Turismo científico

El CERN, la visita turística más 'particular'

El lugar donde se halló el bosón de Higgs, en la frontera entre Francia y Suiza, es un laboratorio puntero abierto al público.

El Gran Colisionador de Hadrones se puede visitar en las instalaciones del CERN.

El Gran Colisionador de Hadrones se puede visitar en las instalaciones del CERN. Reuters

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Si uno se para a pensarlo, el Laboratorio Europeo de Física de Partículas, el CERN, es una de las instalaciones más singulares que ha construido el ser humano. Situado en la frontera entre Francia y Suiza, incluye el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), el mayor acelerador de partículas del mundo, un túnel subterráneo en forma de anillo de 27 kilómetros de longitud cuyo objetivo es revelar los secretos de la materia haciendo chocar protones a gran velocidad.

Este complejo es fruto de una colaboración científica internacional que se inició hace más de 60 años e incluye 22 países miembros. Allí trabajan cerca de 3.000 personas, que a su vez reciben a 10.000 científicos de todo el mundo y que de vez en cuando salen en las portadas de los periódicos por hallazgos difíciles de comprender para el público general, como el del bosón de Higgs. Lo que probablemente no es tan conocido es que está abierto al público.

Aunque no es un parque de atracciones, el número de visitas no es desdeñable, con un promedio de 300 al día. Lo más recomendable es hacer una reserva en la página web, aunque uno puede presentarse directamente allí, en la recepción situada en el edificio 33, y unirse a alguno de los numerosos grupos que a diario reciben explicaciones en inglés y francés. Si hay suerte o si lo planificamos con tiempo, también podemos hacer la visita en español.

No, no esperen la típica estampa del guía que conduce a los turistas alzando un paraguas, la propuesta del CERN es mucho mejor: son los propios científicos, desde los más jóvenes a los más experimentados, quienes de forma voluntaria y altruista -las visitas son gratuitas- explican su trabajo, el funcionamiento de las instalaciones y su sofisticada tecnología.

Entre ellos está Héctor García Morales, físico español que estudia el comportamiento de los protones al dar vueltas alrededor del LHC y cómo se van perdiendo a lo largo del anillo. Entre otras cosas, su trabajo sirve para evitar accidentes que puedan dañar el propio acelerador de partículas. Sin embargo, también se ha formado como comunicador científico y disfruta ejerciendo de Cicerone.

"Al público le atrae uno de los centros científicos punteros del mundo, por el simple hecho de haber estado ya están contentos, pero si a eso le añadimos la posibilidad de comprender lo que hacemos en el laboratorio, mostrando los experimentos, el atractivo no puede ser mayor", afirma en declaraciones a EL ESPAÑOL.

Interés por la ciencia

En efecto, existen otros motivos para viajar a Suiza además de abrirse una cuenta bancaria. "Tenemos grupos que cogen un vuelo a Ginebra a las 6 de la mañana, vienen al CERN y después de comer se vuelven para casa", asegura. No existe un retrato robot del visitante, aunque todos comparten "cierto interés por la ciencia" al margen de su edad o nivel de estudios: "Muchas veces son más participativos quienes no tienen un conocimiento previo sobre el tema". Eso sí, el CERN trata de acercase sobre todo a los jóvenes y despertar vocaciones científicas.

Sala de control del LCH situada en Saint-Genis-Pouilly, Francia, cerca de Ginebra.

Sala de control del LCH situada en Saint-Genis-Pouilly, Francia, cerca de Ginebra. Reuters

Eso no impide que lleguen personajes como "un estafador que se presentaba como sanador cuántico y, supuestamente, trabajaba con fotones entrelazados para curar a sus pacientes" o visitas como la del el Ejército del Aire de Ecuador, una de las que Héctor García recuerda con más cariño: "Al acabar la conferencia introductoria y siguiendo el más estricto protocolo, me entregaron una medalla por los servicios prestados".

La repercusión mediática del hallazgo del bosón de Higgs ha tenido un gran impacto, pero en los últimos tiempos va perdiendo interés. "La gente empieza a preguntar sobre otras cosas que nos intrigan mucho más, como la materia y la energía oscuras", comenta Héctor García.

¿Qué podemos ver?

El tipo de visita va a depender de una circunstancia: si el LHC está parado o en marcha. "Cuando está en funcionamiento, es imposible acceder al túnel por razones de seguridad, pero en los momentos en los que se realizan paradas largas por mantenimiento se puede acceder a los experimentos y contemplar en primera persona el gran amasijo tecnológico", señala el investigador español.

La mayor parte del tiempo ocurre lo primero, pero tiene su parte buena para el visitante, como la posibilidad de ver en directo desde la sala de control el funcionamiento del detector del experimento ATLAS, es decir, uno de los puntos donde se producen las colisiones del LHC y los científicos buscan rastros de partículas.

Sin embargo, visitar los detectores ATLAS, CMS, LHCb y ALICE -cuando el LHC no está activo- es una de las experiencias más impactantes, sobre todo en el caso del primero, que tiene unas dimensiones gigantescas, con sus 40 metros de longitud y 25 de altura.

El impresionante detector de muones CMS.

El impresionante detector de muones CMS. Reuters

En cualquier caso, existen otros muchos lugares curiosos: el CERN Control Center, edificio desde el que se pone en marcha el LHC; el hangar SM18, donde se examina el comportamiento de los imanes que guían a las partículas para que su trayectoria sea circular, en condiciones de bajas temperaturas extremas y muy alto vacío; el Computing Center, auténtico cerebro informático del CERN; el LINAC, que incluye la fuente de donde se extraen los protones que después se hacen colisionar; el LEIR, un acelerador con forma de cuadrado; el CAST, un detector que trata de hallar una partícula hipotética llamada axión; el Antiproton Decelator (AD), que produce y acumula antimateria. "Cada vez son más los emplazamientos que se pueden visitar", comenta Héctor García, las áreas que no se muestran son las restringidas por razones de seguridad.

Y si lo que buscamos es un selfie que reafirme nuestra condición de friquis de la ciencia ante la estupefacción de los colegas que prefieren dejar constancia de sus vacaciones con fotos de atardeceres en la playa, el gran icono es el Globo de la Ciencia y la Innovación y el módulo criogénico que se expone delante de él, igual a los que hay en el túnel.

Tampoco faltan otras opciones y curiosidades, desde el museo que alberga elementos de antiguos experimentos, hasta el detector de rayos cósmicos y los nombres de las calles, un homenaje a la historia de la ciencia. Y, ya puestos, podemos comer allí mismo, en el restaurante del CERN, y disfrutar de la oportunidad, única en la vida, de compartir mesa con un premio Nobel.