Museos a la venta 6/31

Ponte el bigote de Frida

Van Gogh, Mark Rothko, Toulouse Lautrec, Rembrandt, Salvador Dalí… y ella. ¿Por qué los museos son la mayor industria de producción y distribución de mitos que hay?

El paquete que te convierte en artista.

El paquete que te convierte en artista.

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Ya no recuerdo en qué museo andaba la primera vez que lo vi, pero luego pude volverlo a comprar en Amazon. Eran los bigotes más artísticos de la historia de la pintura: ahí estaba el de Van Gogh, Mark Rothko, Toulouse Lautrec, Rembrandt, Salvador Dalí… y Frida Kahlo. Sólo el kitsch tiene permiso para romper a su antojo con lo correcto desde la incorrección más descarada. Más allá del chiste machista o la reivindicación feminista, el mito. La necesidad de tenerlos y de convertirnos en ellos.

En un museo dejamos las corazas en el guardarropa y rebajamos el escepticismo a nivel “haz-conmigo-lo-que-quieras”

Si hemos llegado a la luna, si ya no tememos a los bosques profundos ni a los desiertos infinitos, si no existen territorios infranqueables, por qué pararnos ante el fraude o la copia, si nada nos impide colonizar las galaxias, ¿por qué no voy a poder ser Frida Kahlo? Monet pintaba el mismo nenúfar siempre distinto y así se convirtió en un mito contemporáneo, porque deseamos las fábulas y los superhéroes, los récords, los retos y las marcas.

No hay razones para limitarse, ni explicaciones para conformarse. No hay motivos para ser uno mismo cuando puedes ser cualquiera. Qué digo cualquiera, ¡ALGUIEN! Tú eres tu mejor mito, tu mejor falsificación. Georges Dumézil dice que “un país sin leyendas se moriría de frío”, que “un pueblo sin mitos está muerto”.

Imagen de la exposición sobre los vestidos de Frida en su museo.

Imagen de la exposición sobre los vestidos de Frida en su museo.

Y en esas, el museo es la mayor industria de producción y distribución de mitos que existe. Un lugar donde lo falso y lo auténtico se rebozan en la misma salsa, donde aprobamos que los fines de la pintura (la propaganda) justifiquen los medios (la mentira). En un museo dejamos las corazas en el guardarropa y rebajamos el escepticismo a nivel “haz-conmigo-lo-que-quieras”. Creer en algo, en lo que sea, como sea, en el arte o en la religión.

Ya saben lo de los Reyes, así que también sabrán que en un museo todo lo que ven es pura ilusión. Que después de siglos mirándola sobre un fondo negro descubrimos que, aquella dama retratada, era una versión de La Gioconda; que los lienzos rotos en mil pedazos (La carga de los mamelucos) se restauran y parecen haber salido ayer del taller del pintor; que hay cuadros que una mañana, de repente, sufren la excomunión de su autor.

Justo en el mundo que impone la virtud del impostor y la identidad falsificada, hacemos la fetua de la autenticidad y la originalidad

En la última batida sonada de los avalistas de la autenticidad, Rembrandt salió esquilmado. El objetivo era retirar la atribución a una serie de cuadros que no habían sido realizados totalmente por el maestro, que tenía un taller donde dominaba la división del trabajo bajo su autoridad y formaba parte del proceso creativo.

Justo en el mundo que impone la virtud del impostor y la identidad falsificada, hacemos la fetua de la autenticidad y la originalidad. Ahora que todo es trampantojo y el disfraz es la esencia, que la Memoria Histórica del merchandising no hace ascos a nada -ni siquiera al arte abstracto- siempre y cuando su creador haya muerto hace 80 años, ahora que ya no hablamos de la culpa sino del pecado, elige el bigote, pasea por el museo y disimula.