Todos los hombres del presidente

Jason Robards hace de Ben Bradlee en "Todos los hombres del Presidente"/Timothy Vollmer/Flickr

Jason Robards hace de Ben Bradlee en "Todos los hombres del Presidente"/Timothy Vollmer/Flickr

Por Manuel Peñalver Castillo

Hay frases que se recuerdan de la misma manera que se rememora una fotografía en blanco y negro, enmarcada, de Sofía Loren y Jayne Mansfield, de los años cincuenta, con el lenguaje natural de la belleza. Una de ellas es la de Joseph Pulitzer: «La prensa libre debe abogar siempre por el progreso y las reformas. Nunca tolerar ni la injusticia ni la corrupción. Luchar contra los demagogos de todos los signos. No pertenecer a ningún partido. Oponerse a los privilegios de clases y al pillaje público. Ofrecer su simpatía a los pobres y mantenerse siempre devota al bien público». Rotunda, precisa, sabia, con las líneas de la sintaxis en el amor incondicional a la palabra, a modo de párrafos que son epítome mirífico en la inspiración de los instantes que llegan desde el pasado al presente, después de haberse sido copretérito en la frontera de un enunciado hasta entonces desconocido.

Un poema de Nicanor Parra, un relato de James Salter o un poema de Javier Salvago siempre tienen algo en común. «La esencia de la vida es ir hacia adelante. En realidad, la vida es una calle de sentido único». Greg Gorman y los secretos del blanco y negro. Agatha Cristie. David Bowie. Justo después, ¿qué es lo que vendrá? El invierno ha tardado en llegar, el cielo sigue siendo tan hermoso como un lienzo velazqueño, cuando desaparece tras los árboles y el mar. La lluvia no cae con la dulzura de antaño. Parece como si buscara la felicidad en otros confines. Los campos enmudecen en la mitad de la tarde. El sentido de las cosas bellas es otra vez el mismo, aunque ahora hayamos sustituido la máquina de escribir por el portátil y las lágrimas no se confundan con la tinta en aquellos momentos en los que los enunciados se resisten a llegar al papel. La mañana serpentea en las esquinas del destino, hasta que reconozcamos e interpretemos en su sentido figurado lo que nos sobrepasa y nos hace avanzar.

Hace, justamente, una semana, volví a recordar Todos los hombres del presidente. El caso Watergate y la dimisión de Nixon. Los jóvenes periodistas del Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward. El director del periódico, Bend Bradlee y la propietaria, Katharine Graham. La competencia con el New York Times. «Es un pez gordo». «No entiendo de pesca». El FBI y la identidad no revelada de Garganta Profunda. El saxo y un escenario. «La inspiración definitiva es la fecha de entrega». Otra frase de Pulitzer, que siempre consideramos como una señal de llamada, después de haberla conocido: «Solo hay un medio para mantener en pie una sociedad libre y es mantener al público informado».

En el anagrama, una portada con una mujer guapa, en la ciudad donde la noche nunca se abandona a sí misma en el reencuentro, cuando las arterias laten como segundos reales en su infinito tic-tac. Convertidas ya en rima las miradas cómplices de la madrugada. Silenciosa y profunda, como una metáfora condicionada en su geometría. «El periodismo te enseña humildad. Siempre hay mucho que no sabemos. Hay aún más que no se sabe. Carl Bernstein y yo desarrollamos la mejor versión obtenible de la verdad. Usted tiene que asegurarse de que es verdad y que es lo mejor, pero tiene que ser posible. No es algo que alguien podría imaginar o especular, sino que tiene que ser empírico, si se puede. Creo que esos son los tipos de historias que importan. Historias que explican cosas a la gente», argumentaba Woodward.

¿Tienen algo que ver Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta, en su etapa en el diario El Mundo, con los entonces jóvenes periodistas del Washington Post? La intocable Cristina, la infanta que llevó la corona al abismo y Urdangarín. Un conseguidor en la corte del rey Juan Carlos son documentos de excepción para conocer la corrupción en una etapa desgraciada para la monarquía. Las palabras del monarca a Jaume Matas, que ha citado un diario digital, resuenan como una realidad separada en su tristeza sutil, que deja al teclado sin respiración, porque no hay nada que comprender hasta encender el último cigarrillo. Hubiera bastado pedir perdón, pero no lo hicieron. La sociedad española sabe bien lo que quiere. Muchas veces calla, mas eso no signifique que otorgue. ¡Maldita la gracia que hace a esos millones de parados, que buscan el pan de la existencia con sus sandalias, el caso Noos! El rostro de la nación se arruga. La esperanza es un significante que no salva el naufragio. El buen periodismo no languidece, más bien se reafirma. Carl Bernstein y Bob Woodward fueron un ejemplo. Inda y Urreiztieta, también. ¡Han vuelto todos los hombres del presidente! ¿No era esto lo que estábamos esperando un día idéntico a mañana?