El color del pensamiento

René Magritte, filosofía en forma de pipa

El Centro Pompidou de París expone cien obras de René Magritte y propone un viaje histórico a su incansable pugna por reconocer el valor expresivo de la pintura en la representación de las ideas. 

La Décalcomanie, Magritte.

La Décalcomanie, Magritte.

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Una exquisita puesta en escena de un centenar de obras de René Magritte acerca el imaginario del espectador a la íntima relación que el artista belga mantuvo con la filosofía a lo largo de su vida. El surrealismo invade el Centro Pompidou de París desde el 21 de septiembre con la exposición Magritte: la traición de las imágenes, un privilegiado paseo por los interrogantes que marcaron el rumbo de su pincel a lo largo de los años.

Las sombras de Magritte, así como sus palabras, sus llamas, sus cortinas y sus cuerpos fragmentados, responden en realidad a diferentes contextos que el museo ha presentado en cinco salas en forma de genealogías. La exposición despliega ante el espectador un eco continuado entre los supuestos filosóficos a los que el artista se enfrentó a lo largo de su vida y la interpretación que él realizó de éstos a través de la pintura. A pesar de las enemistades que su insistencia crearía a su alrededor, Magritte estaba convencido de que su pincel sería capaz de filosofar como lo hacían sus contemporáneos poetas a través de las palabras. Y no se equivocaba.

La canción de amor

Asistimos así al nacimiento del pensamiento surrealista en René Magritte, que él mismo asumió como una mera consecuencia del descubrimiento en 1923 de la obra La canción de amor de Giorgio de Chirico. La visión del italiano marcó un antes y un después en la búsqueda pictórica de Magritte, que realizaría sus primeros cuadros surrealistas en 1927, haciendo interactuar imágenes y palabras sin vínculo aparente.

La visión de Chirico marcó un antes y un después en la búsqueda pictórica de Magritte, que realizaría sus primeros cuadros surrealistas en 1927, haciendo interactuar imágenes y palabras sin vínculo aparente

En la primera sala de la exposición, De la belleza casual a los problemas, se abre ante el espectador el nacimiento del lado más matemático del pintor belga, una nueva etapa de creación que transformó a partir de 1936 su concepción casual del arte en la ambición real de convertir sus obras en expresiones de pensamientos. El modelo rojo (1935), La respuesta imprevista (1933) o la célebre obra Las vacaciones de Hegel (1958) son tres de estos problemas resueltos a través de a pintura. La intención de esta primera sala que el Centro Pompidou ha contextualizado en torno a ‘los problemas’ es clara: todos los interrogantes que Magritte se dispone a despejar a través de sus obras responden al principio dialéctico entre dos imágenes opuestas y reconciliables a partes iguales.

'¿Quién puede fumarse la pipa de mi cuadro?' 

La misión de Magritte no era otra que despojar a sus pensamientos del corsé del lenguaje, una atmósfera recreada a la perfección en la segunda sala que el Centro Pompidou ha reservado al artista, llamada Las palabras y las imágenes. En ella hallamos La traición de las imágenes (1929), obra con la que deshumanizó el objeto dibujado de su representación semántica. En realidad, este cuadro es la prueba irrefutable de la batalla que Magritte libró para que se reconociese la dignidad intelectual de su arte. "¿Quién podría fumar la pipa de mi cuadro ? Nadie. Entonces, no es una pipa". Se trata también de la respuesta pictórica que el artista belga da a una frase pronunciada unos meses antes por André Breton y Paul Eluard: “La poesía es una pipa”.

"¿Quién podría fumar la pipa de mi cuadro ? Nadie. Entonces, no es una pipa". Se trata también de la respuesta pictórica que el artista belga da a una frase pronunciada unos meses antes por André Breton y Paul Eluard: “La poesía es una pipa”.

Es el fruto de la frustración que Magritte había experimentado frecuentando en París, en 1927 al círculo de poetas surrealistas franceses. Durante dos años, vivió en primera persona el desprecio de su obra en las reuniones de la corriente artística de la que él sentía formar parte, a pesar de la condescendencia de sus contemporáneos.

Magritte convirtió este ostracismo en su mejor aliado en la batalla por dignificar el valor de la pintura en la corriente surrealista. “En ese momento, Magritte es consciente de que el surrealismo es un movimiento constituido por poetas, para quienes las palabras están muy por encima de las imágenes en la representación del pensamiento”, explica Didier Ottinger, comisario de la exposición. “Su obsesión a partir de entonces fue establecer un principio de equivalencia entre las palabras y las imágenes”, continúa.

El vocabulario de Magritte 

En escasos minutos, esta exposición se convierte en una inusual búsqueda de la reivindicación que Magritte convirtió en la obra de toda una vida. El espectador se descubre a sí mismo en busca de esos motivos que el artista belga repitió sin descanso a lo largo de los años: sus sombras, sus cortinas, sus llamas, son en realidad el equivalente a las frases que los poetas surrealistas repetían sin cesar para expresar sus ideas. Magritte tiene su propio diccionario. Un vocabulario plástico que el visitante de esta exposición encuentra sin cesar, como un hilo conductor de su insistencia por elevar la pintura a la altura de la poesía surrealista.

Sus sombras, sus cortinas, sus llamas, son en realidad el equivalente a las frases que los poetas surrealistas repetían sin cesar para expresar sus ideas

La tercera sala, La invención de la pintura, sitúa a la obra de Magritte como un eco a la lectura del capítulo que Pline L’Ancien dedicó al arte en su enciclopedia Historia Natural. De este texto, el surrealista belga retuvo tres elementos que se multiplican sin descanso a lo largo de la exposición: la silueta, la sombra y la vela. La huella del deseo amoroso que Pline L’Ancien asignó al nacimiento de la pintura fue para Magritte una fuente de inspiración a la hora de interrogarse sobre la capacidad de este arte a restituir lo real.

La certeza no existe

Dando rienda suelta a la luz y las ilusiones ópticas, el pintor belga nos lleva hasta su Principio de Incertidumbre, en el que la sombra de una mujer se convierte en un pájaro. “No podemos decir con certeza, tomando la sombra de un objeto, lo que el objeto es en realidad”. Es un grito más en su lucha por mostrar el gran abismo que existe entre una imagen y lo que se supone que ésta debe representar. Otro de los cuadros presentes en esta sala de la exposición, ‘Intento de lo imposible’, insiste en esta idea con la representación de un pintor terminando de dibujar el cuerpo de una mujer, a la que todavía le falta un brazo.

“No podemos decir con certeza, tomando la sombra de un objeto, lo que el objeto es en realidad”. Es un grito más en su lucha por mostrar el gran abismo que existe entre una imagen y lo que se supone que ésta debe representar

En este periplo filosófico no podía faltar una alusión a Platón y su Alegoría de la caverna, que Magritte tomó prestado en numerosas ocasiones para representar la locura de todo lo que creemos real. En esta cuarta sala y por separado, el artista somete su pincel al fuego, la cueva y las luces, como se aprecia en La bella cautiva (1950) o El descubrimiento del fuego (1934). La quinta y última parada de este viaje al imaginario de Magritte está exclusivamente dedicada a las cortinas como motivo por excelencia a la hora de crear un ilusionismo pictórico. El trampantojo de Magritte es, en realidad, su interpretación de una frase de Cicerón a propósito de la belleza: “No creyó ser capaz de descubrir en un modelo único todo su ideal de belleza perfecta, porque la naturaleza no ha realizado la perfección absoluta en ningún individuo”.

Parafraseando pictóricamente a Cicerón, el surrealista representa la belleza fragmentada puesta en escena a través de la armonía, como apreciamos en obras tan célebres como La Decalcomanía (1966).

Esta exposición, abierta al público hasta el 23 de enero de 2017, permite, además, acercarse a los pensamientos de René Magritte gracias al préstamo de algunas de las cartas que intercambió con los filósofos Michael Foucault y Alphonse de Waelhens durante la década que precedió a la muerte del surrealista belga.