Tanto himno, tanta bandera, tanta olimpiada... para luego esto

culturista posando en el "London Classic and Stars of Tomorrow"/Wikimedia Commons

culturista posando en el "London Classic and Stars of Tomorrow"/Wikimedia Commons

Por Manuel Asur

Como tropel en flor, ahí están de nuevo los atletas. Cada cuatro años, atiborradas de eso que llaman Juegos Olímpicos, las televisiones del mundo entero nos acosan con cuerpos preñados de esteroides y anabolizantes. Cuerpos bellos, tal vez. Pero no sanos. No pueden serlo unos organismos sometidos a una implacable domesticación con el sólo fin de competir.

En los tiempos antiguos, los griegos acudían al Gimnasio donde se impartía una educación física e intelectual armoniosa, donde cultivaban el cuerpo y la mente al unísono. ¿Era el Gimnasio comparable con los polideportivos y el deporte de alta escuela modernos? Ni por asomo. Ahora sólo importa el bíceps especializado, el músculo plusmarquista animado por esa especie de mantra bobalicón que sirve para elevar la autoestima. El intelecto no cuenta. Como si alguna ley natural determinara que la capacidad muscular de un hombre es inversamente proporcional al desarrollo de su inteligencia. Es decir: cuanto menos sabio, entonces más lozano, más resistente, más puro, más héroe y sobre todo más feliz es el deportista.

Esta asimetría, esta descompensación entre lo mental y corporal, también se evidencia en la desmesurada manifestación de las emociones. Si no, ¡contemplemos a los triunfadores! Observemos sus inmoderados aspavientos y contorsiones. A los futbolistas un gol es capaz de hacinarlos en una especie de grumo fetal inconcebible en personas con un desarrollo emocional saludable. Y cuando la educación deportiva es ajena a semejantes desequilibrios, ¿para qué sirve? Pues para producir monstruos. Monstruos que la espuria publicidad denomina atletas.

El deporte de nuestro tiempo tiene bastante de estático y desproporcionado. Perdió la serenidad. Destruyó su ejercicio sublime. Es una cofradía de intereses, cuyo horizonte de lobby sólo nos trasmite el rasero de su vulgaridad. Ha muerto su fuerza simbólica. Intoxicada por un aire cretino y comercial, ha perdido la imaginación. Ya no sabe elevarse al Cosmos infinito. Un vacío de tumba resuena dentro de la inteligencia del deporte occidental. ¿Quién corta las alas de su antiguo ideal?,¿qué burka somete la voluntad de belleza que desde el siglo V antes de nuestra era no cesa de arrojarnos el discóbolo de Mirón? Nuestros atletas ignoran su propia naturaleza. También la muchedumbre que los imita. Pues en su afán de mantenerse en forma, deforman el corazón. Lo deforman, a veces, con inconsciente impudicia.

El deporte libera u obnubila. No admite medias tintas. Y cuando la deseable mesura que nos debe proporcionar es desfigurada, corremos el riesgo de intoxicarnos de emociones inútiles e intemperancia. Entonces, para qué tanto himno, tanta bandera, tanta olimpiada. ¿Para esto?