Periodismo carnal

Papel de periódico usado/ Pixabay

Papel de periódico usado/ Pixabay

Por  José Gabriel Real, @Josega90

Algunas asignaturas de la carrera te marcan para siempre. Quizás olvidaste la nota obtenida en la última convocatoria, pero conservas un recuerdo preciso de ciertos momentos, como ese primer beso que está por llegar. Mi promoción padeció a un profesor que ensalzaba las virtudes de Internet mientras nos enseñaba el uso del tipómetro. Me imaginé a un ingeniero de Ferrari presentando un troncomóvil a sus superiores como garantía de éxito en la siguiente temporada de la F1. A partir de ese día, me dediqué a pintar los márgenes de la libreta cuando él peroraba desde el pasillo. Una mañana olvidé el estuche en la residencia y escuché su soflama habitual. Se subió a la tarima y en un alarde de lucidez, defendió la vigencia de la prensa escrita con pasión: “Los periódicos son útiles, vienen muy bien para limpiar los cristales y envolver los plátanos”. Este comentario no me desanimó. Al contrario. Me enseñó a aprovechar mejor el tiempo durante mi periplo universitario; abandoné algunas clases, leí más libros, participé en asambleas y contemplé las nubes desde el césped del parque antes de pedir cita en la oficina de Empleo.

Cuando terminé la carrera repartí currículos como ese comercial risueño que entrega octavillas a los transeúntes. Ambos sabíamos que los papeles de uno y otro terminarían en el cubo de la basura, pero todos debemos sufrir ese trance en algún momento de nuestras vidas. Regresé a mi pueblo, me enfundé una bata blanca, afilé los cuchillos y reanudé las tareas pendientes. El lunes pasado compré el periódico en un municipio de la comarca. Cuando llegué a la tienda, fregué un par de bandejas y ojeé las noticas. Doblé el ejemplar por la mitad y lo dejé sobre el mostrador. Esperé a los clientes de pie, con los brazos cruzados y la cabeza agachada. Volví los ojos al periódico. Observé la portada, absorto y circunspecto, como si anunciara la dimisión de Rajoy. Miré alrededor y llegué a una conclusión extraña: los carniceros y los periodistas guardan muchas semejanzas entre sí. Unos intentan vender carne fresca y apetitosa a sus clientes, otros ofrecen noticias cubiertas de titulares llamativos que despiertan la curiosidad del ciudadano medio. Mientras el carnicero sufre a la ama de casa tiquismiquis que desconfía de la mercancía, el periodista debe torear al seguidor sabihondo que le afea la posición de un punto y coma. El periodista avezado, criado al calor de las rotativas y los cafés a deshora, conoce los entresijos de los poderes públicos y denuncia (cada vez menos) sus corruptelas. Mientras el periodista se nutre de las ciencias sociales y las artes para redactar sus reportajes, el carnicero aprovecha muchas partes del cerdo para elaborar salchichas.

Cuando la agenda de los medios depende de la chorrada más cacareada en Twitter y los usuarios se conforman con noticias de agencia, los clientes de la carnicería prefieren productos precocinados que solo necesitan una freidora y dos cubiertos de plástico. En ambos sectores, las puertas giratorias lastran la credibilidad de los trabajadores. Algunos periódicos venden la muerte empaquetada antes de que se produzca. El País publicó el deceso de Chávez en portada cuando aún seguía luchando contra el cáncer en Cuba. En el periodismo, hay cerdos con ínfulas de columnista. Salvador Sostres hoza y aporrea teclados en la redacción de ABC.

Javier Gallego se presenta como el “carnicero de las ondas”. Algún día le enviaré una oferta que no podrá rechazar: yo presentaré Carne Cruda y él deshuesará pollos congelados en las frías mañanas de diciembre. Umbral comparó la columna con una morcilla: “puedes meter de todo si los bordes están bien atados”. Julio Camba contaba que en los mataderos de Chicago los cerdos entraban por el boquete de una máquina y al rato, por el otro extremo, no solo comenzaban a salir jamones, morcillas y toda clase de embutidos, sino también zapatos, botones y otros objetos de piel. El periodista gallego se quejaba de que los americanos desacralizaran un rito tan solemne como las matanzas caseras. No todos los periodistas sienten el mismo apego hacia el despiece y la venta de reses. El padre de Iñaki Gabilondo era dueño de una carnicería de San Sebastián, pero su hijo cambió los chorizos por los micrófonos a una edad muy temprana.

Algunos profesionales de la comunicación aborrecen los productos cárnicos más aclamados por sus paisanos. David Simon, periodista y creador de The Wire, se quejaba de que lo peor de su profesión era ver manjares todos los días y terminar la jornada en un antro comiéndose una hamburguesa con queso.  En ambos oficios debes conocer a fondo al sujeto que tienes delante. Buscar los puntos exactos donde percutir o acercar la grabadora para extraer un filete o una jugosa declaración. De lo contrario, corres el riesgo de equivocarte y sufrir un corte profundo. Te alejas de la mesa de trabajo sangrando y buscas tiritas en el cajón. Pero sólo encuentras el periódico del día anterior.