba en el mismo sitio en el que empezó”. Las revoluciones no se hacen para no avanzar. Cuando una revolución acaba en campaña electoral, ha hecho un camino de 360 grados.