Investigación científica

En busca del Planeta X

Descubrimientos recientes han vuelto a poner sobre la mesa la posibilidad de que el Sistema Solar albergue otros planetas gigantes.

Así se vería el sistema solar desde Sedna

Así se vería el sistema solar desde Sedna

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Decir Planeta X es entrar en la dimensión desconocida. Bajo este apelativo suelen englobarse cuerpos celestes que ya deberían haber provocado el fin del mundo en varias ocasiones, incluyendo el inexistente planeta Nibiru, protagonista del tan famoso como ficticio Apocalipsis Maya en 2012. La idea de un masivo objeto espacial próximo a nosotros, pero desconocido y a menudo amenazante, ha alimentado la fantasía de escritores y guionistas, ha seducido incluso a Lars von Trier en su Melancolía (2011) y ha alimentado apocalípticas teorías de la conspiración.

Quizá lo sorprendente es que el concepto de Planeta X procede originalmente del dominio de la ciencia real. A comienzos del siglo XX el astrónomo aficionado Percival Lowell, que dilapidó su credibilidad defendiendo la existencia de canales artificiales en Marte, sostuvo que un planeta desconocido provocaba anomalías en las órbitas de Urano y Neptuno. Aunque décadas después se reveló que no había tales anomalías, sino simples errores de cálculo, la idea de Lowell espoleó una búsqueda que en 1930 conduciría al descubrimiento de Plutón.

Hoy sabemos que el Planeta X, tal como Lowell lo definió, no existe. Pero el término ha cuajado para designar cualquier presunto planeta del Sistema Solar de cuya existencia no tenemos noticia. Y pese a que esta posibilidad ha sido cuestionada a lo largo de las décadas, lo cierto es que hoy sigue vigente. Y en esta ocasión, con fundamento científico sólido.

Némesis, la "estrella de la muerte"

Desechada la propuesta de Lowell, la idea resurgió en 1977, pero en forma de estrella. Aquel año el astrónomo británico Edward Robert Harrison publicó un artículo en la revista Nature en el que formulaba una intrigante pregunta: "¿Tiene el Sol una estrella compañera?". Harrison explicaba ciertas anomalías en algunos púlsares planteando que nuestro Sol formaba parte de un sistema binario, como el del planeta Tatooine en la saga Star Wars.

Siete años después, los paleontólogos David Raup y John Sepkoski publicaban un estudio (PDF) en el que descubrían una asombrosa regularidad en las extinciones masivas acaecidas en la Tierra en los últimos 250 millones de años. Según estos dos científicos, dichas extinciones se sucedieron cada 26 millones de años, como un reloj de cuco cósmico. Raup y Sepkoski no podían explicar la causa, pero sugerían "fuerzas extraterrestres".

La hipótesis de Harrison y las observaciones de Raup y Sepkoski no tardaron en fundirse en una misma teoría. En 1984 dos equipos de astrónomos proponían independientemente que la estrella compañera del Sol, probablemente una enana roja o marrón, circulaba en una órbita muy amplia que cada 26 millones de años atravesaba la nube de Oort, una masa de millones de objetos dispersos que envuelve al Sistema Solar.

La hipotética estrella fue denominada Némesis, en honor a la diosa griega que castigaba la arrogancia, y su distancia del Sol se estimó en 1,5 años luz, o 95.000 Unidades Astronómicas (UA, la distancia de la Tierra al Sol). Según expone a EL ESPAÑOL el astrónomo de la Universidad de Luisiana (EEUU) Daniel Whitmire, uno de los autores de aquellos estudios, las extinciones se explicarían por "lluvias de cometas, producidas cuando Némesis pasa a través de la nube de Oort, dispersando cometas hacia el interior del Sistema Solar".

Las extinciones se explicarían por lluvias de cometas, producidas cuando Némesis pasa a través de la nube de Oort, dispersando cometas hacia el interior del Sistema Solar

La periodicidad de las extinciones fue confirmada en 2010 y en 2014 por el físico Adrian Melott y el paleobiólogo Richard Bambach. Ambos ampliaron la investigación original con nuevos datos que mostraban una regularidad de 27 millones de años durante los últimos 500 millones de años, el doble que en el estudio de Raup y Sepkoski. "Que yo sepa, en varios años no ha habido estudios publicados que nieguen la periodicidad", confirma Melott a este diario.

Pero una cosa es que las extinciones se hayan sucedido regularmente, y otra que Némesis pudiera ser la causa. Esta hipótesis recibió un jarro de agua fría cuando los cálculos indicaron que, de existir la "estrella de la muerte", los efectos de la gravedad galáctica perturbarían su órbita, retrasando su paso por la nube de Oort un poco más en cada vuelta. Es decir, que las extinciones deberían ir distanciándose en el tiempo, algo que no ha ocurrido. El tiro de gracia a Némesis lo han asestado las observaciones del cielo con potentes telescopios de infrarrojos que no han detectado su presencia. En 2013, los datos de la sonda WISE de la NASA revelaron miles de nuevas estrellas, incluyendo muchas enanas marrones lejos del Sistema Solar; pero ni rastro de una compañera del Sol.

Misterio en la nube de Oort

Según precisa a EL ESPAÑOL Kevin Luhman, astrónomo de la Universidad Penn State (EEUU) que analizó los datos de WISE, los resultados no solo refutan la existencia de una estrella, sino también de "planetas del tamaño de Saturno hasta una distancia de 10.000 UA, o del tamaño de Júpiter hasta 26.000 UA". Las observaciones de WISE derriban también otra versión del Planeta X conocida como Tyche o Tique, una especie de hermano bueno de Némesis: un planeta gaseoso gigante presuntamente situado en la nube de Oort y que no provocaría extinciones en masa, pero que explicaría la dinámica de ciertos cometas.

Con todo, Luhman admite la posibilidad de que existan planetas mayores que la Tierra, aunque menores que Saturno, en la región lejana del Sistema Solar. "Planetas como estos serían demasiado pequeños y tenues para que los detectara el rastreo que realicé con WISE", advierte. Y uno de estos objetos más pequeños y cercanos podría también explicar las extinciones regulares.

Así se imagina la NASA el planeta enano Sedna

Así se imagina la NASA el planeta enano Sedna

En 1985 Whitmire y su colega John Matese sugerían en Nature la existencia de un Planeta X de hasta cinco veces la masa de la Tierra a una distancia del Sol de hasta 100 UA. Este planeta podría provocar las extinciones periódicas, no debido a su circulación como en el caso de Némesis, sino por el desplazamiento de su órbita completa que interferiría con los cometas del cinturón de Kuiper, una faja de asteroides situada más allá de Neptuno. Para Melott, esta idea del Planeta X "parece una explicación viable para las extinciones regulares cada 27 millones de años". Recientemente, Whitmire ha reunido y actualizado los detalles sobre esta hipótesis en un estudio que se publicará en la revista MNRAS Letters, aunque "el modelo básico no ha cambiado desde hace 30 años; es la última teoría que sigue en pie", apunta.

Uno de los argumentos que apoya esta última versión del Planeta X es el extraño movimiento de ciertos cuerpos del Sistema Solar, la misma pista que guió a Lowell hace un siglo. Solo que en este caso no hay errores de cálculo: el planeta enano Sedna, descubierto en 2003 y ubicado en la nube de Oort, tiene una órbita absurda, alargada y excéntrica; tan aberrante que su codescubridor, el astrónomo de Caltech Mike Brown, dijo: "Sedna no debería estar ahí. No hay manera de poner a Sedna donde está". Su trayectoria solo podría justificarse si otro gran objeto lo hubiera arrastrado. En 2012 se halló un segundo caso similar, un planetoide llamado 2012 VP113. Para ambas anomalías, la hipótesis del Planeta X venía como anillo al dedo.

En busca de los planetas X e Y

Quien ha colocado este anillo en su dedo es el astrónomo de la Universidad Complutense de Madrid Carlos de la Fuente Marcos. En 2014 y junto a su hermano Raúl, también astrónomo, De la Fuente Marcos publicó dostrabajos en la revista MNRAS Letters que atribuían las anomalías orbitales de los objetos transneptunianos como Sedna y 2012 VP113 a la existencia de al menos dos grandes planetas más allá de Plutón, a distancias del Sol de 200 y 250 UA, respectivamente. "La explicación más simple es que la influencia gravitatoria de algo los ha mantenido [a los objetos transneptunianos] de esa forma desde la formación del Sistema Solar", expone De la Fuente Marcos a EL ESPAÑOL.

"Sorprendentemente o no, nuestro trabajo no ha recibido críticas negativas", comenta el astrónomo, que añade: "Parece que nuestros resultados se consideran robustos, al menos dentro del contexto de los datos disponibles". De hecho, los descubridores de 2012 VP113 ya insinuaron la existencia de una súper-Tierra diez veces más pesada que nuestro planeta a unas 250 UA del Sol. Y según confirma a este diario el astrofísico Scott Tremaine, del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (EEUU) y experto en dinámica galáctica y del Sistema Solar, planetas como estos "podrían ser una consecuencia natural del proceso que formó el Sistema Solar".

Planetas como estos podrían ser una consecuencia natural del proceso que formó el Sistema Solar

No obstante, De la Fuente Marcos reconoce que existen otras posibilidades; por ejemplo, que el paso casual de una estrella cercana en los primeros tiempos del Sistema Solar hubiera alterado para siempre las órbitas de Sedna y 2012 VP113.

Por el momento, la confirmación de si existe un Planeta X, o varios, deberá esperar. "Si se descubren nuevos ETNOs [Objetos TransNeptunianos Extremos], sería posible refinar las predicciones y realizar una búsqueda mejor definida y más eficiente", señala De la Fuente Marcos. Por su parte, Luhman cree que tales planetas podrían descubrirse a las distancias predichas por los astrónomos españoles, pero no mucho más lejos: "Un planeta más allá de unas 1.000 UA no sería detectable con ninguno de los telescopios existentes o planeados". Las mayores esperanzas están ahora depositadas en el Large Synoptic Survey Telescope (LSST), un observatorio que EEUU construye en el norte de Chile y que estará plenamente operativo en 2022. Según Tremaine, este telescopio "rastreará una gran parte del cielo con sensibilidad suficiente para detectar el planeta propuesto".

Y por si a alguien le preocupan las extinciones periódicas cada 27 millones de años, podemos estar tranquilos: según Melott y Bambach, el último pico se produjo hace solo 11 millones de años, así que aún queda tiempo para el siguiente. Si no fuera porque, según los científicos, actualmente estamos asistiendo a una nueva extinción masiva cuya causa no se llama Némesis ni Planeta X, sino Homo sapiens.