Cartas sobre España de un viajero ruso

Portada de 'Cartas sobre España' de Vasili Pretrovich Botkin/ Archivo

Portada de 'Cartas sobre España' de Vasili Pretrovich Botkin/ Archivo

Por Manuel Fernández Lorenzo (profesor de la Universidad de Oviedo)

Vasili Petrovich Botkin, un escritor ruso, uno de aquellos viajeros románticos que visitaron nuestro país en el siglo XIX, nos describe a los españoles, en su libro Cartas sobre España (Edición de Àngel Luis Encinas Moral, Miraguano Ediciones, 2012), y a diferencia de los clásicos Washington Irving, Merimé, George Borrow, sin basarse en los prejuicios habituales en la Europa Protestante contra España, sino que, desde su simpatía de un pueblo más emocionalmente afín a lo latino, como el ruso, nos percibe como un pueblo hospitalario, generoso y de natural cortés, aunque no deja de señalar una serie de defectos que todavía hoy nos afligen: la anarquía de nuestras instituciones, la corrupción y la falta de solidaridad entre las regiones, el localismo y la falta de claridad en su concepción de la unidad igualitaria nacional, la manía por rehacer las Constituciones, y el caso omiso a las leyes. El desapego por la industria y el comercio, el abandono de la ciencia y las artes. No obstante, tras su visita a Gibraltar, elogia la “exquisitez congénita” de las costumbres españolas comparadas con la “impostada y patrañera exquisitez de los ingleses”.

No podemos más que ver entonces que el problema principal de esta nueva grave crisis de la Restauración monárquica en la regeneración política, económica y cultural de España, a la que estamos asistiendo, se debe fundamentalmente a la persistencia de estos defectos ya seculares de la propia sociedad civil española, reflejados en la hoy tan desprestigiada clase de políticos en que ha depositado mayoritariamente sus votos y su confianza. Por ello no bastaría con sustituir de la noche a la mañana tales políticos por otros, sino que es necesario cambiar la forma de pensar y actuar de la propia sociedad, lo cual debe intentarse haciendo comprender a la mayoría de los españoles, angustiados ante lo que nos acontece, que deben de ser más cautos en la vigilancia y corrección de tales defectos y no dejarse llevar más por la demagogia y los cantos de sirena populistas. Deben de preocuparse por comprender cuestiones abstractas tales como qué nos interesa mantener y que no, en nuestras relaciones exteriores con la llamada Europa Unida. Qué significa, en nuestras relaciones interiores, una división de poderes, una independencia judicial, una descentralización autonómica, una unidad nacional, etc. Qué significa en definitiva formar parte de la nación española en el concierto internacional actual, sujeto a cambios no vistos desde la Segunda Guerra Mundial.

En estas décadas de democracia vividas en España se nos ha dado de forma aplastante, a través de los poderosos medios de comunicación, una versión monocorde que excluía cualquier puesta en cuestión sobre asuntos importantes como la entrada en el Euro, el papel de la banca, el tipo de industria a fomentar, etc. Hoy nos encontramos con que la crisis mundial que nos sacude pone en evidencia el fracaso de nuestro país, sometido al dictado de Bruselas debido a las debilidades y miopía de la política seguida por las fuerzas mayoritarias. Pero pone también de relieve la situación menesterosa y marginal en que se encuentran las alternativas críticas al actual sistema debido al sectarismo de los grandes medios de comunicación que, lejos de reflejar todas las opiniones críticas, han marginado sistemáticamente una parte muy significativa de ellas.

Nos encontramos, pues, con que nuestra continuación de la convergencia con los países más desarrollados de Europa, en los últimos años, había sido meramente nominal y no real. La actual crisis lo está poniendo de manifiesto con una España vista como un peligro de desestabilización económica en Europa por su alto endeudamiento público y privado y su cifra récord de paro. La democracia actual, debería haber continuado dicha convergencia, pero acabó abandonando políticas esencialmente correctas del franquismo, como la política de industrialización desde la banca, la política de educación basada en el esfuerzo y el mérito, la despolitización de los cargos técnico-administrativos, etc. Políticas que hoy se vuelven a echar en falta, sobre todo la educativa, por ser esencial en el medio y largo plazo.

Debemos, por tanto, desde las plataformas de opinión de que disponemos, poner de manifiesto el Gran Engaño que los medios de comunicación, grandes televisiones y tantos periódicos, han inoculado durante años en la mente del español medio. Pues, sin ese correctivo previo mantendremos un electorado presa de los seculares defectos que denunciaba el viajero ruso y así no saldremos de la crisis, sino que esta se agravará.