El silencio de la imagen

El fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto/ Quique García/EFE

El fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto/ Quique García/EFE

Por Marta Teixidó, crítica de arte

En la selecta retrospectiva que bajo el título de Black Box, comisariada por Philip Larratt-Smith y que Fundación Mapfre en Barcelona dedica a Hiroshi Sugimoto entre los meses de febrero a mayo, muestra en las 40 imágenes seleccionadas, realizadas entre 1976 y 2012, -todas ellas analógicas y realizadas en gelatina de plata- puede observarse un intrínseco purismo en una técnica fotográfica, donde domina la seducción de contrastes de luces y sombras, así como también el goce estético del blanco y negro.

Nacido en Tokio en 1948, Hiroshi Sugimoto se traslada a Estados Unidos en 1970 para estudiar fotografía. Artista multidisciplinar, trabaja con la escultura, la arquitectura, la instalación y la fotografía, campo, este último, en el que está considerado como uno de los más importantes autores de la escena internacional. Es un maestro artesano que rechaza la tecnología digital, a favor de métodos tradicionales.

La exposición dividida en cinco ámbitos: Seascapes, Portraits, Theaters,Dioramas y Lithing Fields, presenta bajo una noción mayoritariamente conceptual, una obra estéticamente emotiva, técnicamente impecable y artísticamente absoluta. El espectador contempla unas imágenes de extraña y subjetiva belleza, limpia, exquisita, subyugante y por encima de todo mística.

Tras la rueda de prensa, inicié mi especial recorrido, después en la serie Portaits (Retratos). Diversas figuras de cera (casi todas del museo Madame Tussaud de Londres) de personajes históricos célebres: reyes y reinas de Inglaterra, estadistas, e incluso un retrato de Juan Pablo II, configuran unas bellas y fantasmagóricas apariciones, realizadas a tamaño natural, destacando el aislamiento del fondo negro. Inspiradas en retratos pictóricos, de célebres pintores del Renacimiento, como Holbein, Van Dyck o David, aunque también se aprecia en la fotografía de Sugimoto las recreaciones en cera de La lección de música de Vermeer.

La serenidad de la imagen, y la frialdad del poder marcan la personal visión del silencio de la historia, la que no cuentan los documentos pero si las miradas distantes y altivas de los personajes representados, enfundados en ricos trajes y brocados. Elegancia y brillantez en el contexto de una gélida y sepulcral ausencia de sonidos. La conjunción magistral de un crudo y metafórico realismo con sutileza y habilidad técnica, dan como resultado una austera sobriedad de hermosa solidez.

A continuación, Theaters (Cines). Hermosas salas de proyección, donde se aprecian distintas concepciones arquitectónicas. Espacios llenos de quietud y faltos de bullicio a la espera de espectadores ávidos de placer, deseos de olvidar, cansados de sufrir o animados por ver en esa pantalla de blanco níveo, radiante y omnipresente el espectáculo de sus vidas o sus más recónditas aspiraciones en la misma. Una obra cuidada hasta el extremo de iluminar arcos, columnas, palcos y techos artesonados que guardan sigilosamente la sublimación silenciosa de la sala vacía.

En su serie Dioramas, se observa un paisajismo idealizado. Un particular paraíso de Sugimoto más allá de la muerte, una idea que constantemente ronda la obra de este fotógrafo, y de la que también se habló en la rueda de prensa. Sin presencia humana real, y con los pájaros, lobos, cóndores pingüinos o alces como protagonistas, el espectador percibe una crítica locuaz al ser humano.

Lightning Fileds (Campos de relámpagos). La realidad del esplendor de las tormentas eléctricas, sometida al potestad de Sugimoto, para mostrarnos un espectáculo estremecedor convertido a la magia de la virtualidad, que obran en el espectador la pregunta clave de toda la exposición: ¿es real lo que se muestra? No es ficción, pero ¿qué parte de la realidad es el relámpago que tan electrizantemente ha captado el fotógrafo? ¿Son relámpagos o especies marinas que viven en lo profundidades abismales? Curiosamente, el cielo nocturno y profundidades marinas tienen como nexo común una oscuridad recóndita y tenebrosa.

La última sala de mi particular recorrido expositivo fue Seascapes (Paisajes marinos). Tuve la enorme fortuna de poderla contemplar en soledad y en silencio, al margen de las banales conversaciones de los periodistas, que en nada apreciaban en verdad la obra de Sugimoto. Sólo era un trabajo más.

Dentro de esa selección de piezas se estima con toda claridad, la presencia del misticismo, y ese parar el tiempo que significa la muerte. El horizonte infinito, nítido transparente, dividido por una fina línea de mar y cielo. ¿Puede ser ese el sentir después del final existencial? Mares en calma grises, pero también llenos de una niebla que envuelve el misterio, lo desconocido. El inicio de un viaje sin retorno por un mar en calma, contemplando el embeleso de un amanecer o de un atardecer. Mares oscuros y sombríos también están presentes en esta selección que en conjunto muestra el éxtasis sobrecogedor, de íntimo y profundo silencio, de meditación y recogimiento, y de una profunda paz espiritual.