Genética

Manejar el ADN para curar

El Nobel ha reconocido los mecanismos de reparación del ADN, pero  imitarlos en la clínica es aún una utopía.

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La explicación fácil de muchos tratamientos actuales contra el cáncer, como la quimio y la radioterapia, incide en un punto: se trata de terapias que actúan contra las células "malas" y respetan las "buenas".

Paradójicamente, lo consiguen al atacar el ADN, el alma de las células. Pero sólo las tumorales responden a este ataque y mueren; el resto resiste gracias a los mecanismos de reparación de ADN, descritos por los tres científicos galardonados con el último Nobel de Química. 

La razón por la que las células cancerosas no son inmunes ante los daños a su ADN es que han sufrido mutaciones. Y lo han hecho porque las herramientas que tiene el organismo para evitarlo no lo han impedido.

Las mutaciones no son otra cosa que la respuesta natural del ADN ante las agresiones ambientales, desde los rayos ultravioletas a los cósmicos. Evitarlas es un seguro de salud del propio cuerpo, pero hasta que Tomas Lindahl, Paul Modrich y Aziz Sancar definieron cómo y por qué se producía el vacío científico en ese campo era casi total. 

"Ellos cogieron una página en blanco, nadie sabía cómo meterle mano", resume Óscar Fernández-Capetillo, jefe de grupo del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). 

Biomedicina

A pesar del enorme valor del hallazgo recién premiado, éste no se ha traducido en la cura de enfermedades pero sí ha tenido muchas aplicaciones en biomedicina, al mejorar el conocimiento sobre los procesos celulares.

La quimioterapia y la radioterapia fueron anteriores a las investigaciones premiadas, que explicaron por qué funcionaban con posterioridad a su desarrollo. Según Fernández-Capetillo, la acción de algunos fármacos contra el cáncer sobre estos mecanismos es tan importante que "hay muchísimas farmacéuticas interesadas en este campo". 

"Es un descubrimiento de mecanismos biológicos básicos asociados a la vida, no hay una traslación inmediata que podamos ver ahora y pueden pasar décadas antes de que salgan aplicaciones concretas, que vendrán", destaca Manuel Pérez-Alonso, director del Instituto de Medicina Genómica (Imegen). 

En lo que sí se han traducido los hallazgos del sueco, el turco y el estadounidense es en el diagnóstico, sobre todo de algunos tipos de tumores y de ciertas enfermedades raras. Como ejemplo del primero, el cáncer de colon hereditario no polipósico, asociado al fallo en el mecanismo de reparación de aparejamiento (MMR, por sus siglas en inglés, descrito por Modrich).

En patología rara, el paradigma es la xeroderma pigmentosa, provocada por un error en la reparación por escisión de nucleótidos (NER, por sus siglas en inglés, descrita por Sancar).

En un futuro

Gracias a estos hallazgos, el diagnóstico de ambas enfermedades es hoy más fácil que nunca. Pero ¿se podría utilizar este conocimiento para curar? Es algo con lo que se sueña desde hace años. Según Javier Novo, profesor de Genética de la Universidad de Navarra, muchos grupos de investigación lo intentan. "Se podría hacer con terapia génica o celular, o con la mezcla de las dos; hay bastantes avances en el manejo de la anemia de Fanconi", comenta.

"La aplicación terapéutica clave sería imitar esos mecanismos. Aún no se ha conseguido curar enfermedades genéticas provocadas por fallos en esas herramientas; son mecanismos complicados con muchos protagonistas y no es fácil reconstruirlos para que vuelvan a funcionar bien", destaca Novo. 

Pérez Alonso va más allá: "Si fuéramos capaces de mejorar la reparación que tenemos todos, podríamos potencialmente llegara a prevenir el cáncer, que es una enfermedad producida con mutaciones somáticas que se podrían evitar con sistemas de reparación más eficaces, pero eso es aún ciencia ficción". 

Si se lograra imitar estas herramientas con las que el organismo cuenta de forma natural, las aplicaciones serían casi ilimitadas. Incluso se podría pensar en retrasar el envejecimiento. Aunque Novo vaticina que sería algo muy complicado, reconoce que uno de los elementos que intervienen en este proceso natural es el daño que va acumulando el ADN a lo largo de la vida de una persona. "Si esos daños se consiguieran retrasar, porque se potenciaran estos mecanismos de reparación, sí tendría aplicaciones en todo el campo del envejecimiento", concluye.