Un alma invicta

Acuarela de "El viejo y el mar", obra de Hemingway/  DeviantArt

Acuarela de "El viejo y el mar", obra de Hemingway/ DeviantArt

Por Santiago Molina Ruiz

«—Abríguese, viejo —dijo el muchacho—. Recuerde que estamos en septiembre.—El mes en que vienen los grandes peces —dijo el viejo—. En mayo cualquiera es pescador».

Ernest Hemingway sabía perfectamente que la vida no es fácil, que está lejos de serlo. Y, muchas veces, se presentan retos, aparentemente, inalcanzables que requieren todo el esfuerzo posible y mucho más. En muchas de esas ocasiones el hombre se ve envuelto por la soledad. Sólo se tiene a sí mismo. Estos desafíos suponen una lucha más en la vida que puede dictar nuestro sino. Es en esas ocasiones cuando hay que tener coraje y valor para lanzarse y enfrentarse a ello.

El viejo pescador en El viejo y el mar —obra maestra del siglo XX— tiene todas esas cualidades. Abraza la incertidumbre y, a pesar de las dificultades que encuentra, su amarga soledad, sus miedos y su desesperación, sigue manteniendo la fe, la pasión y la ilusión por pescar aquel gran pez que ansía tanto y que demostraría que, aún, sigue siendo un hombre recio. La rendición nunca fue una opción. No contempla la derrota. «El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado». Creer en la derrota es una ignominia para el ser.

La determinación que hay en cada una de las personas es la que ha conseguido la mayoría de logros de la humanidad. La pasión es la guía de los soñadores, los que no se rinden. Los que, como el pescador, se dejaron hasta el último aliento por sus sueños y metas. Mas el éxito no siempre es el esperado o reconocido sino que pasa, por completo, desapercibido pero no quiere decir que no se haya obtenido una victoria, puede haberse alcanzado un éxito personal, que, por lo menos, satisfaga de algún modo todo el esfuerzo y el sacrificio realizado. Porque a la pregunta «¿Y qué es lo que te ha derrotado?» la respuesta es: «nada». Entonces se descubre, en efecto, que se ha obtenido una victoria, por lo menos, espiritual y propia. Éstas son, finalmente, las más importantes; las que llenan de orgullo y satisfacción por todo el esfuerzo efectuado.

El pescador luchó hasta la extenuación y, al final, sin obtener lo que esperaba, supo que era capaz de pescar su gran pez. Sólo la mala suerte fue capaz de arrebatárselo al pobre viejo que, impertérrito, pugnó contra la adversidad y contra sí mismo en la soledad de la mar. Nunca perdió la fe, nunca perdió la esperanza «Es idiota no abrigar esperanzas —pensó—. Además creo que es un pecado» y, lo más importante, nunca perdió la confianza en sí, pues lo que mantiene al ser humano es estar convencido de conseguir lo que se propone.

Ni en la más desoladora de las circunstancias se amedrenta. Se mantiene firme, persuadido de su victoria. No teme el aciago destino, ya que piensa que él es quien lo crea. Los tiburones siempre se encontrarán ante un valeroso contrincante. El viejo hombre recuperará su sobrenombre de El Campeón.

Cualquiera que se sacrifique, se apasione y se afane por su sueño llegará más lejos de lo que piensa. Cuando el corazón, por muy solo que se halle, se apasione formará su propio camino y, como es sabido, llegará lejos; allende sus ojos son capaces de ver. Todos tenemos, dentro, un alma inconquistable.

«Todo en él era viejo, salvo sus ojos; éstos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos».

Es septiembre y llegan los grandes peces.