Opinión

El abismo de los seis sentidos

Las vías al aire en la estación de Chamartín.

Las vías al aire en la estación de Chamartín. Getty

  1. Opinión

Por Félix Jacinto Alonso Holguín, @AlonsoHolguinFJ

En el siglo XXI de la era cristiana, estando en una organización democrática en España, llevamos más de 50 años siendo azotados por la lacra del terrorismo. Entre otras bandas, grupos e individuos de índole terrorista, queda aún ETA como reducto combativo asesino. Permanecen sin resolver crímenes horrendos; quedan por averiguar múltiples ejemplos de acoso; hay muchas personas fuera de sus lugares de origen o residencia habitual ya que, por su seguridad individual, hubieron de trasladarse de ciudad o comunidad autónoma.

Ser víctima del terrorismo es una condición que marca toda la vida de una persona, a una familia y a la sociedad. Aquellos que hemos sufrido un atentado terrorista hemos de aprender a vivir con esos infames recuerdos. Nos persiguen cada día todos los detalles horribles que vivimos. ¿Cómo? Sí, como lo oyes. Voy a poner varios ejemplos más gráficos de lo que piensas, tan sencillos que cualquier persona podrá entenderlo.

Oído

Escuchar la radio es una de las pasiones que tengo desde muy joven. Una mañana de marzo iba a trabajar a mi destino en Madrid. El tren se movió de atrás hacia adelante bruscamente. Los auriculares amortiguaron un sonido muy intenso y breve; los cables de la catenaria cayeron al suelo… hasta ahí, todo acabó y comenzó otra vida para muchos de nosotros, de vosotros, de ustedes.

De aquello, cada vez que oigo una detonación -como por ejemplo un petardo- se dispara el recuerdo de aquél fatídico día. ¿Se imagina el sufrimiento y ánimo reprimido en una Cabalgata de Reyes Magos con un niño, disimulando ser feliz y no dolorido por fuera?

Gusto y olfato

Se abrió la puerta que había entre los dos vagones, escupiendo una humareda negra que entró a mi cuerpo por la nariz y boca. Se alojó en mi garganta. Impregnó las papilas gustativas; partes se quedaron en la lengua, en paladar… y llegaron al cerebro:

-¿Qué sabor? -pensé- Es como... ¡pólvora!

El explosivo tenía un recuerdo de lo más cercano para un Guardia Civil. Una de las funciones propias es la destreza en el uso y manejo de armas de fuego. La garganta se secó e impregnó de ese sabor tan particular, que es la detonación de un explosivo, a mayor o menor escala. ¿Te imaginas cuando pruebas un alimento ligeramente tostado? Ahí... vuelvo allí.

Vista

Muchas noches y días, incluso en el teletexto que aparece en el techo de la habitación esas innumerables jornadas de insomnio, recuerdo a una joven con el estómago seccionado y los intestinos colgando. Yacía en el suelo de un vagón de tren con el cuerpo desnudo y la mirada perdida. Me acerqué a ella para comprobar si tenía pulso, respiraba y conservaba un pequeño hálito de vida. Su cuerpo estaba caliente, pero ya no vivía. El grito y los llantos a mis espaldas llamaron la atención. Bajo una maraña de hierros y plásticos de asientos, alguien se quejaba. Entre varias personas logramos sacar a una señora que vestía de negro… cuando cruzamos la vía con ella en un banco a modo de camilla, vi el cuerpo de un caballero tendido en las piedras con la cabeza seccionada del tronco... y así una mañana entera que durará toda la vida.

Un día conocí a una madre, cuya primera imagen vi hace años. Ella aparecía tendida en el suelo junto a su hija con las piernas seccionadas por una bomba lapa que ETA había colocado en su coche. Gran ser humano, persona y amiga. ¿Puede ser más ruin un individuo que se mofa de aquella niña? Sí, se puede.

Tacto

En tanto estaba en el andén junto al tren, sacando heridos, trasladando al hospital de campaña o buscando si alguno de los cuerpos yacentes tenía un soplo de vida, una mujer llamó mi atención. Iba cogida del brazo de un caballero y pedía ayuda para salir de la estación:

-Cierro los ojos porque tengo cristales en mi cara -me dijo. -Pues agarre también mi brazo, que juntos saldremos de aquí…

Y nos llegamos, bajando por el túnel de las vías, fuera de la estación. Se sentaron ambos en las escaleras, mientras iba a notificar a los médicos del hospital de campaña instalado en mitad de la calle su estado. Sus manos habían rozado las mías. El simple contacto llegó al corazón, desplazó un trozo de mi alma y me acompaña cada día de mi nueva existencia. Ahí nació Clara, mi nueva hermana. ¿Se imaginan la conjunción entre la calidez de una mano que pide ayuda y otra que acompaña para salir de un infierno?

Sentimiento

Es el sexto y último sentido que referiré hoy. Este agrupa al resto de los anteriores cuando, por cualquier causa, vuelvo a revivir el atentado terrorista que sufrí y otros sucedidos en el mundo. La razón es simple: oigo los ruidos, veo las amputaciones, huelo la carne quemada, olfateo la pólvora, palpo el frío de la muerte y siento el odio que mensajes, como Guillermo Zapata, son vertidos al aire de nuestra democracia.

Algún día tendré que explicar esto a mi hijo, que ahora cuenta con 10 años de vida, y aún sorteo con conjuntivitis... cuando me ve llorar sin razones explicables.