Para pensar como Emilio Lledó

¿Por qué defender, como propone el filósofo andaluz que recoge el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, una sociedad crítica y poco manipulable?

El filósofo sevillano Emilio Lledó en Oviedo. / José Luis Cereijido / EFE

El filósofo sevillano Emilio Lledó en Oviedo. / José Luis Cereijido / EFE

Hoy es un día grande para un hombre humilde. Él que no necesita medallas para brillar recibirá el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, haciendo al galardón digno de pasar a la posteridad. Emilio Lledó (Sevilla, 1927) leerá sus palabras sobre la necesidad de recuperar eso precisamente, las humanidades, es decir, el peor enemigo de la ignorancia. Y quizá mencione, desde su vehemencia contenida, aquello que suele decir de esos políticos que prefieren que pensemos cuanto menos mejor, para ser más manipulables, un poquito más esclavos. Porque Lledó es el hooligan que jalea por una sociedad crítica.

Es uno de los autores de las palabras a las que uno puede acudir para recomponer su desasosiego. Como él mismo dice, ni siquiera las imágenes tan abundantes en nuestro tiempo, tan agobiantes, podrían decirnos algo si, por dentro, cada uno de nosotros no llevase ese río de palabras que nos refrescan y alivian. El río de Lledó corre en una exquisita compilación reciente, publicada por la editorial KRK, Palabra y humanidad, de la que extraemos su pensamiento, directo y efectivo.

Respeta la palabra

La palabra es el medio para mostrar el agradecimiento al otro. El filósofo habla del gozo del entusiasmo, del agrado de la amistad que aflora gracias a la palabra. Pero también advierte del peligro de dejar deslizar el lenguaje que nos constituye sin mirarlo para que no se convierta en “despojo de coaguladas imágenes mentales” que arrastran la ignorancia, la manipulación, la inconsciencia, los “mortales grumos ideológico que, como corchos a la deriva, flotan sobre el agua de la vida estancándola y corrompiéndola”. Nada somos sin ese “soplo semántico” que sale de nuestros pulmones y que puede ser oído y entendido por los otros.

Escucha a los muertos

No sólo de hablar vive el ser humano. También puede escuchar. Incluso a los muertos, a los que ya no están presentes, a los que se les fue su tiempo pero dejaron su obra, en forma de millones de páginas “que yacen en el tiempo eternizado, infinito, de las bibliotecas y que son testigos de presencias en las que descubrimos el pasado desde el presente”. Es la posibilidad de un diálogo eterno con los que desde el silencio de la escritura hablan, enseñan y reviven.

Deja que los libros te lean

Los libros nos leen. No cualquiera, no. Sólo nuestros libros, “mis” libros. Son amigos. Podríamos escribir una autobiografía contando la historia de nuestra biblioteca, de la memoria que en ella se guarda y de su mirada. Sí, nos miran. Recuperar los viejos ejemplares que acompañan la biblioteca vital es recordar, releer, recobrar. Lledó encuentra subrayadas las Meditaciones de Descartes y relee una cita repasada con lapicero: “He pensado que no podía tener ocultos mis pensamientos sin infringir gravemente la ley que nos obliga a intentar el bien general de todos los hombres”. Entiende que lo que es, lo que fue, está ahí, encerrado en esas páginas.

Critica el imperio tecnológico

El humanismo es más urgente que nunca para luchar contra nosotros mismos y nuestras ansias de dominar la naturaleza. El progreso tecnológico ha arrasado, en nombre del progreso y de la dominación del territorio, por eso el filósofo propone que nuestra aceptación del imperio tecnológico no implique un enfrentamiento crítico a la situación. Porque, a fin de cuentas, la proliferación de medios técnicos, en nombre del bienestar, lleva a la implacable contradicción de la destrucción de la base de un estar natural sobre el que necesariamente ha de asentarse toda forma civilizada de bienestar.

Huye de la pasividad

“Estamos en manos de los echadores, de los que ponen para nosotros el mundo, de los que crean la presencia y la sustancia de los fenómenos que se nos presentan”. El filósofo critica cómo nos hemos convertido en meros espectadores de nuestras vidas, en ojos casi incorpóreos esperando que las imágenes pasen ante esos ojos. Lo que nos echen. Ese es el esfuerzo que hacemos, el de aceptar y asumir ese mundo y claudicar como televidentes pasivos. “La televisión, como otros medios virtuales, “salva la distancia” para entrarnos por los ojos mientras estamos en nuestro sillón”. Pero “guarda las distancias” para paralizarnos. Es el nuevo vasallaje, ser sin estar.

Lucha contra el miedo

Intentan hacernos creer que en un mundo de alimañas, según la demonización de todo aquello que se opone a sus intereses, no hay otro remedio que alimañizarse también. Y sacan a relucir el dicho de Plauto: “El hombre es un lobo para el hombre”. Los “emperadores de la miseria y la crueldad”, los “intelectuales trastornados”, tratan de minar el suelo de la sociedad y las mentes de los ciudadanos con la política del miedo, de la incapacidad de pensar, de la imposibilidad de entender. “Nace así el terrorismo de la continua, amarga, infelicidad”. Para el filósofo hay que acentura todo lo que hoy defiende y promueve la vida y que se opone a la discriminación y la violencia. “Es mejor sufrir la injusticia que causarla”, como apuntó Sócrates.