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"Star Wars: el despertar de la fuerza": cine de otra galaxia

La séptima entrega de la saga no decepciona: está a la altura de lo mejor de la primera trilogía, con emoción, humor y nostalgia.

Daisy Ridley (Rey), John Boyega (Finn) y BB-8, huyendo de La Primera Orden

Daisy Ridley (Rey), John Boyega (Finn) y BB-8, huyendo de La Primera Orden

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En el cine, como en la vida, muchas cosas dependen de las expectativas. Estar o no a la altura de ellas, he ahí la cuestión. En ocasiones, una película vuela más alto de lo esperado. Entremos sin preámbulos: Star Wars: el despertar de la fuerza es la película que todo aficionado a la saga espera ver después de los tráilers que hace ya meses que erizan el vello. Y la película que todo aficcionado a la saga ya no esperaba ver después de la innombrable segunda trilogía de George Lucas. Pero J. J. Abrams ha hecho magia.

Todo aquello que funcionó en La guerra de las galaxias (1977) y que emocionó en El imperio contraataca (1980), todo aquello que enganchó a los espectadores más jóvenes de nuevo en El retorno del Jedi (1983) está en El despertar de la fuerza, una aventura galáctica que lanza guiños y reparte homenajes del primer al último minuto sin perder por ello su propia personalidad en ningún momento. Hay cantinas que recuerdan a la de Mos Eisley, pero con situaciones nuevas y parroquianos para no pestañear. Hay planetas arenosos, Jakku, que nos trasladan a Tatooine, donde todo empezó. Hay bestias que devorarán a cualquiera que no corra lo suficiente, como el Rankor, contrabandistas al estilo de los jawas, pequeños robots humanísimos que ocultan secretos, grandes persecuciones entre cazas, luchas espaciales y hasta pasarelas sobre el vacío que tantos recuerdos traen.

Sin embargo, no hablamos de una copia. El ejercicio de la nostalgia es complejo pero legítimo. Abrams y Lawrence Kasdan -coguionistas- eluden las arenas movedizas de la ausencia de sorpresa y el desastre de la repetición. Pero no renuncian a la evocación, al sabor, al espíritu.

La acertada elección de los tres nuevos rostros, sobre todo Daisy Ridley, con una poderosa presencia, apuntalan el filme

Para ello, en El despertar de la fuerza volvemos a ver todo lo que daba forma a la imaginería de ese altar sentimental que es la memoria de la saga: Han Solo -envejecido, sí, pero nos encanta verle junto a Leia de nuevo- con sus chascarrillos y su media sonrisa de canalla con encanto; los gruñidos de Chewbacca y su ballesta láser; el Halcón Milenario, el objeto perfecto de marketing, surcando de nuevo los cielos en planos imposibles mientras el contrabandista más famoso de la historia del cine se las ve de nuevo con sus acreedores, la torpeza del robot protocolario C3PO, la oportunidad que demuestra siempre el pequeño R2D2…

La historia arranca como la primera… casi. “Sólo” han pasado 30 años, pero los restos del Imperio, reunidos en La Primera Orden, amenazan a la República. Para salvarla, un piloto de la rebelión trata de hacer llegar un plano a su base: éste indica el lugar donde encontrar al mítico Luke Skywalker, el último jedi, desaparecido hace años. En esa aventura aparecerá un stormtrooper desertor, Finn, y una chatarrera con mucho de heroína guerrera, Rey. Cada uno por su cuenta, emprenderán una odisea espacial para encontrar a Luke y encontrarse a sí mismos.

La acertada elección de los tres nuevos rostros, Oscar Isaac, John Boyega y, sobre todo, Daisy Ridley, con una poderosa presencia y gestualidad, apuntalan este nuevo nacimiento. Poco que envidiar al trío original. Muchos se llevarán las manos a la cabeza, pero traten de recordar quién era Harrison Ford, Carrie Fisher o Mark Hamill cuando en 1977 un joven y entusiasta director les propuso rodar una historia de caballeros y contrabandistas espaciales. En ese sentido, también Kylo Ren, el malvado de esta nueva trilogía, tiene todo el potencial -esta por ver si sabrán desarrollarlo en la dirección adecuada- de Darth Vader. Como lo tenía el fugaz Darth Maul, casi lo único bueno, y no duró, de La amenza fantasma.

La mirada inteligente del niño que fue J. J. Abrams se siente en cada plano y cada giro argumental de un guión sin apenas fisuras

La mirada inteligente del niño devorador de la saga original que fue J. J. Abrams se siente en cada plano y cada giro argumental de un guión sin apenas fisuras, más allá de las habituales de toda space opera. Y a estas alturas no vamos a enfadarnos porque los malos siempre disparen peor o porque parezca más fácil escaparse de los calabozos imperiales que colarse en el metro. Son peccata minuta.

No, lo importante del Episodio VII es que reconforta visualmente: no hay ningún Yoda saltando como una rana drogada. Los efectos digitales han quedado reducidos a lo imprescindible: naves, disparos, algún alienígena y un líder malvado, Snoke, que recuerda demasiado al Voldemort de Harry Potter y el caliz de fuego (es casi el único momento en que se resiente la película).

El resto es artesanal, en lo visual, aunque con un montaje moderno. La narración busca el color de los cuentos antiguos. Estamos ante un cómic que se toma en serio a sí mismo cuando debe pero sabe reírse entre líneas, algo que le fallaba a la plúmbea solemnidad, lastrada por los midiclorianos y los padawan asesinados, de la segunda trilogía, cuyos títulos no habré de escribir aquí.

El cine es un artefacto construido con la materia de los sueños. Creo que, si viviera hoy, cierto bardo estaría de acuerdo. Las emociones son un material que Star Wars: el despertar de la fuerza maneja con maestría. Muchos volverán a ser chavales viéndola. Y muchos maldecirán que haya que esperar dos años más hasta la siguiente entrega de esta nueva trilogía, que ya tiene su primer clásico.