arte y memoria histórica

La cabeza de Lenin reaparece en un museo de Berlín

Una muestra de la capital alemana desentierra parte de una célebre escultura de la época del comunismo dedicada al líder soviético .

La cabeza de Lenin expuesta en el museo de Berlín.

La cabeza de Lenin expuesta en el museo de Berlín.

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Para ver el principal reclamo de la exposición permanente que lleva por título Enthüllt. Berlin und seine Denkmäler (Al descubierto. Berlín y sus monumentos), en el museo de la Ciudadela de Spandau, situada al oeste de Berlín, hay que esperar hasta el final. Porque en la última estancia de esta muestra dedicada a los objetos históricos que han marcado esta ciudad pero que ya no tienen sitio en sus calles encuentra su lugar una cabeza gigante de Vladímir Illich Uliánov, Lenin. Es cuanto queda observable al público de la monumental escultura obra del artista soviético Nikolai Tomski.

En su día, la escultura dedicada al líder de la revolución rusa se elevaba casi 19 metros. Sólo la cabeza mide 1,7 metros. Pesa tres toneladas y media. En la Ciudadela de Spandau, esta testa reposa sobre su oreja derecha. El monumento, esculpido en granito rojo procedente de Ucrania, se erigió en 1970 en honor al centenario del nacimiento del “fundador del Estado soviético”, presidiendo la que hoy es la Plaza de las Naciones Unidas, situada en el céntrico barrio berlinés de Friedrichshain. Entre 1950 y 1992 esa plaza era la Leninplatz.

La cabeza de Lenin colocada para la exposición de Berlín.

La cabeza de Lenin colocada para la exposición de Berlín.

De la parte superior de la cabeza de Lenin diseñada por Tomski, todo un presidente de la Academia Soviética de las Artes durante tres lustros (1968-1983), salen cuatro hierros. Fueron incorporados cuando, en noviembre de 1991 – dos años después de la caída del muro de Berlín – sirvieron para decapitar el monumento y poner en tierra la pesada testa del revolucionario. En la parte que del cuello que sufrió el corte hay un número escrito, el 16, atribuido por el orden en que fue desmontada la estatua.

La cabeza se llevó, junto con los más de cien fragmentos en que fue troceado el monumento, a las afueras de Berlín, a los bosques de Müggelheim, situados al sureste de la capital, lejos de su céntrica ubicación original. “Pero no viajó en helicóptero, eso sólo es en la película, lo hizo por tierra en un gran camión”, dice a EL ESPAÑOL la historiadora Andrea Theissen, directora del museo de la Ciudadela de Spandau y responsable de la exposición que ha permitido mostrar la cabeza de Lenin. Theissen alude así al ficticio vuelo sobre Berlín del busto de la figura soviética popularizado en Good Bey, Lenin!.

Las autoridades en Berlín pensaban que la historia estaba todavía demasiado cerca como para desenterrar el monumento

Durante cierto tiempo, los trozos del granítico cuerpo de Lenin estuvieron amontonados a la vista de los curiosos que se acercaran hasta el boscoso rincón del distrito de Treptow-Köpenick donde reposaban. Su estado de abandono en plena naturaleza se prestó a que no pocos se lanzaran a arrancar trozos de las enormes piezas de piedra. Imitaban así a aquellas personas que a principios de los años noventa, se hacían por sus propios medios con fragmentos del muro de Berlín. El estado de algunas partes del labio superior de la cabeza de Lenin del museo de Spandau da cuenta de estos estragos.

Un monumento enterrado

Pese al cuestionable trato que estaba recibiendo el monumento en términos de conservación, las autoridades berlinesas decidieron cubrir en septiembre de 1992 esos fragmentos de granito con grava y arena para evitar así que los restos de la escultura fueran vandalizados. Así permaneció hasta que, en 2009, Theissen y su equipo comenzaran a pensar en montar una muestra como la que ahora da refugio a este imponente vestigio comunista. “La idea de las autoridades era evitar que se viera el monumento en un espacio público”, dice Theissen.

Parte de la cabeza de Lenin en la que se muestra el número 16 que marcaba para su derribo.

Parte de la cabeza de Lenin en la que se muestra el número 16 que marcaba para su derribo.

La directora del museo de la Ciudadela de Spandau tuvo que pelear con un Gobierno de la ciudad-estado de Berlín muy reticente a la hora de hacer posible que la cabeza de Lenin viajara hasta su espacio expositivo. Hace dos años, hubo incluso una pausa obligada en su trabajo para recuperar la cabeza del revolucionario porque el Gobierno berlinés aseguraba no tener dinero para tales fines. También se argumentó que no se sabía dónde estaba ese fragmento del monumento esculpido por Nikolai Tomski que interesaba a Theissen y compañía.

“Pero quienes nos ocupamos de los monumentos, incluidos los de la República Democrática de Alemania, sabíamos que estaba ahí”, asegura Thiessen, antes de explicar la actitud del Gobierno de la capital. “Me puedo imaginar que las autoridades en Berlín pensaban que la historia estaba todavía demasiado cerca como para desenterrar el monumento”, estima esta historiadora de 64 años nacida en Oranienburgo (noreste germano). Su insistencia, y también el apoyo a su causa de la comunidad científica, permitió que las autoridades cedieran, autorizando en septiembre de 2014 desenterrar y mover la cabeza del Lenin de Nikolai Tomski.

Monumentos como éste son una buena oportunidad para ocuparse de forma concreta de las fracturas de la historia de un país

Pese a sus esfuerzos, Theissen no ha sido la primera en desenterrar al rostro de Lenin. El cineasta estadounidense afincado en Berlín Rich Minnich ya lo hizo parcialmente en su documental titulado The Book of Lenins, estrenado en 1996. Las peripecias de Minnich para encontrar la cabeza de Lenin también tienen sitio en la muestra del museo de la Ciudadela de Spandau. Con motivo de la reubicación de esa parte del monumento comunista en dicha pinacoteca, Minnich hizo una segunda parte de aquella cinta.

Ahora, esta cabeza constituye uno de esos ejemplos que ilustran cómo lidia Alemania con su memoria histórica comunista. “No me permito opinar sobre cómo otros países como España o Italia se ocupan de las fracturas que hay en su historia, ni tampoco quiero decir que hay que hacerlo como lo hacemos nosotros, pero estoy convencida de que monumentos como éste son una buena oportunidad para ocuparse de forma concreta de las fracturas de la historia de un país”, concluye Theissen.