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Steve Jobs: ¿ genio o sociópata?

Danny Boyle muestra tres momentos clave en la vida del cofundador de Apple, retratando todas las paradojas de su personalidad.

Kate Winslet y Michael Fassbender en la película de Boyle.

Kate Winslet y Michael Fassbender en la película de Boyle.

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¿Era un cretino uno de los gurús del siglo XXI? ¿Puede ser que el cofundador de Apple, empresa obsesionada con facilitarnos las cosas, fuera prácticamente un sociópata? ¿Es posible que la misma persona que quería ayudarnos a relacionarnos con el mundo (mediante los aparatos electrónicos más avanzados y bonitos) no supiera relacionarse con el suyo? ¿Cómo podía un señor con una mente tan compleja y narcisismo patológico proyectarse como un genio con carisma?

Escrita por Aaron Sorkin y dirigida por Danny Boyle, combinado que podría haber sido un desastre dada la tendencia de ambos al exceso, Steve Jobs hace todas esas preguntas sin cometer el error de intentar responderlas, exponiendo con lucidez las paradojas del personaje. Ahí está su valor y lo que la hace igual de interesante como retrato del gurú de la tecnología y como metáfora del presente: la película de Sorkin/Boyle demuestra hasta qué punto Steve Jobs (1955-2011) personifica las contradicciones de la era de Internet. Las acciones de Jobs en el filme y, sobre todo, los duelos verbales que mantiene con los que le rondan funcionan como alegoría de un mundo enfermo de representación, como metáfora del abismo entre quiénes somos y la imagen que proyectamos en la red.

A Boyle hay que atarlo en corto porque, a la mínima, empieza a hacer de las suyas y tontea con el videoclip. Eso no tiene por qué ser malo. Cuando lo hace bien, como en Trainspotting (1996), es el mejor. Pero un guión como el de Steve Jobs le exigía aparcar los excesos formales. En alguna escena le sale el marchoso que lleva dentro, pero en conjunto firma la palabra con pulso. No es David Fincher en La red social (2010), también escrita por Sorkin, pero el cineasta dirige con precisión, sin aspavientos, el nuevo ejercicio de verborrea lúcida del creador de El ala oeste de la Casa Blanca (NBC: 1999-2006).

La dirección no está, para nada, por debajo del guión, aunque este último —sobre todo por lo mal escrito que suele estar el cine comercial actualmente— sea lo más llamativo de Steve Jobs. Bueno, el guión y el trabajo interpretativo: ¿cómo va a salir algo malo con actores como esos? No sólo Michael Fassbender, también todos y cada uno de los que le dan la réplica.

La película cuestiona la personalidad de Jobs sin intentar dar una respuesta precisa.

La película cuestiona la personalidad de Jobs sin intentar dar una respuesta precisa.

Sorkin es uno de los mejores guionistas en activo, pero no siempre acierta: algunos de sus guiones caen en la palabrería resultona pero sin sustancia. Pero éste es uno de los casos en los que da en el clavo. Inspirado en la biografía autorizada de Jobs escrita por Walter Isaacson, el guión de Steve Jobs es tan estimulante por su estructura como por el contenido de sus sentencias. Sorkin divide el filme en tres largas secuencias, ambientadas en años distintos (1984, 1988 y 1998), que siguen a Steve Jobs en los momentos previos al lanzamiento de tres de sus productos electrónicos.

La decisión de centrarse en los preliminares y esquivar los baños de multitudes del protagonista es un acierto porque saca de la ecuación la épica (excepto por el desajuste de tono de la escena final), la variable más común y fácil en los acercamientos a personajes reales, para ocuparse de asuntos más profundos y complejos.

Los actores hacen un magnífico trabajo interpretativo.

Los actores hacen un magnífico trabajo interpretativo.

Rodadas por Boyle en tres formatos diferentes (16 mm, 35 mm y digital), decisión formal que embellece el filme pero poco aporta, esas tres secuencias son un magnífico retrato, sinuoso y en construcción, del protagonista. El guionista acierta al esquivar el intento de descifrar a Steve Jobs para mostrar, mediante diálogos sagaces, llenos de matices y de misterios, sus contradicciones.

En relación a los distintos niveles de la conversación, es interesante cómo consigue, por ejemplo, que la atípica relación del protagonista con su hija Lisa, motor de algunas situaciones, lata hasta en las escenas que no tienen nada que ver con ella. A ojos de Sorkin/Boyle, el gurú de la tecnología era conflicto y generaba conflicto, y esa naturaleza paradójica activa en Steve Jobs una estimulante reflexión sobre cómo se generan los iconos y los mitos en el siglo XXI.