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Cine de terror con más padrino que talento

James Wan produce este largometraje basado en el corto del mismo nombre que arrasó en las redes sociales el año pasado y que ha dirigido su mismo creador. Tan prometedora como decepcionante.

Teresa Palmer en Lights Out.

Teresa Palmer en Lights Out.

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Querido James Wan, adoro todas y cada una de tus películas y admiro muchísimo tu decisión de apostar por talento ajeno, de producir a otros directores de cine de terror (deberían tomar nota y seguir tu ejemplo muchos otros cineastas). Pero Nunca apagues la luz, una de las primeras películas que has decidido producir y apadrinar, es francamente mala. Y no lo entiendo. Obviamente, no toda la culpa es tuya. Faltaría más. Pero, teniendo en cuenta todo lo que se ha dicho y escrito sobre tu implicación directa en la película, no deja de ser chocante que un maestro del cine de terror permita que se desaproveche el potencial de una idea bien maja (extraída del corto homónimo de 2013). Tampoco que pase por alto un guión de juzgado de guardia y una puesta en escena mediocre (lo que no tiene nada que ver con que la película sea barata).

Si no fuera por la gracia de esa idea de base y por la indiscutible eficacia del corto, quizá tampoco habría razones para pedirle más a Nunca apagues la luz. Sería otra serie B de terror con sus cositas, encantadora pese (o por) sus imperfecciones, de usar y tirar pero medianamente disfrutable… Pero con un padrino como Wan, director de películas como Saw (2004) y Expediente Warren: The Conjuring (2013), y tantas posibilidades, da mucha rabia que sea tan decepcionante.

Para empezar, hay en Nunca apagues la luz una intención interesante que deriva en fracaso estrepitoso. Dispuesto a trascender la naturaleza anecdótica del corto, el guionista Eric Heisserer concede a la historia de Sophie (Maria Bello) y sus hijos (Teresa Palmer y Gabriel Bateman), acechados por una criatura que aparece cuando se apagan las luces, una naturaleza metafórica y una dimensión psicológica. La oscuridad y el monstruo son una proyección de la depresión de la madre y del efecto que ésta tiene sobre su entorno. Es una buena idea, ejecutada con maestría en dos películas infinitamente superiores en las que es difícil no pensar al ver Nunca apagues la luz: la reciente Babadook (2014) y el filme francés de culto Martyrs (2008). Aun en una propuesta más comercial y muchísimo menos radical, es alucinante lo que llegan a fusilar Heisserer y el director sueco David F. Sandberg, también responsable del corto, de los dos primeros actos de la película de Pascal Laugier (flashbacks de infancia y diseño del monstruo incluidos).

Sin embargo, en Nunca apagues la luz ese símil trastorno mental / aparición monstruosa está jugado con una torpeza de no dar crédito: demasiado expuesto, explicado con frases delirantes, subrayado con situaciones grotescas… En relación a esa dualidad sólo tiene interés, por decididamente arriesgado, discutible, incluso punk, el desenlace de la película (que, lógicamente, no voy a desvelar).

Sandberg naufraga en sus ambiciones, en el intento de ir más allá del puro entretenimiento de género. No sería tan grave si su propuesta lo compensara con otros aciertos. Pero no es el caso

Sandberg naufraga en sus ambiciones, en el intento de ir más allá del puro entretenimiento de género. No sería tan grave si su propuesta compensara ese fracaso con otros aciertos. Pero tampoco es el caso. Rodada sin ninguna gracia (una cosa es no ser Wan, que filma como nadie, y otra es ser tan pasmosamente plano y anodino), hasta arriba de situaciones y diálogos ridículos y necesitadísima de humor (¿puede ser que sólo haya una broma buena?), Nunca apagues la luz se agota en la primera escena. Ahí está la única imagen de terror perturbadora. Lo demás son variaciones cada vez menos ingeniosas y más previsibles de la misma.