Boxeo

El último gran golpe del filipino Manny Pacquiao

Se retirará sobre el MGM Grand de Las Vegas para enfrentarse a Tim Bradley. Busca un puesto en el Senado de su país en las elecciones del próximo 9 de mayo para ayudar a su gente.

Manny Pacquiao ensaya en Filipinas.

Manny Pacquiao ensaya en Filipinas. Getty Images

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Once meses después de su derrota ante Floyd Mayweather, en el que fue el combate más lucrativo de todos los tiempos, el filipino Manny Pacquiao volverá a subir al ring este sábado en el MGM Grand de Las Vegas para enfrentarse por tercera vez al estadounidense Tim Bradley. Según ha anunciado reiteradamente el propio Pacquiao, con un récord de 57-6-2 (38), con este combate pretende poner fin a una extraordinaria carrera en la que ha conseguido títulos mundiales en seis categorías diferentes, ocho si contamos los títulos reconocidos por la revista The Ring, campeonatos oficiosos aunque en la mayoría de las ocasiones cuentan con más prestigio y credibilidad que los otorgados por los organismos rectores del boxeo.

Una asombrosa andadura en el boxeo rentado que ha durado más de dos décadas, desde que debutara con tan solo 16 años por unos pocos pesos hasta convertirse en uno de los deportistas mejor pagados de la historia, con unos ingresos que superan los 425 millones de dólares, según Forbes. Independientemente del galimatías de siglas y títulos en el que se ha convertido el boxeo actual, los logros de Pacquiao le colocan como uno de los más grandes púgiles de todos los tiempos. Si en las últimas décadas el mejor ha sido Mayweather, lo que es indiscutible es que el boxeador más querido y el que más ha emocionado a la afición ha sido el zurdo filipino.

A sus 37 años, Pacquiao quiere centrar todos sus esfuerzos en su carrera política. Desde 2007, es miembro del congreso de Filipinas y ahora busca un puesto en el Senado de su país en las elecciones del próximo 9 de mayo. Según ha manifestado el propio boxeador, una retirada con una victoria significaría un fuerte empujón a su campaña y a sus aspiraciones políticas. Pero en boxeo, las retiradas definitivas pocas veces lo son.

A su entrenador Freddie Roach le cuesta creer que Pacquiao vaya a colgar los guantes de forma definitiva y cree que si el filipino quiere, aún le queda boxeo para afrontar combates de calidad. Tampoco parece muy convencido su promotor, que precisamente cumple ahora medio siglo dedicado a la organización de grandes veladas. Es muy significativo que el veterano y astuto Bob Arum no haya querido vender este combate como el último de la megaestrella filipina y no haya utilizado en ningún momento esta circunstancia en la promoción de la velada.

Para su combate de despedida, Pac Man volverá a medirse a Tim Bradley, un boxeador con un récord de 33-1-1 (13) ,al que ya se ha enfrentado en dos oportunidades, en ambas con el título de la WBO del peso wélter en juego. En 2012, Pacquiao dominó el enfrentamiento pero, incomprensiblemente, los jueces otorgaron el triunfo a Bradley por decisión dividida, uno de los resultados más rebatidos de los últimos años. En la revancha, en 2014, el triunfo fue para el filipino, que se impuso por puntos. El desempate a 12 rounds en el peso wélter que se disputa este sábado no ha levantado la misma expectativa que los anteriores.

En esta oportunidad no habrá título mundial en juego, ya que el estadounidense renunció al suyo, el wélter de la WBO, para no tener que enfrentarse a su aspirante oficial Sadam Ali y así poder medirse de nuevo con Pacquiao en un combate mucho más rentable económicamente para él. A última hora, la WBO se ha sacado de la manga un nuevo cinturón para el vencedor del combate, el cinturón del legado (Legacy Belt), un espectacular fajín conmemorativo con 60 diamantes para premiar al vencedor de esta “batalla de supercampeones”. En las casas de apuestas, el zurdo filipino parte como favorito, a pesar de que Bradley parece haber encontrado nuevos bríos de la mano de su nuevo entrenador, el verano Teddy Atlas.

“Es triste tener que decir que después de este combate, me retiro y cuelgo los guantes para concentrarme en otra gran responsabilidad en mi vida, ayudar a la gente. Me metí en el boxeo porque quería ayudar a mi familia, a mi madre. Ahora termino mi carrera como boxeador para ayudar a la gente de Filipinas”, manifestaba el boxeador en una rueda de prensa para promocionar el combate. En febrero, unas manifestaciones suyas sobre la homosexualidad, posteriormente rectificadas, provocaron un aluvión de críticas al boxeador, lo que incluso le ocasionó que Nike le retirara su patrocinio. Pero es incuestionable que Pacquiao nunca olvidó sus raíces, y su generosidad con su gente ha adquirido dimensiones legendarias.

OBRAS SOCIALES

Ha empleado una gran parte de su fortuna conseguida en el ring en obras sociales como la construcción de viviendas, escuelas y hospitales. “En cierta ocasión dije en tono jocoso, aunque es verdad, que el sistema de bienestar social en Filipinas se llama Manny Pacquiao”, recordaba el promotor Bob Arum. Y es quizá esa necesidad de ayudar a su pueblo lo que deje entreabierta la puerta para un posible regreso. En el caso de que Floyd Mayweather decidiese volver a subir al ring una vez más, sería difícil que Pacquiao resistiera la tentación si él fuese el rival elegido. Por su parte, Bob Arum lleva tiempo barruntando la posibilidad de un megacombate entre la estrella filipina y Canelo Álvarez, lo que significaría unos ingresos millonarios a los que le resultará muy difícil renunciar.

Como en las buenas series de televisión americana, el último capítulo tiene un final abierto. Pero en caso de que la despedida de Pacquiao sea definitiva, atrás habrá dejado una insólita y extraordinaria carrera de veinte años que le llevó a obtener títulos desde el peso mosca al superwélter, categorías con casi veinte kilos de diferencia.

En especial, una etapa entre 2005 y 2010 en los que con sus espectaculares triunfos ante boxeadores como Erik Morales, Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, Óscar de la Hoya, Ricky Hatton, Miguel Cotto y Antonio Margarito, Pacquiao maravilló al mundo del boxeo como una diabólica máquina de combatir que imprimía a sus combates un ritmo infernal y desafiaba en cada uno de sus pleitos a la lógica física. Será imposible olvidar la excitación y emoción que generaba cada vez que hacía el recorrido del vestuario al ring en sus grandes combates, con paso ligero y una inconfundible sonrisa que evidenciaba su felicidad y su orgullo por ser el boxeador de la gente.

Gracias, Manny.