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Koons y la baratija populista

En la última entrega del serial paramos en Jeff Koons, la salsa de las tiendas por las que pasa. El producto Koons es imbatible… entre la clase media y la élite.

Por 55 euros esta hucha-elefante-hinchable-Koons.

Por 55 euros esta hucha-elefante-hinchable-Koons.

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Españoles, aunque parezca increíble, el arte no ha muerto. Pero ya no se parece nada al arte. Asistimos al inicio de un arte nuevo cuya cima es Jeff Koons, el epítome de la parálisis de los que hasta ahora eran sus facultades inherentes, tanto las sensibles como las intelectuales. Su lógica es la del mercado, la lógica neoliberal basada en la adoración del fetiche. Por supuesto, es una devoción secular: la religión del Santo Producto Consumido.

Koons ha logrado lo que parecía imposible al fundir souvenir y obra de arte en uno. Sus perritos y langostas nacen de la misma tienda para salir de ella y abordar las salas del museo. Koons es el apóstol del kitsch en la Tierra, y ha logrado conquistar la institución utilizando las mismas herramientas técnicas industriales que producen el souvenir.

Si se produce en fábrica y en cadena podría parecer que la singularidad ha desaparecido, pero no. La singularidad de Koons, precisamente, es esa: que no es una obra de arte, sino un souvenir al que los museos transforman -necesitados de productos que muevan a la masa de consumidores a consumir- en obra de arte. No hay otro artista que se mantenga en gira durante seis años a lo largo de los centros más importantes de todo el mundo, en los que enseña un resumen de 40 años de arte trivialmente singular.

Una bolsa de Koons con su famosa langosta estampada, en el Guggenheim Bilbao.

Una bolsa de Koons con su famosa langosta estampada, en el Guggenheim Bilbao.

“Es fácilmente reconocible por el gran público”, dicen de él los directores de estos centros en rueda de prensa al señalar lo que convierte a Koons en el artista más deseado por las cuentas de cualquier institución. Y no nos referimos a la taquilla. No sólo a eso. Koons es la salsa de las tiendas por las que pasa. El producto Koons es imbatible… entre la clase media y la élite. Hablamos del mayor vendedor de baratijas y del artista vivo que más caro vende. El perfecto producto de mercado es inmune a las contradicciones.

La fórmula del éxito del rey de las colchonetas y los hinchables es la de los sastres estafadores que visten al emperador con nada. El espectador se siente cómodo con el engaño, que renuncia a cuestionar una exposición de cachivaches del Todo a Cien de arte paternalista y empalagoso. Por fin un poco de algo reconocible en el arte contemporáneo.

La humanidad necesita al artista, al poeta, al escritor, al constructor de monumentos, dijo Hanna Arendt, sin ellos la historia que cuentan no sobreviviría. Koons acaba con los privilegios estéticos y se convierte en el neoliberal populista del arte contemporáneo, que ofrece diversión, placer, evasión, distracción y unas gotitas de nostalgia. ¿Quién puede negarse? En Los hermanos Karamazov, Dostoievski plantea la posibilidad de que la belleza y la fealdad se reconocen y se alimentan de manera contradictoria y desvergonzada. No hay mejor definición para la verborrea visual de Koons.

El perrito populista de Koons ha conseguido que la mayoría del público disfrute del arte edulcorado creyendo estar disfrutando del innovador. Nos gusta Jeff porque es la metadona de la felicidad. La cáscara de las cosas.