Tras la bola

Hablaremos de tenis, aunque también de viajes, ciudades, culturas y periodismo en primera línea de batalla. Porque hay cosas que no se ven, pero tampoco se cuentan.

 

Djokovic con la Copa que le proclama campeón de Roland Garros.

Djokovic con la Copa que le proclama campeón de Roland Garros. Reuters

Un poco más de historia

Novak Djokovic lo merecía. Empeñado en ganar Roland Garros desde 2012, intentando desde ese año conseguir el único grande que le faltaba para completar el Grand Slam, el serbio había fracasado cuatro veces, pese a poner todo de su parte. Su victoria ante Andy Murray en la final del domingo demostró la veracidad de un refrán bien antiguo: el que la sigue la consigue.

En el caso del número uno, trabajador incansable, el deporte ha sido muy justo. Nole es un atleta cuidadoso en todos los detalles que marcan la diferencia. Sobre esa base ha construido su evolución, convirtiéndose hoy en un jugador que va camino de ser el mejor de todos los tiempos si nada (una lesión importante, por ejemplo) ni nadie (uno de sus máximos rivales de siempre o la llegada de un rostro nuevo) le bloquean el camino. Está destinado a marcar una época que lleva tiempo escribiendo, primero en silencio y ahora haciendo mucho ruido. Sin embargo, será ese mismo tiempo el que descifre la pregunta que todo el mundo se hace: ¿hasta dónde puede llegar?

De momento, su triunfo en París le colocó en una situación que jamás imaginé poder ver, que incluso horas después de la final me suena a broma. Djokovic es el campeón en activo de los cuatro torneos del Grand Slam, que ha ganado de forma consecutiva (aunque no ordenada). Ni escribirlo, ni tampoco contarlo de viva voz, es suficiente para entender lo que eso significa. Rod Laver lo hizo en 1969 (en el mismo año, que tiene aún más mérito) y se cuenta como una hazaña en blanco y negro que no se repetiría ni aunque se alineasen los planetas.

Pese a que Djokovic no ha conseguido ganar los cuatro grandes en la misma temporada (y que nadie descarte que pueda hacerlo en algún momento), el mérito de encadenar títulos en las cuatro catedrales más importantes del calendario está fuera de cualquier debate. Son muchas semanas, muchos partidos, muchos rivales hambrientos y muchas emociones que controlar. Todo eso ha gestionado el serbio y de forma casi siempre impecable.

Así, y para cerrar un Roland Garros frenético, el último día dejó otro gran regalo para saborearlo con calma. En París, un poco más de historia que contar y analizar. Tras Muguruza y su bautismo, Djokovic y su transformación completa en mito.