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Violencia, sangre y religión: 'Toro' revoluciona el cine de acción cañí

Kike Maíllo abre el certamen con su segunda película, un thriller seco y estilizado con un toque social.

Kike Maíllo junto a Mario Casas en el rodaje de Toro.

Kike Maíllo junto a Mario Casas en el rodaje de Toro. Atresmedia

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No hay pasaje más desolador que el de un pueblo turístico un lunes de invierno a las cinco de la mañana. Pasear por Torremolinos una madrugada de diciembre es como hacerlo en un mundo devastado por una explosión nuclear. Son las cicatrices de la especulación urbanística, que convirtieron nuestras zonas costeras en junglas de hormigón llenas de hoteles de lujo. Un escenario decadente que es la metáfora perfecta de un país que depende del turismo. Era raro que el cine español no hubiera aprovechado todo esto como materia prima para un filme que pusiera el dedo en la llaga como sí lo hizo la serie Crematorio, basándose en un libro de Rafael Chirbes.

Ha tenido que llegar Toro, la segunda película de Kike Maíllo después de Eva (con la que ganó el Goya al Mejor director novel), para demostrar que en España el cine de acción puede ser diferente, personal y aprovechar los restos de una burbuja inmobiliaria pinchada. Una película que no es más que una historia de venganza, la de dos hermanos (Mario Casas y Luis Tosar) contra el mafioso que maneja el sector urbanístico de una Andalucía venida a menos, con una tasa de paro vergonzosa, pero que se jacta de ser la comunidad que más turistas recibe cada año.

Si a esta mezcla le unes una violencia inusual en nuestras películas y referencias al catolicismo imperante en un país supuestamente laico, el resultado es un thriller que dará que hablar. Vírgenes, cornetas y toros de Osborne se mezclan con la sangre de las peleas secas y una visión estilística que llena todo de luces de neón y colores. Semejante cóctel molotov inaugurará mañana el Festival de Cine Español de Málaga. Una apuesta inusual, pero que cumple con uno de los requisitos fundamentales para abrir el certamen: llevar estrellas a la alfombra roja.

Para Kike Maíllo el tiempo ha pasado volando, casi ni se ha percatado de que ya ha pasado media década desde que le pusieran la etiqueta de 'promesa del cine español' y todavía no había rodado su segundo filme. “Primero me pasé dos años acompañando a Eva por el mundo, y luego nunca sabes bien por dónde tirar con tu segunda historia. Una vez que te decides, además, los proyectos tardan en levantarse”, cuenta a EL ESPAÑOL mientras reconoce que esta le ha costado mucho más que su debut. Una ópera prima que tenía una “inconsciencia del medio y de lo que la gente espera de ti” que le facilitaron las cosas.

Quería que la película tuviera una segunda capa que fuera una parábola acerca del un momento que estábamos viviendo

En esta aventura le acompañan los guionistas Fernando Navarro y Rafael Cobos, la productora Apaches, junto a Atresmedia Cine y Universal como distribuidora de un proyecto hecho para arrasar en taquilla. Un thriller con más lecturas que el puro entretenimiento. “Es una película muy de género, eso está en la primera capa, que tiene que ver con lo que le pasa a los personajes. Pero me interesa que las películas puedan ser vistas por gente con distintas sensibilidades, porque yo soy un tipo bastante complejo, así que en una segunda capa quería organizar una parábola acerca del momento que estábamos viviendo”, explica sobre Toro.

Un villano devoto

En su punto de mira dos objetivos: el turismo y la religión, a los que de forma sutil ataca con un contexto rico en detalles sociales. “Hay un telón de fondo que es el turismo, que es algo de lo que se habla muy poco en nuestro cine. Es el principal motor de nuestra economía, pero curiosamente no ha salido ninguna noticia que relacione a la corrupción con ese motor. Había un magma de cosas interesantes, siempre desde la ficción, y luego está la Costa del Sol, que tiene que ver con la masificación, con una manera de corromper”, puntualiza.

En esa Andalucía quemada que propone Toro, tenía que haber espacio para la devoción hacia sus vírgenes, para la Semana Santa y todo su imaginario. El potente villano Romano (clavado por un José Sacristán que da miedo con cada frase) es un cristiano devoto que no duda en aniquilar al que se interpone en su camino. “No lo hago desde la crítica, sino como un espejo que da un reflejo extraño de lo que ocurre. El hecho de que tu seas de misa de domingo, o que te muestres de forma pública como un beato no te hace ni piadoso ni creyente. Ese es el personaje de Romano. La religión está presente siempre, tiñe nuestra cultura. La película apela a una segunda transición, sin tratar de ser muy pedante, a un viaje necesario en el que una España nueva mate a una España vieja”, zanja.

La religión tiñe nuestra cultura. La película apela a una segunda transición, sin tratar de ser muy pedante, a un viaje necesario en el que una España nueva mate a una España vieja

A Maíllo le pone el riesgo, y es consciente de que sus escenas de violencia darán que hablar, sobre todo cuando el cine suele evitar mostrar las consecuencias reales de una pelea, Aquí los puñetazos duelen, la sangre salpica y los tiros desgarran los cuerpos. Pero nunca dudó de que ese era el terreno en el que se movería Toro: “Sabíamos que iba a ser muy violenta. Conoces a tu país y piensas en el charco en el que te metes… Incluso se rodó una versión más suave por si nos decían algo para tener eso en la recámara…. Pero no dijeron nada, nos vinimos arriba y usamos la más fuerte”.

Distopía en Torremolinos

Más allá de sus arrebatos sociales, Toro apuesta por una estética que se aleja del realismo y de la suciedad. Todo sucede entre brillos y luces, algo que le da un toque de fantasía que colocan la película en un mundo casi imaginario, una distopía asentada en Torremolinos con unos hoteles que parecen laberintos de un mundo postapocalíptico. “Me gusta que digas distopía, porque no se puede calificar mejor mi intención. Ballard estuvo siempre en la película. Abandoné la ciencia ficción en esta película, pero no quería dejar ciertos aspectos como esos espacios casi mentales y pesadillescos que no se sabe si son reales o proyecciones de los personajes.

El director Kike Maíllo, con la chaqueta que viste el protagonista de Toro.

El director Kike Maíllo, con la chaqueta que viste el protagonista de Toro.

Las referencias que pueden verse en Toro son innumerables, entre ellas el cine coreano y el de Nicolas Winding Refn, especialmente Drive y Only God Forgives, con las que se encuentran nexos temáticos y formales. “Es normal, porque todos bebemos de las mismas fuentes, en el caso del cine coreano, del que no soy muy seguidor la verdad, es el cine de ninjas y el mundo de Sam Peckinpah. Lo que no podemos hacer es quedarnos con las referencias de los que copian a los que copian. Los que copiamos lo hacemos a una tradición. Lo de Only God Forgives es porque también trabaja sobre el mundo del color. Hay cinco o seis artistas que trabajan sobre esa misma idea de que la brutalidad venga desde el color y la saturación, y no desde la negritud. De esto tiene la culpa el cómic, tanto para Nicolas como para mí. Hay una influencia clara de la visualización del espacio escénico del thriller en colores. Eso son viñetas, para mí lo son”, aclara sobre sus referentes.

Toro, con su nombre castizo y su España violenta y cañí ha hecho que el cine de acción español se desmelene, se ponga salvaje, y Málaga se lo ha premiado dándole su inauguración.