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Woody Allen vuelve a tropezar con un triángulo amoroso

El director ofrece una comedia romántica en plenos años 30 en su nuevo filme 'Café Society'.

Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en Café Society.

Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en Café Society.

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Si no fuera porque a Woody Allen se le pide inventar la rueda a cada nueva propuesta, sino fuera porque siempre se espera de él otra Annie Hall (1977) u otra Manhattan (1979), Café Society sería una de las películas del año. No está a la altura de esos dos filmes, claro. Pero ¿cuántas comedias de las últimas décadas lo están? Hay algo muy loco e injusto en valorar los filmes de Allen comparándolos con sus mejores películas, películas que encima quedan muy lejos en el tiempo. Básicamente porque sus mejores filmes son obras maestras incontestables, de las que miles de directores no llegan a tener ninguna. Y porque, a estas alturas, es ridículo pedirle más a Allen: ya ha demostrado todo lo que tenía que demostrar. Café Society no figurará entre las mejores comedias de la historia, pero leerla con condescendencia implica perderse un filme magnífico.

Ambientada en los años 30, Café Society cuenta la historia de Bobby (Jesse Eisenberg), un joven neoyorquino que viaja a Hollywood para buscarse la vida con la ayuda de su tío (Steve Carell), un famoso magnate cinematográfico. Tanto sus aventuras en Los Ángeles más sofisticados como la narración de la historia y el día a día de la familia que deja en el Bronx sirven a Allen para recopilar algunos de los temas de su filmografía. En Bobby, su enésimo alter ego, están las inseguridades y la neurosis del cineasta. En su contrastado retrato de Los Ángeles y Nueva York, su representación de la ciudad como escenario vivo. En su recreación de la industria del cine de la década de los 30 está su fascinación por el Hollywood clásico y por la trastienda del espectáculo.

En su dibujo de la familia judía del protagonista, no tan brillante como el de Días de radio (1987) pero igualmente lúcido y divertido, está el armazón autobiográfico de su filmografía. En la historia del tío Ben (Corey Stoll), uno de los mejores secundarios, está esa idea del crimen como algo insólitamente mundano. Y el romance entre Bobby y Vonnie (Kristen Stewart, maravillosa como siempre), la secretaria de su tío, es un compendio de las reflexiones del cineasta sobre las relaciones sentimentales. Es en este último punto donde Café Society brilla con más fuerza.

Experto en crear y romper relaciones de pareja, en ponerlas a prueba —casi siempre con humor— con variables como el exceso de ego, la atracción física y la fascinación intelectual y, sobre todo, la infidelidad, Allen reincide en Café Society en el triángulo sentimental. Pero lo hace tirando de un tipo de romanticismo que hacía tiempo que no transitaba (o no con tanta suerte), un romanticismo más puro, más melancólico, más luminoso pese a su reverso triste, más idealizado.

Blake Lively en Café Society.

Blake Lively en Café Society.

Un tipo de romanticismo que conectaría, por ejemplo, con el de Manhattan y la escena del reencuentro de Annie Hall y que explota en la secuencia final del filme. De hecho, esa secuencia es tan perfecta que quizá me haga sobrevalorar un poco el resto del filme. Ese desenlace, narración en paralelo de las historias de los dos personajes principales, condensa de la forma más brillante y hermosa posible el corpus sentimental de Café Society: los sueños perdidos, la nostalgia de lo que nunca llegó a ser y el recuerdo intermitente pero constante de los amores pasados.

Al impacto emocional de Café Society contribuye su preciosa puesta en escena: es ésta una de las películas formalmente más cuidadas del cineasta. No comparto la tendencia a considerar a Allen un director simplemente funcional en la ejecución de sus filmes. Pero es innegable que algunos son visualmente más poderosos que otros, y Café Society es uno de ellos. El diseño de arte, el vestuario y, sobre todo, la alucinante fotografía de Vittorio Storaro hacen crecer y ganar en matices la historia de Bobby y Vonnie. En su único trabajo en común (coincidieron en Historias de Nueva York, pero Storaro sólo se había ocupado del capítulo de Francis Ford Coppola), Allen ha rodado por primera vez en digital. El resultado es maravilloso. La luz y las atmósferas de Café Society, una película planificada y coreografiada con suma elegancia, intensifican su bella y agridulce melancolía.