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'La Bella y la Bestia', de clásico Disney a clásico gay

Homosexuales, negros y una bestia hueca de testosterona. La película de 1991 intenta adaptarse a los nuevos tiempos. 

La Bella y la Bestia en 2017, dirigida por Bill Condon.

La Bella y la Bestia en 2017, dirigida por Bill Condon.

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La Bella y la Bestia -dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise- ya era una película de animación feminista en 1991: la protagonista no se ajustaba a los cánones tradicionales de su aldea, devoraba bibliotecas, era considerada un bicho raro por los lugareños y no le temblaba la boca a la hora de rechazar a Gastón, el tipo apuesto, agresivo y paleto al que todo el pueblo veneraba como a un líder. Bella siempre sacó los pies del tiesto: por su afán por culturizarse y ser intelectualmente independiente y por su negativa a ceñirse a la presión social a la hora de elegir pareja.

“Yo no soy una princesa”, dice Emma Watson en la nueva versión de Disney, dirigida por Bill Condon. Pero lo cierto es que la actriz -valiente y transversal en sus reivindicaciones de género- no aporta una mirada feminista inédita al filme. Sólo reproduce las características originales del personaje, que ya eran valiosas, y se adereza con detalles: confiesa que su obra favorita de Shakespeare es Romeo y Julieta y le recita poemas a la Bestia en sus paseos gélidos junto al lago.

Aunque sigue siendo brava -le planta cara al monstruo, da un paso adelante para ser encarcelada ella y no su padre, curiosea el Ala Oeste sin pudores, se arma con un palo y se defiende de los lobos- lo sustancial de la trama no cambia: se oye una canción que hace suspirar y al final él se vuelve guapo, aunque al público -ayer y hoy- ese caballero canónico nos chirríe como un desconocido

La testosterona de la Bestia

En esta nueva La Bella y la Bestia se hace especial hincapié en la feroz faceta lectora de la protagonista. Se celebran algunas conversaciones literarias, la joven llega a cenar con su amigo y secuestrador sin soltar la novela que toque y se les ve afanados bajando tomos gruesos y polvorientos de estanterías imposibles. Hay una complicidad intelectual: libros que tienden puentes entre la niña y el monstruo.

El lavado de cara de Disney -y su adaptación a los tiempos- no se hace tan evidente en la reconstrucción de los protagonistas como en el homenaje a la diversidad que se percibe en los secundarios

El príncipe encantado, por su parte, ha perdido en testosterona: nos lo creíamos más en su versión animada. Aquí es más bien una enorme pelusa atormentada, un bichito nihilista y un poco harapiento con cierta expresión bobalicona. Menos violento, menos impenetrable, menos gritón. Su “¡Pues muérete de hambre!” cuando ella se niega a cenar con él ya no amedrenta igual. Ni siquiera es literal. También parece solícito desde el principio a resolver cuanto antes la movida de la rosa, y eso hace que su papel pierda instinto, calvario, vehemencia.

Homosexuales y negros

El lavado de cara de Disney -y su adaptación a los tiempos- no se hace tan evidente en la reconstrucción de los protagonistas como en el homenaje a la diversidad que se percibe en los secundarios. Al final de la película, cuando el hechizo se rompe y los objetos animados del castillo regresan a su condición humana, se descubre que hay varios -como la señora armario o el plumero- que son negros.

LeFou y Gastón.

LeFou y Gastón.

Lo hermoso es que su raza no podía advertirse de ningún modo durante la película, ni siquiera por el color del vestidor o el penacho. Este guiñito final es una llamada a la horizontalidad. No hay ninguna diferencia entre un personaje blanco o negro: una manera inteligente de responder a las acusaciones de racismo que planean sobre la industria.

No hay ninguna diferencia entre un personaje blanco o negro: una manera inteligente de responder a las acusaciones de racismo que planean sobre la industria

Pero quizá la mejor vuelta de tuerca de la productora ha sido incluir, por primera vez, a un personaje manifiestamente homosexual. Y no sólo han dejado patente sus filias con meros amaneramientos o ambigüedades, sino con hechos. Es LeFou (JoshGad), el fiel escudero de Gastón y, sin duda, el más carismático y arrollador de la película. “LeFou es alguien que un día quiere ser Gastón y otro día quiere besar a Gastón”, ha explicado Condon.

Cambios respecto a la original

No es el único gay del filme. No es un reducto de aperturismo. Cuando los aldeanos asaltan el castillo al grito de “hay que matar a la bestia” y se desarrolla la reyerta entre los residentes del palacio y los energúmenos del pueblo, la señora armario ataca a tres sujetos vistiéndoles de mujer, colocándoles pelucas atroces y empolvándoles la cara. Mientras dos salen despavoridos, el tercero parece encantado y se mira al espejito, gustándose. Más tarde, en el baile de cierre, LeFou encontrará en él a la horma de su zapato. En Rusia lo llaman “propaganda homosexual” y su Ministerio de Cultura ha vetado la película a los menores de dieciséis años.

El personaje de la hechicera adquiere más protagonismo, se descubre por qué murió la madre de Bella y se incluyen canciones nuevas

La película es, en realidad, una demostración de fuerza: hola, somos Disney y podemos llevar al plano humano, al de carne y hueso, la historia sobre la belleza interior que conquistó a tantas generaciones. La escena de Qué festín sigue siendo sublime, aunque muchas otras no son capaces de retrotraer a esa magia antigua.

Más variaciones con respecto a la original: el personaje de la hechicera adquiere más protagonismo, se descubre por qué murió la madre de Bella y se incluyen canciones nuevas. En una de ellas, la Bestia, devastada, fantasea con tirarse torre abajo porque Bella se ha ido y no cree que vaya a volver. Sabe un poquito a videoclip de David Bisbal. A ratos, algo escuece. No sabemos si es porque nos hemos hecho mayores o porque la película ha madurado peor que nosotros.