polémica ley

Hollywood se planta contra la discriminación homosexual

El sector avisa que no volverá a rodar en Georgia si aprueba una ley de libertad religiosa, capaz de censurar modos de vida “inmorales”.

I Am Michael con James Franco y Zachary Quinto.

I Am Michael con James Franco y Zachary Quinto.

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Atlanta es la protagonista de una de las escenas más legendarias del cine de Hollywood de todos los tiempos. Es el año 1939 y es, claro, Lo que el viento se llevó, en la que la ciudad es pasto de las llamas pero ese monumental incendio no consigue eclipsar el ardor de Rhett Butler por Escarlata O’Hara. Era un amor que, todo sea dicho, también hacía olvidar que el mensaje de la película, como el de la novela de Margaret Mitchell, era bastante racista y retrógrado. Un clásico entre clásicos, pese a todo, que algunos de los defensores de la bandera de los Estados Confederados de América hicieron suyo a la hora de defender el polémico emblema segregacionista.

Georgia pone en el punto de mira a la comunidad homosexual con una ley que censura conductas "inmorales"

Estos días Atlanta está que arde de nuevo por obra y gracia de los grandes estudios y en esta “película” también los mensajes y las pasiones se confunden. Ya no es David O. Selznick, sino la plana mayor de toda la Meca del Cine la que prende la mecha. Disney, Sony, Lionsgate, Weinstein Company CBS, 21st Century Fox… A Dios ponen por testigo de que no volverán a rodar en el Estado de Georgia si el próximo 3 de mayo se aprueba la llamada ley de libertad religiosa (el polémico proyecto de ley HB 757), que permite, a grandes rasgos, una objeción de conciencia a todo individuo o entidad que, por su culto religioso, considere inoportuno contratar o casar a una persona modo de vida “inmoral”. En el punto de mira –y en los titulares de prensa- la comunidad homosexual. En la letra pequeña, como apunta el New York Times, quizá una madre soltera que necesite asilo en un centro de día regido por una organización religiosa y sea rechazada por no representar los valores familiares tradicionales.

Los estudios tienen, o eso creen, la sartén por el mango en esta cruzada por la tolerancia, ya que Atlanta se ha convertido en un nuevo epicentro cinematográfico (después de California y Nueva York, Georgia es el estado que más rodajes acoge) gracias a una política fiscal que recorta los impuestos hasta un 30 %. Como moscas a la miel, las grandes productoras han acudido y desplegado allí sus subsedes, han organizado allí las visitas de rodaje para la prensa y se han dejado 1.700 millones de dólares en 2015. En 2007 la cifra era de solo 132,5 millones. Eso es mucho dinero para un Estado sureño que arrastra todas las rémoras de un país marcado por la desigualdad. Ya se sabe: “Money talks”.

Además, este proyecto de ley llega en un momento en el que en Estados Unidos, bajo el síndrome de Donald Trump, cunde el miedo a que toda idea descabellada pase a formar parte de la realidad política del país. Por eso, Disney y Marvel, ejemplarizante una, heroica la otra (y socias las dos), han sido las primeras en subirse al encerado. Con rodajes tan jugosos como las nuevas entregas de Capitán América y Guardianes de la galaxia se adjudicaron el superpoder y generaron el efecto dominó.

¿Una clase de cinismo?

Los Weinstein amenazaron con trasladar la filmación de lo nuevo de Lee Daniels, que con Oprah Winfrey y Eddie Murphy suena, a su vez, a desquite del #OscarsSoWhite. La Metro Goldwyn Mayer afirmó en un comunicado estar “inequívocamente comprometida con la inclusión” y Lionsgate “urge al gobernador de Georgia (el todavía ambiguo a este respecto Nathan Deal) a vetar esta legislación deplorable y retrógrada”. Sony dijo que esta ley es “anatema” de los valores de la compañía. Como chantaje definitivo, la NFL (Liga Nacional de Fútbol Americano) presiona con arruinar las oportunidades de Atlanta de acoger la Superbowl en el futuro. Y eso en Estados Unidos es un órdago a la grande: es el momento televisivo más seguido del año. Por eso, se reconoce el buen uso que tanto Hollywood como la NFL están haciendo de su poder en pos de una sociedad más justa e integradora.

Sin embargo, cada vez que una industria multimillonaria se compromete con una causa florecen las acusaciones de cinismo, y Variety no ha tardado en escribir un análisis preguntándose: ¿Y los rodajes en Abu Dhabi, donde la homosexualidad es castigada con la pena de muerte? Las últimas entregas de La Guerra de las Galaxias, A todo gas se filmaron allí, apuntan.

Una comunidad tradicionalmente muy conservadora y pesetera que se ha dejado en evidencia casi desde que el cine es cine

¿Y qué pasa con Carolina del Norte, donde con una ley igualmente discriminatoria sigue apaciblemente el rodaje de Dirty Dancing? Hace dos años, un cineasta en solitario, Rob Reiner, dijo que nunca más rodaría allí, pero ni él es hoy tan influyente ni hay en ese estado tanto dinero de por medio. En lo que a Georgia respecta, incluso apuntan desde la llamada “biblia de Hollywood” que al gobernador Deal pueda beneficiarle la presión de la industria del espectáculo para poder vetar la ley por una mera cuestión económica sin pagar el costo político-moral que implicaría de cara a los votantes más reaccionarios.

Es entonces cuando se cambia la mira y se apunta a la conciencia selectiva del show business. Una comunidad tradicionalmente muy conservadora y pesetera que se ha dejado en evidencia casi desde que el cine es cine. Desde los chivatos de la Caza de Brujas en la era del senador McCarthy a la histórica y todavía considerable escasa representación de las minorías (entre las que es más ruidosa la negra, pero que maltrata todavía más a latinos y asiáticos). Nótese que el último latino que ganó un Óscar al mejor actor fue José Ferrer, en 1950. La primera negra en lograrlo como protagonista fue Halle Berry, en 2001.

Y tampoco hay que olvidar la práctica ausencia de buenos papeles para las mujeres maduras y la ocultación de la sexualidad de muchas de sus estrellas en pleno siglo XXI en esta industria que repercute en la manera en el que el mundo se percibe a sí mismo. Pero una industria a la que, aun en sus puntuales ataques de heroísmo, hay quien apunta que, en realidad, “francamente querida, todo le importa un bledo”.