Juliette Binoche estrena La alta sociedad.

Juliette Binoche estrena La alta sociedad. Javier Muñoz

El amor no es conquista de un día. No en mi caso. No creo en los flechazos con la misma contundencia con la que afirmo que los encuentros ocasionales, y hasta anónimos, pueden resultar gratamente satisfactorios. Pero son dos cosas distintas. Hoy voy a hablar de amor. De amor hacia una persona con la que jamás he compartido ni un segundo de trato directo. No sé cómo huele, pero me lo imagino. No sé cómo reacciona cuando le piden un autógrafo, pero me lo imagino. No sé qué le hace temblar de emoción, pero me lo imagino. Supongo que eso podría ser amor. Sincero y respetuoso, de ese que se va alimentando con los días y que no responde a impulsos literarios, tan efímeros como apasionados. Una predilección sencilla que habita en un espacio tan irreal como la Praga de fin de siglo o la confitería de un pequeño pueblo francés en el invierno de 1959.

No me enamoré de Juliette Binoche en un solo día. Eso habría convertido nuestra relación espectador-actriz en un débil entretenimiento. Me enamoré de ella en varios días. Ni siquiera consecutivos. Puede que hasta con años de diferencia mientras tanto, pero aquí seguimos. Ella, en la Bahía Slack, lugar donde el río Slack y el mar se unen solo durante la marea alta. Yo, en la sala oscura, bajo el haz de la proyección. Ella, protagonizando La alta sociedad, película franco alemana dirigida por Bruno Dumont. Yo, escribiendo esta columna de amor y cine.

No me enamoré de Juliette Binoche en un solo día. Eso habría convertido nuestra relación espectador-actriz en un débil entretenimiento. Me enamoré de ella en varios días

El primer día fue allá por 1987. El siglo pasado sin ir más lejos. Ella tenía la piel pálida, como un vestido de novia, pero iluminaba todo Praga, siempre melancólica, con el contraste de su rostro entre el cabello oscuro y el jersey negro. Se llamaba Teresa y amaba a un hombre llamado Tomás. Interesante coincidencia. Fue lo único que recuerdo con dulzura de aquella adaptación cinematográfica de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera.

La segunda vez que me enamoré de ella estaba desollando sus nudillos contra un muro de piedra. Habían pasado seis años. Luego me enteré que le había dicho que no a Steven Spielberg y Parque Jurásico por rodar Azul con Krzysztof Kieslowski. Y aunque disfrute de ambas películas por igual, confieso que ese tipo de decisiones me devuelven la fe en el ser humano. Detalles. De eso también trata el amor. Pocas actrices, y más después de haber ganado un Oscar y ampliar su mercado a todo el planeta, tienen una filmografía tan plagada de eso que llamamos erróneamente cine de autor, como si E.T. o Kill Bill no lo fueran. Me refiero a que apuesta por directores e historias que no suelen estar en las listas de las más taquilleras como si no le importase tanto su caché como la dimensión humana de los personajes que interpreta.

Una vez dijo que había compañeros para los que era un chollo hacer dos películas comerciales para luego poder permitirse el lujo de rodar una de autor. “Para mí no”, añadió. Solo aceptó aparecer unos minutos en Godzilla porque su hijo es un gran fan de la ciencia ficción. O sea, que lo hizo por amor.

La tercera ocasión que tuve de reafirmar mis sentimientos hacia ‘La Binoche’ –sólo las únicas pueden anteponer el artículo a su apellido- estaba atada a una cuerda que, mediante poleas y estribos, la permitía elevarse, con una bengala como toda luz, hasta los frescos de la capilla mayor de la iglesia de San Francisco de Arezzo, en la Toscana. Esa secuencia es historia del cine. Como el vuelo de la falda de Marilyn, el final de El planeta de los simios o Buñuel cortando el ojo de Simone Mareuil en El perro andaluz. Todo un regalo.

Hubo una cuarta vez. Ahora no recuerdo si mendigaba amor cruzando el Pont-Neuf o acompañaba a su futuro suegro hasta la obsesión sexual en Herida, aunque en esa historia confieso que Miranda Richardson hurtó prácticamente toda mi atención. A veces el amor contiene trazas de infidelidad pero eso no lo hace menos sincero.

Hubo una quinta vez. Y una sexta. Y una séptima y octava. Y así, hasta hoy. La última vez fue el año pasado, cuando recibió en Madrid el premio Women in Action!, que concede la asociación de mujeres cineastas, por su compromiso en la defensa de los derechos de la mujer en la industria audiovisual. En aquella ocasión aseguró que rezaba cada noche para que Marine Le Pen no ganase las elecciones en su país. Amor. Por eso, y por siempre. Porque enamorarse no es cuestión de un día. Enamorarse no es el destino ni el fin, es el camino. Y Juliette Binoche es toda la cartografía que un cinéfilo podría necesitar.