CARTA DEL DIRECTOR

La llegada de Alcibíades

Transcurría el banquete de los mejillones, el albariño y el futbolín cuando se oyó una gran algarabía, alguien llamó a la puerta de En tu casa o en la mía, que más bien era la de la Moncloa tuneada, y no sólo el reputado showman y su invitado de honor sino toda la troupe de la Vieja Política que había urdido el programa sintió un estremecimiento viendo como podía aguársele la fiesta. Pero no adelantemos acontecimientos y veamos qué sucedía en ese momento en el último plató del Gran Hermano.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Más allá de lo obvio -la obscenidad de que la televisión pública siga siendo utilizada para estas felaciones al poder- hay que reconocer que lo del miércoles puede servir para resolver un problema quien sabe si inminente de la política española. Puesto que la Vieja Política también necesita un adalid porque siempre va a haber millones de ciudadanos dispuestos a aferrarse a ella, no hay ya ninguna duda de que Bertín Osborne es su hombre.

Nadie como él para encarnar ese populismo simpaticón de cuerpo entero, trenzado de ternurismo familiar, frases mil veces redichas y algunos tacos, siempre con perdón, que tanta empatía puede generar entre las personas de edad con una formación básica. Estamos ante el Rajoy que a Rajoy le gustaría ser. No es por la vara de alcalde de Jerez sino por el sillón presidencial por el que debería competir. En cuanto se abra el próximo proceso sucesorio en el PP, ya lo saben: ni Soraya, ni Feijoo; la apuesta segura es Bertín contando chistes a lo Ronald Reagan.

En cuanto al señor que le acompañaba soplando albariño mientras él cocinaba los mejillones y se dejaba ganar al futbolín, como debe hacer todo buen anfitrión con su invitado, ya sabemos lo que da de sí, incluso cuando se las ponen tan a huevo. Ni con escena del sofá -con pudibundos cojines interpuestos, no vaya a pensar nadie lo que no es- hay quien le saque un pase a esta criatura. Ya puedes movilizar todo un ejército de guionistas, maquilladores, iluminadores y estilistas, seleccionar la banda sonora más guay o mostrar sus fotos con los personajes más populares que Rajoy no te va a dar otras frases memorables que "oye, esas son las cosas que pasan en la vida", "cada uno hace lo que puede, no vamos a volvernos locos" o "España es un país donde hay muy buena gente".

Aunque le faltó añadir "allí donde quiera que vas", no se privó de soltar una larga retahíla de topónimos correspondientes a las zonas en las que más necesita los votos. Estamos ante un señor que en vez del programa electoral recita nombres de pueblos.

De hecho su yo más genuino afloró cuando, refiriéndose a quienes le acusan de pasividad en Cataluña, se arrancó por peteneras: "No sé qué querían que hiciera... alguna barbaridad". Es la propia sustancia del Estafermo. La mera idea de movimiento autónomo turba su ánimo y le produce erupción cutánea, hasta el extremo de asociarlo a la "barbarie". La civilización es para él, y en todos los ámbitos, il dolce far niente. Eso sí, promete que cuando se consume el Supuesto Anticonstitucional Máximo, responderá al golpe con el movimiento reflejo de la ley, transformado en mazo justiciero. Un trámite obligado para el que basta un secretario de juzgado de primera instancia.

Su yo más genuino afloró cuando, refiriéndose a quienes le acusan de pasividad en Cataluña, se arrancó por peteneras: "No sé qué querían que hiciera... alguna barbaridad"

Total que cuando preguntó como colofón "¿te parezco tan aburrido como dicen algunos que soy?", hubo barrios enteros en los que el servicial "ni de coña" de Bertín quedó apagado por un "sííí" coral que brotó de los bloques de viviendas de forma perfectamente audible por conductores rezagados y transeúntes noctámbulos.

Pero Rajoy no merece ser castigado el 20-D porque sea un tío sieso y mal aparcado o porque tenga la sonrisa hendida en la mandíbula como si acabara de tragarse la dentadura postiza. Aznar tampoco era Leonardo di Caprio y al final de su primera legislatura había hecho los suficientes méritos para ser recompensado con una mayoría absoluta. Si en el mejor de los casos Rajoy va a ser degradado de la omnipotencia a la precariedad, no es porque caiga mal.

El orden de factores sí altera el producto. Rajoy cae mal porque nos ha engañado contumaz y maliciosamente. Prometió bajar los impuestos y entre IRPF e IVA nos ha quitado 40.000 millones que de ninguna manera piensa devolver. Prometió resolver el problema del paro y, a pesar de todo el viento a favor del último año y medio, la legislatura termina con menos personas empleadas que cuando empezó. Prometió derogar o reformar leyes socialistas ofensivas para gran parte de su electorado y no sólo no lo ha hecho sino que ahora ya sólo tiene piropos para González, Rubalcaba y Zapatero. Prometió proteger a las víctimas del terrorismo y al que a la hora de la verdad protegió fue al siniestro Bolinaga. Prometió despolitizar la justicia y ahí sigue atrincherado tras ella. Prometió luchar contra la corrupción y ahora hemos sabido que no sólo mandó aquellos SMS a Bárcenas que le hubieran costado el cargo en cualquier otra democracia, sino que movilizó a su vicepresidenta, a su ministro del Interior y a su editor plenipotenciario para que se aplicaran a la tarea de mantener su boca cerrada. Según confesión de parte, hasta "diez o doce veces" recurrió Bárcenas a ese oficio de tinieblas, en el que por cierto sigue envuelto a modo de manto protector.

El silencio sepulcral con que el sistema mediático de la España oficial ha engullido el elocuente manuscrito del extesorero divulgado por nuestro periódico contrasta con su difusión masiva por las redes de la viralidad. Era lo previsible. Pero el que algo sea habitual no lo convierte en normal, como bien nos recordaba Brecht, y esta es una de los anomalías, la de los turbios movimientos orquestales en la oscuridad, que los ciudadanos tendrán la oportunidad de empezar a extirpar dentro de dos semanas.

Afortunadamente alguien ha llamado a la puerta como ocurrió en aquel banquete de Sócrates y demás vejestorios atenienses relatado por Platón. Su irrupción uncido de guirnaldas, arrullado por los pífanos, ebrio de idealismo y audacia, no puede dejar indiferente a nadie. Es el atractivo, seductor y carismático Alcibíades. Es decir la primavera abriéndose camino en medio del invierno. Habrá un antes y un después a partir de las 12,30 de la mañana del jueves cuando el CIS divulgó que Ciudadanos había crecido 4,3 puntos en sólo un mes. Cada equis tiempo llega un Alcibíades que ilumina la oscuridad. Y Alcibíades se llama esta vez Albert Rivera.

Alcibíades recibe las lecciones de Socrates, de François-André Vincent.

Alcibíades recibe las lecciones de Socrates, de François-André Vincent.

No seré yo quien caiga a estas alturas en el culto a la personalidad, máxime cuando sé muy bien que en la trepidante vida de Alcibíades, ese primer griego entre los griegos, hubo más que de todo. Pero sí que es cierto que un liderazgo democrático capaz de cambiar las cosas se basa en la "noble mentira" -así la llamaba Platón- de que todos los hombres están hechos de barro, excepto algunos en los que los dioses mezclaron unas cuantas vetas de oro. Como ocurría con Suárez o con González antes de llegar al poder, Rivera es hoy percibido, tras sus hercúleos trabajos en Cataluña, como uno de esos "hombres de oro" capaces de conducir a sus compatriotas al éxito, sortear los peligros y protagonizar hechos extraordinarios que impliquen a las multitudes en proyectos colectivos.

"Albert Rivera no es de derechas ni de izquierdas, es de lo que haga falta", dijo con su mejor vis provocadora Pablo Iglesias durante el debate del atril vacío. No se dio cuenta de que estaba haciéndole media campaña al líder de Ciudadanos. Inmediatamente me acordé de lo que dice Montaigne en el capítulo La formación de los hijos de sus Ensayos: "Me he fijado a menudo, con gran asombro, en la extraordinaria naturaleza de Alcibíades, capaz de transmutarse tan fácilmente en formas tan distintas, sin perjuicio de su salud... tan comedido en Esparta como voluptuoso en Jonia". Por eso es la suya "la vida más rica que conozco para ser vivida entre los vivos".

Tras plantar cara a la hidra de Lerna y al jabalí de Erimanto, robar las manzanas del jardín de las Hespérides en la memorable noche electoral catalana y a punto de capturar a Cerbero y sacarlo del inframundo, Albert Rivera es, en efecto, "de lo que hace falta". Y no porque sea espartano con Cristina Cifuentes y voluptuoso con Susana Díaz, sino porque lo que nos propone es lo conveniente, lo necesariamente perentorio: un cambio en las reglas del juego político que devuelva poder a los españoles, ponga coto a la corrupción y los abusos y reintroduzca la búsqueda de los grandes consensos en la forma de gobierno. En eso se resume el atractivo programa con el que concurre Ciudadanos.

Rajoy mira a Rivera con los mismos ojos del deseo que, según Plutarco, posaba Sócrates sobre Alcibíades. Pero a diferencia de este "que se sometía a Sócrates, apartando de sí a los amantes ricos y famosos", Rivera nunca incurrirá en esa coyunda. Ahí está su compromiso público en EL ESPAÑOL, apretón de manos mediante: ni gobierno de coalición ni pacto de legislatura. Como me dijo el representante de uno de los fondos de inversión comprometidos en España durante la reunión que hace poco mantuve con ellos en la City londinense, "otra cosa sería si en el PP se produjera un cambio; pero el día que pacte con Rajoy, se acabará el mito de Rivera".

Como ocurría con Suárez o con González antes de llegar al poder, Rivera es hoy percibido, tras sus hercúleos trabajos en Cataluña, como uno de esos "hombres de oro" capaces de conducir a sus compatriotas al éxito

El papel de Rajoy en el repertorio plutarquiano no sería de hecho el de Sócrates, sino el de aquel Feax -menudo nombrecito- del que se dice que "era más dado a mostrarse afable y persuasivo en las conversaciones privadas que a sostener debates en las asambleas". Por eso, ya que está fuera de su alcance ser Albert Rivera, lo que le gustaría es ser Bertín Osborne. Pero como tampoco da la talla, pues manda a Soraya a reemplazarle de la mano del plenipotenciario.

Como dice Shakespeare, precisamente por boca de Alcibíades en su Timón de Atenas, "si la cordura consistiera en sufrir, el asno sería mejor capitán que el león". En España llevamos demasiados años de sufrimiento tanto por la situación económica como por la degradación de nuestra cultura política y ya es hora de vivir un cambio de ciclo.

Cuando el precoz Alcibíades se defendió a mordiscos de un contrincante de mayor edad, éste le reprochó que mordía "como las mujeres". Y Alcibíades le replicó: "No, como los leones". Ninguna apuesta política es segura y por algo advertiría Aristófanes años más tarde contra "los peligros de meter a un león dentro de tu ciudad". Pero si, dando un paso más en la glosa de las palabras de Pablo Iglesias, se trata de estar a "lo que haga falta", hoy por hoy Albert Rivera es precisamente lo que hace falta.