Opinión

La corriente escandinava

Un bebé en una imagen de archivo.

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Uno no llega a saber qué es, exactamente, la perplejidad hasta que no se adentra en el infinito mundo de los artículos que, obligatoriamente, hay que adquirir cuando va a aumentar el número de integrantes de tu familia.

¿Está tu mujer embarazada?

Si la respuesta es sí, prepárate para ver y escuchar todo tipo de frases hechas y eslóganes irrebatibles, pero, sobre todo, para sentirte prejuzgado, en función de tus pensamientos sobre los artículos para bebés y para sentirte el satanás de los padres del mundo, antes, incluso, de que tu hijo pase de ser un nasciturus.

Hace unos días, la futura mamá y un servidor, ya muy en el rol de padre y entregadísimo esposo, tuvimos la feliz iniciativa de visitar una tienda que se dedica a vender cualquier objeto imaginable que pueda satisfacer las necesidades de un bebé. A fuer de sinceros, deberíamos decir que las necesidades no son las del bebé. Obvio, por axiomático. Las necesidades, como en todos los órdenes de la sociedad consumista, no son las propias irrenunciables de aquél individuo a las que van dirigidos los bienes y servicios; más bien son las que se crean a partir de cualquier situación cotidiana que pueda uno sospechar.

Así, puedes llegar a convertir tu salón de estar en una estancia dependiente del CNI o la CIA, en la que tienes acceso de audio y video a la habitación de tu bebé. Pudiera parecer que, en cualquier momento, el recién nacido va a empuñar un walkie talkie para decirte: "De Tango 02 para Sierra, sin novedad en la habitación. Cambio y corto".

Es todo un sofrito de materiales, edades separadas por guiones, miles de euros, radiaciones solares, amortiguadores de ruedas, minis y maxis y sistemas de sujeción.

Por muy consciente que alguien pueda ser, gracias, sobre todo, al mundo de internet, de las infinitas posibilidades de consumo que hoy en día hay, nunca puede estar preparado para la siguiente exposición de un señor, quizás tendero, pero, con total seguridad, discípulo de alguna corriente filosófica que se me escapa: "Estamos ante un carro de alta gama, es un gran producto; fíjese que sigue la corriente escandinava, ya que en el norte de europa están muy concienciados con la seguridad, sin dejar de lado el diseño". Y no tuvimos otra posibilidad que asentir y dejar caer un lacónico "claro, claro".

Ya no solo hay que tener una cuna, hay que tener también una minicuna; ya no se cambia el pañal encima de una cama, hay que tener un cambiador y otro transportable; no oses poner un colchón de espuma, ha de ser con la última tecnología de la NASA, no tientes a la suerte con una posible dolencia de lumbago de tu bebé; ¿el material de las ruedas de tu carro no es el mismo que el de las ruedas del Mclaren de Fernando Alonso? No te las suministra Pirelli? Pero, ¡cómo te atreves!

El artilugio que se acopla al asiento de atrás de tu coche, para que se siente tu querido niño, entiendo que será el mismo que llevan los F 15, con capacidad de propulsión, ¿no? Porque de lo contrario podría llegarte alguna querella o demanda, de forma que podrías perder la custodia antes de que tu hijo haya dicho alguna vez "papá".

Queridos lectores, yo me resigno, me rindo, quedo a las órdenes de quien mande aquí, el General Bogaboo, o el Coronel Chicco, la corriente escandinava ha podido conmigo. En este mar de cochecitos, sillas de paseo, bolsos maternales, mochilas para bebés, sillas gemelares, o de automóvil, tronas y cunas de viaje, hamacas, bañeras, vigila bebés y minicunas yo, definitivamente, voy a la deriva de lo impuesto; solo preparo la cartera y digo amén.