arte y ajedrez

Jaque mate de Duchamp a las Vanguardias

La Fundación Joan Miró presenta una revisión de los movimientos que rompieron con el arte tradicional a partir del ajedrez, cuya influencia llega hasta el arte contemporáneo. 

El tablero-silla de Michel Aubry (a partir del club obrero de Rodchenko).

El tablero-silla de Michel Aubry (a partir del club obrero de Rodchenko).

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“He llegado a la conclusión de que si bien no todos los artistas son jugadores de ajedrez, todos los jugadores de ajedrez son artistas”. El amor de Marcel Duchamp por el juego de mesa apareció en 1919, durante su estancia en Buenos Aires. En una carta a su patrona Louise Arensberg, ese mismo año, se refiere a sí mismo como un “chess maniac” (maníaco del ajedrez). Jugaba de noche, dormía durante el día y pensaba en una partida como algo visual y plástico, pero sólo por el movimiento de las piezas. Que definía como dibujo de “realidad mecánica”. “Las piezas como tales no puede decirse que sean bonitas, ni tampoco la forma del juego; pero lo que sí es bonito -si es que podemos usar la palabra bonito- es el movimiento”.

Manuel Segade es el comisario de la exposición Fin de partida. Duchamp, el ajedrez y las vanguardias, que inaugura la Fundación Joan Miró, con la ayuda de la Fundación BBVA, quien defiende que “la referencia del tablero permite remitir la superficie del cuadro” y a una representación del mundo. Para el comisario, las reflexiones sobre la cuarta dimensión que podrían haberse originado en Duchamp gracias al ajedrez, “contextualizan la invención de los ready-made”.

¿Y cómo prueba esta hipótesis? Por las fotos de su estudio en la Rue Larrey de París, antes de huir de la Gran Guerra. “Demuestran la posición privilegiada del ajedrez en su espacio de producción, casi como un mapa o una referencia relacional para la comprensión de los objetos acumulados en él”. Casi. A partir de esta premisa, ciertamente endeble porque ilustra su idea pero no la argumenta, inocula la obsesión de Duchamp en el resto de las Vanguardias históricas -y de los orígenes del arte contemporáneo- y convierte al juego de mesa en “un fondo continuo”, que vincula a componentes y movimientos en algo fundacional y no casual.

Tablero o lienzo

Segade ha querido contar las Vanguardias a partir del juego, para aclarar el paso a las manifestaciones pioneras del arte conceptual. Y relacionar el tablero con el cuadro y convertirlo en el elemento que viaja de lo abstracto a lo concreto y de lo concreto a lo abstracto. El tablero, al parecer, como objeto que pone orden en la anarquía abstracta. La muestra arranca con el cuadro de Duchamp La partida de ajedrez (1910) y revisa la presencia del juego como una de las formas de educación social del nuevo orden político de la Rusia postrevolucionaria, como objeto de diseño en la Bauhaus para revolucionar la sociedad contemporánea, como tormenta surrealista y arma de guerra propagandística.

Ajedrez de Man Ray, de 1962.

Ajedrez de Man Ray, de 1962.

En el recorrido cronológico destaca un Kandinsky (incluía tableros en sus figuraciones abstractas), junto al gran tablero-cuadro de Paul Klee y el retrato de tres mujeres de Sonia Delaunay del Museo Thyssen. También el tablero-silla de Michel Aubry (a partir del club obrero de Rodchenko) o el damero que Man Ray realiza en 1934, con fotografías a tamaño carné de los que considera jugadores surrealistas (entre los 20 no está Duchamp, a pesar de la hipótesis de la exposición).

El recorrido cronológico continúa hasta llegar al dedicado al uso del juego en tiempos de guerra, entretenimiento entre bombas: uno de nazis, con obuses como torres, los caballos son tanques, el rey un águila. Es el Wehrschach Tak-Tik. Podría llamarse “juego militar de mesa” y no morir en el oxímoron. En el otro lado de la vitrina, otro ajedrez, el de un refugiado español en el campo de concentración de Argelès, con piezas de madera talladas por él mismo. Impactante.

Durante una década, Duchamp participó en campeonatos de ajedrez en toda Europa. La Federación francesa de ajedrez le otorgó el título de maestro, y cuando el segundo manifiesto surrealista estaba en la calle, él había dejado aparcado el arte para seguir jugando al ajedrez. En 1933, tras competir en 24 torneos internacionales, fue seleccionado para representar a Francia en la V Olimpiada de Ajedrez, en Inglaterra. La clasificación fue pésima y fue retirándose de la competición.

Un juego de niños

En el catálogo de la muestra se hace referencia a algo que no aparece en las salas: el vínculo de Dalí con el ajedrez, quien le regaló a Duchamp uno de su propia creación. El comisario no ha podido contar con él porque estaba apalabrado el préstamo para otra exposición. En las obras del genio catalán, el tablero colabora en la creación de un ambiente de sueño siniestro. Dos cuadros de la escritora Mercè Rodoreda son el punto exótico más exótico (más incluso que la presentación de dibujos animados de Betty Boop, en la Paramount) de una muestra concebida para llamar la atención más que para ahondar en las relaciones de los movimientos artísticos del primer tercio del siglo XX.

La penúltima parada es la mejor cerrada de todas. Es una recreación de la exposición que en 1944 reunió en la galería neoyorquina de Julien Levy a Max Ernst, Alexander Calder, John Cage o Ducmap (en total 32 artistas), titulada The imagery of chess (La imaginería del ajedrez). Es el punto de unión, la prueba y justificación, que, según el comisario, “supuso el punto álgido de la conexión confesa entre el arte de vanguardia y el ajedrez”. Lástima que para 1944 las figuras del cartel estaban de retirada. Duchamp entregó para la posteridad Boite verte (incluida aquí) su obra maestra una década antes.

Un visitante frente al ajedrez-cuadro de Paul Klee.

Un visitante frente al ajedrez-cuadro de Paul Klee.

En rojo y azul, con enormes piezas de madera, talladas sin la sofisticación con la que Alexander Calder elaboraba sus móviles. Son rudos y crudos, a medio hacer, más expresivos que elegantes. Es un tablero que reclama la figuración abstracta inspirada en formas industriales. Tan primitivo, tan imperfecto, tan infantil que choca a muerte súbita con el diseñado por Max Ernst -tan pulido, estilizado e inapetente- para la misma exposición.

Un juego simple y complejo, invisible y móvil. Abstracto. Que se mueve con la mente y se concluye sobre el tablero. ¿El reclamo perfecto para alguien como Duchamp, cuyo mayor deseo fue saltarse las normas, acabar con las reglas, entregarse al azar y al descontrol del mundo o traicionar lo popular dibujando a La Gioconda un bigote? El artista que firmó el acta de defunción del arte tradicional y cuestionó el papel que la sociedad asigna al creador, hizo del ajedrez un modo de vida. Lo que está por ver, a pesar del esfuerzo del comisario, es si las Vanguardias pusieron la suya sobre un tablero.