Globetrotter

48 horas de otoño en Donostia

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La mar besa lentamente las aguas bajas del Urumea esta semana en una mañana del otoño donostiarra. Descanso mis huesos en una de las habitaciones más altas del María Cristina (Luxury Collection hotel), en temporada baja, en una de las suites que dejan ver la mar. El invierno llama a las puertas de Donostia y el río le invita a venir, ahora mismo, con la ría baja, bien baja, desnudando los pedregales del fondo. La ciudad es ahora mismo más real que nunca, lejos de los veraneantes, las estrellas del cine en busca de promoción y reconocimiento y los peregrinos gourmet.

Desde la terraza diviso los últimos metros de los 59 kilómetros del Urumea, ya mezclado con la salinidad marina, bajo el puente de María Cristina, ante el iluminado mascarón del proa del Kursal de Moneo que a tantos artistas ha visto pasar miedo antes de pisar su escenario. Me lamento en silencio. Ay, como me hubiese gustado escuchar a Tom Waits aquel 12 de julio del 2008. Seguro que vuelve.

En unos pocos días, el 19 de enero, una tamborrada de ambición europea dará la bienvenida a la capitalidad cultural. Dos días en San Sebastián dan para mucho. En 48 horas he sucumbido a la carta de anchoas del Txepetxa (Pescadería, 5), donde los pintxos van por orden de preferencia. Disfruté con los empujones para acercarse a la barra del Gandarias (31 de agosto, 23). Aún recuerdo el plato de setas –“oiga, ¿como se llama esta? Hongo, se llama Hongo”- en Ganbara (San Jerónimo, 21). Y ya al final una carrillera en La cuchara de San Telmo cuyo lema reza: “Se necesita poco para hacer las cosas bien, pero aun menos para hacerlas mal”.

Anoche me entregué en cuerpo y alma a las 84 estrellas Michelin que desde 1974 colecciona un tal Juan Mari, de apellido Arzak. El muy bruto lleva 28 años seguidos colgando tres estrellas.

Es hora del check out, me despido del hotel pensando que la ducha que hidrata mi piel para el viaje remojó este año a Ricardo Darín o a Benicio del Toro o a Tim Roth... o a los tres. O a sus amantes.

Una visita a la barra del Dry Martini del amigo y maestro Javier de las Muelas sirve como último bis a la despedida.

Tan solo una parada en el Landa me hará detenerme en Burgos antes de que el domingo madrileño con su misa de siete en el Barrio de Salamanca me devuelva a la polución pre invernal. Me devuelva a añorar la humedad de San Sebastián, con San Andrés, mi santo favorito.